DÍA 2 - Capítulo 4

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Como se lo temía, Anahí llegó a la casa de su novio antes que él. Se mordió el labio con cierto remordimiento, considerando que debería haber inspeccionado mejor el hogar de Rodrigo Valini, pero ya no tenía tiempo para regresar.

Sintió sus ojos llenándose de lágrimas al ingresar al departamento. Recordaba sus últimas horas de vida, sentada en el sillón con su hombro sobre el de su novio mientras miraban un recital de Rata Blanca en la televisión. El rostro del joven era borroso, como si se tratase de un sueño olvidado; sin embargo, Anahí recordaba el lugar y la escena, los pequeños detalles, el desodorante de vainilla que él usaba y el sabor a pizza del último beso.

La pelirroja caminó hasta situarse en medio del living. Allí, analizó lo que la rodeaba, respirando el aroma familiar de una nostalgia agridulce. No tardó en notar que algo había cambiado, ¿pero qué?
Permitió que sus recuerdos se apoderaran del momento, dibujando en su mente las particularidades de la decoración. Y tras algunos segundos de melancolía, percibió cuál era la diferencia. Todas las fotografías de la pareja habían desaparecido, posiblemente debido a la tristeza del chico que aún no podía superar lo ocurrido.

Anahí se llevó una mano al corazón mientras que con la otra se frotaba los ojos. Sentía culpa al no poder pronunciar el nombre de su novio.

Sacudió su cabeza. No podía perder tiempo. Su concentración volvió a enfocarse en los pequeños datalles; la computadora estaba encendida y había un archivo abierto. Sintió curiosidad.

Estaba acercándose para leerlo cuando oyó voces en el pasillo. Una mujer reía y un hombre le pedía que bajara la voz.

Entre chistidos y risas ahogadas, la puerta del departamento se abrió y Anahí observó el rostro de su novio. Apenas si lo recordaba.

—Dale, Román, no seás vago. Vayamos al cine —se quejó la chica.

—Otro día. Estoy cansado.

La pelirroja también había olvidado el sonido de su voz. No le resultaba familiar, aunque sabía que era él.

¿Román? ¿Ese era su nombre? Se preguntó Anahí.

El chico se quitó su boina negra y caminó hacia la computadora para apagar el monitor velozmente.

—¿Qué estabas escribiendo? —preguntó su acompañante—. Y no me vengás con que ahora sos poeta.

—Nada importante. Una carta —se excusó él—. ¿Te acordás que te conté de mi ex que se murió la semana pasada?

Ella asintió.

—A decir verdad, pensaba cortar con ella esa noche, pero no me animé. Y aunque ya no la soportaba, era una buena mina. Capaz no hubiese muerto si le contaba sobre nosotros antes de la cena porque se habría ido a su casa más temprano —admitió—. Y la verdad es que no me dio la cara para ir a la marcha que hicieron anoche. ¿Qué iba a decir? ¿Que llevo meses engañándola con vos?, ¿que no derramé una puta lágrima cuando me enteré? —Román alzó la voz—. Lo único que se me ocurrió fue escribir una carta pública para poner en las redes sociales y así al menos quedo bien con su familia. Especialmente con los tíos que son los jefes de mi hermano. Ella le consiguió trabajo al negro, creo que nunca te lo conté —explicó—. Pero te confieso que no sé qué mierda escribir. Es difícil poner palabras de amor para una mujer a la que ya no amaba.

—Entiendo —murmuró la chica—. No te preocupés. Si querés, más tarde te escribo yo la carta, así te la sacás de encima. A las mujeres nos salen mejor las cosas dramáticas —rio. Se acercó a Román y le robó un beso—. Al menos ahora sos todo mío. Ya no te tengo que compartir con nadie.

Eso fue suficiente para que Anahí se enfadara. Intentó pegarle una piña a su ex novio, pero su mano atravesó el cuerpo del joven. Volvió a golpear el aire repetidas veces, hasta que la venció el cansancio.

—¡Hijo de puta! ¡Forro! —gritó la pelirroja casi sin aliento, deseando que él pudiera oírla.

Rendida, salió corriendo del departamento y juró que si regresaba como fantasma, se aseguraría de vengarse de él.

Anahí comprendió que no recordaba a Román porque él ya la había olvidado. Y de camino a su casa, la pelirroja permitió que las lágrimas arrastraran su dolor, dejando en su mirada únicamente restos de ira.

 Y de camino a su casa, la pelirroja permitió que las lágrimas arrastraran su dolor, dejando en su mirada únicamente restos de ira

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