DÍA 1 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 1: FRIEND OR FOE (DE t

♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 1: FRIEND OR FOE (DE t.A.t.U.) ♬



A LOS HABITANTES DEL PURGATORIO siempre les había resultado curioso el modo en que sus cuerpos funcionaban.

En el sentido práctico, carecían de gran parte de las necesidades que tenían cuando estaban vivos. Las almas no requerían alimento o descanso. No tenían que respirar, no necesitaban un corazón o ningún otro órgano. Por definición, las almas no transpiraban ni producían lágrimas. Eran seres etéreos. No requerían de ninguna de aquellas funciones. Sin embargo, todo estaba allí, de la misma forma que cuando estaban vivos.

La lógica diría que, al ser espíritus, podrían flotar o atravesar muros, aunque eso se aplicaba únicamente a su presencia en el mundo de los vivos. En el purgatorio, las almas eran tan sólidas como lo habían sido sus cuerpos mortales en el pasado. No solo eso, sino que casi todos los residentes del purgatorio vivían como lo hacían antes de morir. Desayunaban, almorzaban y cenaban. Practicaban deportes, iban al baño y también dormían. Por costumbre, tal vez. Sin pensarlo. Pero nada de ello era necesario. Las almas creían sentir hambre, sed y cansancio, pero se trataba simplemente de una ilusión, de un truco que les jugaba la mente.

Esto no era un secreto. Quizás no todos poseían noción del tema, pero era solo cuestión de descubrirlo. Algunos teóricos suponían que sin las funciones vitales, la estadía en el purgatorio sería insufrible y cada día parecería eterno; por ello se les brindaba la oportunidad de imitar la vida mortal. Después de todo, el ser humano siempre ha sido adicto a la rutina.

Pero nada de eso afectaba a Irina. Ella no le daba importancia a lo que era incapaz de comprender. Se guiaba por sus emociones y actuaba siguiendo impulsos. Y sin importar cuál fuese la verdad, desde la llegada de Anahí, la morocha se sentía más viva que nunca.

Con una sonrisa dibujada en el rostro, Irina apagó las luces y se escondió detrás de la puerta. El día había llegado. Aunque intentase ocultar su presencia, el sonido de su agitada respiración delataba la intrusión. Sentía como su corazón intentaba escapársele del pecho. Quiso detenerlo, sabía que era posible, pero no lo logró.

Repentinamente, una suposición cruzó su mente. Quizás Anahí no recordase el camino hacia El Refugio, ¿se perdería? Irina no sabía en qué parque aparecería su amiga. No se le había ocurrido ir a buscarla, pero tampoco había previsto que nadie sabía la ubicación del edificio veintisiete. Tendría que haberle dado algún punto de referencia.

¿Qué debería hacer? Tal vez fuese conveniente recorrer los parques de la ciudad por la tarde.

Finalmente, decidió esperar hasta el mediodía; después de todo, recién estaba amaneciendo.

La pelirroja podría llegar en cualquier momento.

La puerta se abrió y Anahí entró a la habitación. Bostezó, aún a oscuras, y estiró su brazo en busca del interruptor del velador. No lo encontró.

Extrañada, temió haberse equivocado de pieza. Retrocedió, salió al pasillo y miró hacia ambos lados. No había cometido ningún error, esa era su habitación.

Supuso que el velador estaría un poco más lejos de lo que ella recordaba. Volvió a entrar. Caminó un par de pasos hacia su derecha mientras la puerta se cerraba a sus espaldas, bloqueando la luz que ingresaba desde el pasillo.

Estaba en penumbra. Solo se veían las estrellas en el cielorraso. Puteó en voz baja.

Anahí creyó escuchar una risa. Se asustó. Abrió la boca para preguntar si había alguien allí, y antes de que las palabras abandonaran su garganta, la sensación de una mano sobre su hombro hizo que gritara, presa del pánico.

Carcajadas.

Conocía esa voz. Era Irina.

—¿No te cansás de caer siempre en la misma broma? —preguntó la morocha, encendiendo el velador que se encontraba ahora detrás de la puerta.

Anahí no contestó. Aún intentaba procesar lo ocurrido. Sentía la piel de gallina.

—Además —agregó Irina—, no sé qué te puede asustar tanto, ¿fantasmas? —preguntó—. Capaz todavía no te diste cuenta, pero ya estás muerta. El fantasma sos vos, boluda.

—Esto no se va a quedar así; ya me voy a vengar —respondió Anahí en un susurro.

—Estaré esperando —contestó Irina—. Por cierto, bienvenida a casa. —Abrazó a Anahí con fuerza. Realmente la había extrañado—. Contame, ¿cómo te fue con los vivos? ¿Visitaste a tu novio? ¿Qué tal tus viejos? ¿Cómo llegaste a El Refugio sin perderte? —No se atrevió a preguntar por el favor que le había pedido.

—Dame un respiro —pidió la pelirroja, correspondiendo al abrazo—. Tengo mucho que contarte, pero preferiría que charlemos mientras almorzamos, así Delfi también escucha. No me gusta tener que repetir dos veces lo mismo.

—Pero no es ni la hora del desayuno. Falta un montón —se quejó Irina, rompiendo el abrazo y clavando la mirada en la de su amiga.

—Y bue, ¿qué se le va a hacer? La vida es dura.

—Pero estamos muertas —la corrigió la morocha.

—Con más razón todavía. La muerte es dura. Además, tenemos tiempo de sobra. —Anahí sonrió—. Tené un poco de paciencia.

—Considerando que llevo toda la noche despierta, creo que podría aprovechar para dormir un rato. El tiempo pasa más rápido así.

—Es una buena idea. Yo también tengo sueño.

Irina bostezó, estirando sus brazos. Sin pensarlo dos veces, se sacó las zapatillas y el jean; caminó hasta la cama de Anahí y se deslizó bajo las sábanas.

—Buenas noches —susurró la morocha, girándose en la cama para darle la cara a la pared y evitar la luz del velador.

Anahí la observaba con cierta frustración reflejándose en su rostro. Ella también quería recostarse en su propia cama, pero no se atrevía a echar a Irina que, después de todo, la estuvo esperando hasta la madrugada. Suspiró.

—Haceme un lugar —pidió Anahí mientras se colocaba su pijama.

Sin contestarle, la morocha intentó pegar su cuerpo a la pared. Ya tenía los ojos cerrados, pero aún le molestaba el velador.

Anahí se miró al espejo antes de apagar la luz. Sus ojeras eran pronunciadas, camuflándose con el delineador corrido que llevaba puesto desde la noche que fueron al boliche, varios días atrás. Necesitaba una ducha, esa sería su prioridad cuando se despertara.

La pelirroja se recostó en el pequeño espacio que Irina le había dejado. Puteó porque su amiga había robado todas las almohadas, pero no hizo nada para recuperarlas. Estaba agotada, al punto de poder dormir a pesar de la incomodidad.

Irina había esperado que Anahí durmiera en el sillón. Le avergonzaba compartir la cama con su mejor amiga, pero la pelirroja parecía no darle importancia al asunto.

Espero no roncar, pensó Irina antes de quedarse dormida. Sabía que a veces lo hacía.

Ojalá no la pateé, pensó Anahí, recordando todas las veces que sus ex novios se habían quejado al respecto.

Pero las preocupaciones se esfumaron en pocos minutos. El sueño que se había apoderado de ambas ganó pronto la batalla.

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