"La Medalla"

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" ... ahora se quien sois..."

" ...No importa donde estéis..."

"... no estáis solo..."

Las voces que provenían de otro tiempo, susurraban al oído al "comandant" que se hallaba agotado y dormido en cubierta. Eran palabras que se fundían con la brisa de los vientos alisios, como el ruido de las hojas de los árboles en lo profundo del bosque, ese "habla" que el completo silencio suele decir cuando no hay nadie, como un dialecto que tan solo conoce la naturaleza y las cosas mas pequeñas de este mundo. O como las olas del mar, que con su sonido recita las epopeyas de todos esos grandes marineros que dejaron una parte de ellos en las aguas impacientes y agitadas, y la otra en la costa en el regazo de su familia. Espíritus que fluyen en soledad, translucidos e invisibles, que recuerdan al perdido que todo es posible. Pero aquella voz, tan suave y tierna, llegaba hasta lo mas profundo del alma de "Agramunt" el "comandant", pues a pesar de no haber nadie mas que el, aquellas palabras le resultaban tan familiares que era como si alguien le hablase dulcemente al oído, mientras que sus ojos se mantenían cerrados y con el rostro ocurrente a pos de un suelo rasposo y gemebundo por el movimiento del barco

".- ...aguantad...-.", ".-..."Arcuriano"...-".

Entonces, el joven de 20 años, abrió sus ojos.

El Comandant se levantó de aquella madera seca y descuidada de la cubierta. Sus labios cortados reclamaban el tacto del agua dulce. El sol, no permitía mirar con claridad y el calor era sofocante...

Las velas infladas por el viento del Sud-oeste empujaban El Carolina y las maderas del navío crujían junto con los cabos desatendidos durante varios días de navegación. El candil, golpeaba con el movimiento de la marea al mástil de la vela mediana en forma de cuadra. Pues no había nadie. Tan solo el y los recuerdos de una estrepitoso encuentro con el ser más abominable del gran océano.

Las piernas, no le respondían, al igual que los parpados.

Sin embargo la sed, empujaba a realizar ciertos prodigios. Debía de encontrar agua. Pero el Sol radiaba con más fuerza que el calor que se respira ante el crisol de un herrero.

El comandant, se desplomo al suelo.

Ahora estaba a merced del destino, como la hoja seca que cae en un arrollo y le empuja hacia algún lugar.

En aquel momento, una nave, similar a los barcos mercantes de Asia o China, que se dirigía hacia El Carolina. Era El Ahsa-Nari con su bandera roja y con un tigre blanco como blasón, cimbreante en el palo mayor por encima de las tres grandes velas asiáticas de juncos.

* * *

El agua estaba muy fría.

Y el despertar prematuro incomodó al joven Comandant, pero la horda de sus espectadores que lo observaban impacientes y armados hasta los dientes le izo proceder con cautela. Grandes y musculosos, delgados y enclenques, mayores de edad y jóvenes necios, se mofaban de el como si fuera una mera alimaña de bodega. Patadas, para que el supuesto cómico, representará bien su papel de "propiedad y esclavo al servicio de unos individuos que habían abandonado su corazón en algún lugar en mar abierto, o como locos psicópatas que deseaban ver brotar la sangre para saciar su desmesurado apetito.

.- ¿Qué lleva en el cuello?.-

.- ¡Siii..! ¡Mirad! ¡Parece plata!

El joven Comandant, cogió su mas preciado tesoro: una medalla que le ayudaba a recordar "quien era exactamente" en cualquier lugar o tiempo.

"Black Rouse"Donde viven las historias. Descúbrelo ahora