Capitulo 1

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Dio una calada al tabaco y sosteniéndolo entre sus dedos, se recostó contra en el respaldo de la silla. Despacio expulso el humo, permitiendo que su sabor impregnara su boca, ansiando que la nicotina hiciera efecto y disminuyera la tensión que crecía en su interior. Aun no podía creer que Rubén, su mejor amigo, a quien prácticamente consideraba su hermano, le hubiera jugado chueco. Le costaba entender porque lo había estafado de un modo tan vil. Coloco el puro sobre el cenicero y volvió a centrarse en el conjunto de papeles que llenaban su enorme escritorio.

― ¡Hijo de puta! ―mascullo pasando de hoja. Después de revisar minuciosamente los estados de cuenta, descubrió que faltaban al menos los depósitos de los dos meses anteriores, es decir, más de 2 millones de dólares. El dinero de las membrecías, que costeaba el mantenimiento del lugar.

Y aunque la solvencia para cubrir el sueldo de los empleados no era problema, no podía pasar por alto su falta de lealtad. Si algo odiaba era la traición y se lo haría pagar muy caro en cuanto supiera donde se había escondido esa rata.

De nuevo quiso darse de golpes contra la costosa madera del escritorio. Leandro, su hermano, había tenido razón. Nunca debió confiarse tanto, pero ¿cómo iba a saberlo? 11 años conociéndose, compartiendo pasatiempos, negocios e incluso mujeres. Rubén lo conocía mejor que nadie, mejor que su propio hermano, y él creyó que hacía lo mismo, pero se había equivocado. Jamás lo hubiera esperado, no de él.

El sonido de unos pasos acercándose, lo saco de sus pensamientos. No estaba de humor para recibir a nadie, aún tenía mucho que revisar. Levanto la mirada, listo para mandar al demonio a Chad, pero cuando la puerta se abrió y vio su rostro descompuesto. Supo que algo no iba bien y que no se trataba de cualquier cosa.

― ¿Qué pasa? ―pregunto alarmado. «No más mierda. ¡Por favor!», rogó mentalmente empuñando las manos.

―Tenemos un serio problema, Blake ―contesto Chad pasándose la mano por el rostro.

― ¿Qué es? ―inquirió rodeando el mueble.

―Se le ha ido de las manos ―No tuvo que decir más, comprendió al instante y maldijo no haberlo echado la ocasión anterior. Sabía perfectamente a quien se refería, pero no le gusto el tono de voz que utilizo, ni la mueca que hizo. Esta vez parecía ser más seria la cosa.

Dando grandes zancadas abandono su despacho y se dirigió a la parte superior del lugar, en donde se encontraban las habitaciones destinadas a la práctica del BDSM (Una serie de prácticas y aficiones sexuales relacionadas entre sí y vinculadas a lo que se denomina alternativas)  . Chad le había explicado ligeramente el problema mientras subían las escaleras, pero al abrir la puerta se quedó sin aliento ante la imagen.

Aun suspendida del techo, se encontraba una mujer, vistiendo únicamente unas bragas de encaje negro. Pero en lo único que sus ojos repararon, fue en las marcas rojizas que cubrían toda su espalda o lo que quedaba de ella. Debían de haber más de 20 azotes. Pero eso no era lo más alarmante, el látigo había traspasado su piel e hilillos de sangre resbalaban por su pálida espalda. Permanecía inmóvil, la cabeza gacha con el pelo castaño cubriendo su rostro, seguramente inconsciente y no era para menos. Nadie podría soportar algo como aquello.

― ¿Qué esperan? ¡Desatenta! ―rugió, pero ninguno de los dos hombres que estaban ahí, se movió. Los fulmino con la mirada, llegando a ella. Se colocó frente a ella y con un brazo rodeo su pequeña cintura, para no dejarla caer y comenzó a aflojar una de las cintas que apresaban sus muñecas. Por su parte, Chad lo imito y se encontraba trabajando en la otra atadura― ¿Qué diablos paso? ―exigió sintiendo sus pechos contra la tela de su camisa.

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