DÍA 3

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 3: EVERYBODY HURTS (DE AVRIL LAVIGNE) ♬

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EL TERCER DÍA LLEGÓ entre lluvia y relámpagos. Un cielo teñido de gris preludiaba la despedida con un manto de nubes densas que impedían que los rayos del sol alumbraran las calles. Era una de esas jornadas en las que la noche duraba más que de costumbre y el panorama se aclaraba recién a eso de las diez de la mañana.

Por las ventanas se apreciaba un paisaje abismal en el que la lluvia y la noche se entremezclaban con infinidad, impidiendo ver más allá de la vereda como si el mundo acabase del otro lado del umbral.

El hogar de Anahí permanecía en un silencio ahogado que recordaba a las viejas películas mudas, si bien todos sus habitantes se encontraban dentro del edificio, ocupados con distintas tareas.

Carolina planchaba en una esquina de la cocina mientras que Ailín cebaba mate para ambas. Las dos llevaban puestos sus pijamas verdes, los que les había regalado la abuela Neli para la Navidad anterior. El de la madre tenía pantalón largo y estampado de pinos; el de la hija, en cambio, consistía en un short y una musculosa con copos de nieve.

Anahí las observó desde temprano, sentada sobre la repisa de mármol. Carolina siempre retaba a sus hijas cuando se sentaban ahí; decía que el mueble era caro y lo iban a romper. Pero a las chicas nunca les importó demasiado. Era una esquina cómoda y estaba junto al horno, así que en invierno siempre era un asiento disputado.

Poco después del mediodía, Ailín comenzó a preparar arroz para el almuerzo.

—Ma, ¿tenemos salsa?

—No —contestó Carolina.

—Tampoco hay queso rallado —se quejó la adolescente.

—Perdón, me olvidé de comprar. Y la verdad es que no me gustaría salir con este tiempo de porquería.

—A mí, menos. Ni en pedo iba al colegio hoy. Seguro que me iba a caer agua en la cabeza toda la mañana, con cómo están las aulas.

—Sí, ya sé. Mi trabajo es igual. Siempre que llueve nos quedamos sin luz, así que por suerte hoy me dijeron que me quede en casa directamente —comentó la madre.

Anahí las observaba interactuar y sonreía. Se notaba que ambas estarían bien sin ella. Sus vidas volverían pronto a la normalidad y todo el episodio del crimen quedaría atrás.

Ya eran casi las cuatro de la tarde cuando la pelirroja abandonó su hogar. Hubiese preferido esperar a que dejase de llover, pero el cielo parecía no querer dar tregua al asunto. Ella no se mojaba. Tampoco podía embarrarse. Pero nunca le habían gustado las tormentas.

Caminó sin rumbo por el barrio, despidiéndose mentalmente de los negocios y sus dueños, de la escuela a la que había asistido y de cada rincón con aroma a nostalgia. Recorrió calles y avenidas, plazas y bares.

Posó su mano sobre el grafiti que había dibujado con sus amigos de la secundaria. No era nada especial, simplemente un texto en violeta que insultaba a los hinchas de Independiente. Las letras se habían apagado, perdiendo su brillo. El mensaje desaparecería pronto de la pared, de la misma forma que Anahí se esfumaría del mundo.

Pasada la hora pico, se metió en el subte y viajó hasta el Obelisco para poder dar una última vuelta por el centro porteño. Se detuvo a mirar las marquesinas de los teatros y la cartelera que anunciaba los próximos recitales en el Luna Park. Paseó también por la calle Florida, la peatonal, sonriéndoles a los turistas que se animaban a salir bajo la lluvia para poder aprovechar cada segundo de sus vacaciones.

Caminó toda la tarde y toda la noche. Tomó subtes y trenes; subió a colectivos de líneas que no conocía. Ya no importaba si se perdía. Ninguna zona le resultaba peligrosa porque nadie podía hacerle daño.

A Anahí ya no le quedaban lágrimas por llorar, pero el cielo continuó con su llanto.

La pelirroja recordaba la voz de su abuela, contándole sobre la noche de su nacimiento, diciéndole que era hija de la lluvia. En incontables ocasiones, la anciana había relatado el suceso; los truenos, las calles inundadas, la imposibilidad de conseguir un taxi y al desconocido que vio a la joven pareja caminando lentamente por la vereda. El extraño resultó ser enfermero; por ello comprendió rápidamente la situación y en un acto de altruismo, llevó a los futuros padres hasta el hospital más cercano aunque eso le costase llegar tarde a la clínica en la que él trabajaba.

Con lluvia arribó, con lluvia se marchaba. Y con el amargo sabor a soledad que la acompañó durante aquellos tres días, Anahí dobló en una esquina y se esfumó. Su tiempo se había acabado. 

 

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