DÍA 2 - Capítulo 3

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Aún era temprano. El sol se escondía por momentos entre las nubes y el resto del tiempo detrás de los edificios más altos. Ráfagas de viento despeinaban las copas de los árboles que adornaban las veredas. Hacía frío. O al menos eso dedujo Anahí al analizar el comportamiento de los transeúntes que cerraban sus camperas y se cruzaban de brazos al caminar, apresurando sus pasos para llegar pronto a destino. Ella no sentía nada.

Desconocía la zona, por lo que prefirió no arriesgarse a seguir su pésimo sentido de la orientación. Regresó hasta la avenida Cabildo y caminó hasta Juramento. Allí, hizo un par de cuadras hasta cruzar la vía, donde sabía que se encontraba la entrada al Barrio Chino.

Mientras se detenía a observar el arco de acceso, se preguntó si existiría algo similar en Argentina, en el purgatorio. Después de todo, sin importar la nacionalidad de la persona, si morían en su país, deberían estar en aquella ciudad. Era más que posible que hubiese un Barrio Chino en el otro mundo. Sabía que no podría probar la comida en el mundo de los vivos, ni tampoco comprar chucherías, pero deseaba satisfacer su curiosidad. Quizás en el Barrio Chino vendieran accesorios ninjas truchos; eso sería genial.

Anahí se prometió que al regresar al purgatorio, le preguntaría a Irina si existía algún sitio como ese.

Todavía le quedaban un par de horas libres. Las utilizaría en explorar la zona.

Cuando el sol desapareció en el horizonte, Anahí decidió continuar con sus planes

Cuando el sol desapareció en el horizonte, Anahí decidió continuar con sus planes. Iría a visitar a su novio.

Regresó sobre sus pasos hasta la boca del subte D, esquivando a los transeúntes que caminaban a gran velocidad.

Atravesar la ciudad en subte no era complicado, pero hacerlo en hora pico se convertía en una tarea que solo los más valientes se atrevían a afrontar. Y Anahí era valiente. Había pasado toda su vida en Buenos Aires y estaba acostumbrada a los empujones, al calor, a la falta de espacio personal y al malhumor de la gente. Ya no le molestaba, no le importaba.

Bajó corriendo por la escalera mecánica, se deslizó entre la multitud que abandonaba la estación y subió al subte que ya había cerrado sus puertas. Atravesó a los pasajeros y se sentó en el piso, en un rincón del vagón. Cerró los ojos y esperó. Iba hasta la otra punta de la ciudad.

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