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Estábamos sentadas en ese restaurante tratando de resolver el misterio acerca de lo picante de esa comida. En realidad mi tarea era más difícil aún: tratar de pedir agua en lenguaje de señas. No sé por qué elegí ese lugar para mi intercambio. Karen no cooperaba, no parecía ser la encargada de ayudarme a sobrevivir en esa ciudad, sino al revés. Ella se estaba ahogando mientras manoteaba los cubiertos y platos sobre la mesa para ver si encontraba el agua salvadora. No existía.

Aún mareada y sintiendo el ardor en todo el cuerpo, me levanté y moviendo los brazos como desesperada, recibí el agua. Supongo que se dieron cuenta de lo que necesitaba por lo colorado de mi cara o por el escándalo de mi compañera en una de las mesas.

Antes de tomar el agua, decidí calmar la escena de Karen y llevarle el agua primero, pero al darme vuelta con la botella en la mano, no pude evitar reparar en la imagen de aquel delgado hombre, vestido de negro y cubierto de manera que sólo podía ver sus manos moviéndose con rapidez sobre los platos. Era verano. Aquella persona debía estar sofocándose en ese caparazón. Aunque parecía que me había quedado allí mirándolo por una semana entera, fueron solamente unos segundos antes de girar el resto de mi cuerpo y correr en ayuda de mi traductora.

Karen era la encargada de traducir y guiar mi estadía en aquel país alejado. Había decidido ir allí luego de haberlo pensado durante mucho tiempo y dudado acerca de mi posible contribución al trabajo que tenía pensado realizar. Antes de viajar allí, había estado en otros lugares pero jamás la misma cantidad de tiempo que debía quedarme ahora: tres meses. Todo el verano. Pero terminé aceptando porque ya no había nada que me ate a mi ciudad, porque de verdad necesitaba escapar. Elegir este lugar sería la salida perfecta.

Mientras nos calmábamos y soltábamos algunas risas nerviosas e incómodas, seguíamos comiendo y tratando de conocernos más. Karen era una muchacha muy hermosa, un año más joven que yo y había trabajo con estudiantes y profesionales de intercambio por más de tres años.

-¡No puedo creer que no sepas cómo usar los palillos! ¡Es muy fácil!

- Dices eso porque naciste aquí. Te reto a...a...

-¿Usar un tenedor? ¡Puedo hacerlo!

- No puedo pelear contra ti. Entonces, pones tus dedos así y...

-Los giras

Estaba a punto de meter mi mano en el plato para tomar la comida cuando alguien me puso un tenedor en frente. Quise levantar la mirada pero decidí detenerme en aquellos largos dedos que aunque podrían predecirse femeninos, lucían fuertes y...lindos. Poco a poco fui recorriendo el brazo de aquella persona y cuando llegué al cuello y vi la bufanda abultada, mi corazón sintió un golpe y toda mi espalda se congeló. Con una mayor lentitud, mis pupilas siguieron recorriendo la figura de el/la desconocido/a y acerté en cuanto a mis pensamientos pues era el hombre delgado que comía cerca de la cocina con todos esos abrigos encima. Ahora no lucía tan viejo como lo sospechaba y además de sus manos, podía mirar sus ojos, de un color muy oscuro. Al principio sentí miedo al encontrar mi mirada con la suya, pero una brisa cálida calmó el frío de mi espalda instantáneamente al observar cómo su timidez hizo que sus ojos desaparecieran velozmente hacia otro lugar, tratando de no encontrarse con los míos.

-Ahm, creo que sería mejor que comieras usando esto...

Por Dios. El sonido que salió de su boca transformada en palabras simplemente explotó en mis oídos. Lo oscuro de sus ojos combinaba muy bien con el tono de su voz. En realidad toda su presencia era oscura. Aun así tenía la necesidad de seguir escuchándolo, de sacar esa bufanda que cubría la mayor parte de su cara, creía que de esa manera develaría uno de los mayores misterios del mundo.

Salí de aquel trance provocado por sus palabras cuando volví a sentir la presencia de su mano sosteniendo el tenedor. Miré a Karen y ella sólo se notaba incómoda ¿Cuánto tiempo me había tomado el observarlo y luego fundirme en mis pensamientos? Sentí como el calor comenzaba a llegar a mis mejillas y por eso, casi como un reflejo tomé el utensilio que el extraño me ofrecía y de la misma manera bajé la cabeza.

El calor no se desvanecía, estaba aturdida por su presencia. Un instinto salvaje crecía en mi interior ¿Quién era aquel hombre? ¿En qué momento se había sentado en nuestra mesa y se había acomodado como si en realidad siempre hubiera sido nuestra compañía? ¿Por qué su presencia me incomodaba de esa manera?

Mis pensamientos no encontraban dirección. Sentía curiosidad, pero el aire de misterio que envolvía a aquel hombre hacía retroceder mis deseos de acercarme. Me debatía entre levantar la mirada para observarlo más detenidamente, o seguir mirando el suelo esperando que el calor que sentía mi cuerpo no se notara en mi cara. Aquel instinto que me inundaba me llevó a elevar mis ojos y encontrarme con su figura sentada frente a mí, sosteniendo un vaso con agua, conversando apaciblemente con mi traductora. Aprovechando que ninguno de los dos parecía prestarme atención, instigaba a aquel hombre con la mirada. En medio de aquella situación, los dos se volvieron hacia mí y me encontraron abriendo los ojos como platos para que ningún detalle se me escapara. Y de alguna manera, el momento más mágico de toda la noche llegó. La bufanda cayó movida por las facciones de su cara que se alzaron en una sonrisa tan brillante como un día de verano, tan natural. Ahora nada concordaba: su sonrisa cambiaba por completo mi anterior imagen, ya no era el desconocido oscuro, se trataba de un niño de 5 años metido en las ropas de un adulto. Fue una sonrisa tan repentina que hasta él mismo se sorprendió de su accionar. Al notarlo, su semblante nuevamente se enfrió ¿Por qué? Quería que siguieras sonriendo, querido extraño.

I'm gonna make you love me  [BangYongguk]¡Lee esta historia GRATIS!