Capítulo I

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Serie Serpiente. 
Libro I.

"Ba'wa. 
El portador perdido"


El accidente


De lo que ocurrió, lo que más vivamente recuerdo es el estruendo. Miraba mis dedos. Suelo hacerlo y me concentro en mis manos cuando me quiero evadir.
Los últimos kilómetros, Josué no dejó de reñirme por tonterías. Bueno, para mí eran tonterías, pero para Josué eran cosas de la más vital importancia.
Yo me sentía mal.
Se suponía que estábamos en un viaje romántico, para estar solos. Y al volver, compartiríamos nuestro primer departamento como pareja.
¡Al fin tendría lo que había deseado tanto tiempo!
Entonces decía, miraba mis dedos; era una forma tan buena como cualquier otra de mandar el mensaje que Josué se negaba a entender. ¡Yo no quería discutir! ¿Por qué no dejaba eso para otro momento?
No sé, por ejemplo, ¿nunca?
No me gustan las peleas. Las evito siempre que puedo, por eso a veces la gente se pasa de lista conmigo o no se da cuenta que estoy ahí; lo primero me molesta, pero lo otro, el que la gente no me perciba demasiado, me viene bien.
Josué me gritaba, así que no, evadirme no funcionaba. Era por que no le gustó cómo hablé con el mesero que nos atendió en el desayuno. Josué piensa que los meseros son sirvientes y así hay que tratarlos. Sin esas "ridículas confiancitas" como las que, según él, tengo con ellos. A lo mejor estaba celoso, ahora que lo pienso. ¡Quién sabe!
De todos modos, todo terminó y dejó de tener importancia cuando escuchamos la explosión. El auto se hundió a la derecha como sí se hubiera abierto un agujero en el camino. Josué exclamó una grosería y se aferró al volante. ¡Qué bueno que él iba manejando! Yo hubiera perdido los nervios, pero él es mejor que yo en eso y logró controlar el auto que giró totalmente. De no ser por mi cinturón de seguridad, me salgo volando del auto, porque la puerta de mi lado se abrió.
Todo fue ruido y sacudidas violentas hasta que por fin, el auto se detuvo.
Lo bueno de que explotó el neumático fue que Josué se enojó con el accidente y se olvidó del enfadoso asunto del camarero.
Lo malo es que el auto se averió de tal forma que no pudo andar más.
Yo no sé nada de autos y Josué sabe de marcas y de precios, pero no de motores, aunque finge que sí sabe. Después de un rato, aliviado ya del susto, abrió el cofre para ver el desperfecto, que era obvio no estaba ahí. Todo el problema era la cosa pegajosa y desparramada por el suelo que antes había sido el neumático: el auto inclinado a ese lado era un desastre.
Cuando me asomé, sin que Josué se diera cuenta, vi una barra que conecta las dos ruedas delanteras muy rota. Era eso o de verdad, los autos son muy raros ahí abajo. No lo sé, nunca tuve uno. Es que me daba miedo manejar.
Josué gritó un buen rato y yo me retiraba o me acercaba según qué tan enojado lo veía. Cuando terminó de quejarse, entró y se sentó en el asiento del conductor.
Eran las diez de la mañana y hacía un calor tremendo.

Al amanecer dejamos el pequeño hotel en el que pasamos la noche, no eran ni las siete de la mañana y de inmediato nos entramos al desierto. Josué dijo, cuando estábamos planeando el viaje, que el desierto de Sonora es uno de los más áridos del mundo, pero yo no le creía.
¡Había un montón de saguaros! O esos cactus que tienen forma de... ¡cactus del desierto! ¡Nopaleras y otras cosas con espinas de muchas formas, rocas y un montón de bichos!
Semanas antes llegó una tarde con un plan maravilloso. Un viaje por el desierto. ¡Yo me emocione! ¡Nuestro primer viaje, juntos!
¡Imaginé el exótico Sáhara! ¡Dunas doradas! ¡Leones de melena negra sentados encima de las dunas doradas! Josué dijo que en el Sáhara no había leones y que en el desierto de Sonora tampoco.
También imaginé hombres azules con turbante. Josué dijo que eran Tuaregs. Busqué en internet y si eran, pero no se parecen a los que yo tenía en la mente; altos, morenos y sensuales, con el pecho descubierto y el vientre de lavadero, los ojos verdes. En realidad eran normales, solo que de piel muy oscura y no tan fascinantes como yo me los imaginaba. De hecho se notaba que no tenían el hábito de bañarse a diario.
De ese mágico viaje por el desierto que vislumbré, sobre dunas doradas al atardecer y tuaregs de turbante y pecho desnudo con cuerpo de full fitness... como el que quiere tener Josué a toda costa, pero que sinceramente no puede porque, bueno, hay que tener en cuenta la opinión de la genética y hay que dejar de tragar como marrano... 
Pero como iba diciendo, de lo que pensé que iba a ser, al desierto real de Sonora que más bien se parece un gran terreno baldío, había una gran diferencia; eran piedras y montón de animalitos; serpientes, arañas, alacranes y matorrales. Como sí una montaña hubiera sido pisoteada por un gigante hasta convertirse en polvo y no, no hay hombres de piel oscura con turbantes y ojos verdes.
¡Es que no hay nadie!
No vimos ni una gasolinera, estación de servicio o tan siquiera teléfono de emergencia en más de una hora. A lo mejor fue porque iba viendo mis dedos, ¿verdad?
No se me había ocurrido esa posibilidad.

¡En fin! En ese momento estábamos por fin solos, pero bajo un sol que se acercaba peligrosamente al medio día y que, por cada centímetro de cielo recorrido, el calor era peor.
El camino que tomamos, separado de la carretera muchos kilómetros atrás, se suponía nos iba a llevar a un pueblo mágico, perdido en dios sabe dónde. Josué tenía que ir ahí para encontrar a un viejo brujo que recomendaron a su padre. No sabía para qué lo buscaba, él no quiso compartir esa información conmigo.
Seguramente, pensé yo, era para que hacer uno de esos rituales, en los que bañan a alguien en la sangre de un oso para que llegue a ser Presidente de la República, aunque creo que eso lo hacen en África, no en donde están los tuaregs de ojos verdes y cuerpos marcados, sino en otro lado.
Por eso estábamos metidos en ese lío, en vez de estar en Los Cabos o ya de pérdida, en Puerto Vallarta, tirados en la arena frente al mar. Sudando como puercos a mitad de ningún lado en el auto. Fastidiados y cansados, pero yo todavía no estaba muy preocupado.
Al menos no lo estuve hasta la tarde.

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