DÍA 2 - Capítulo 2

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Anahí atravesó la puerta de vidrio y pasó junto al portero que estaba mirando la repetición de un partido de fútbol del fin de semana anterior, lo cual significaba que ella no podría interactuar con el entorno. Suspiró al verse obligada a usar las escaleras. Siete pisos la separaban del departamento.

Sus pasos eran silenciosos sobre los escalones, como si sus pies fuesen de algodón. Se sintió realizada, finalmente se había convertido en ninja como alguna vez soñó. Nadie la vio infiltrarse en el edificio, era indetectable y silenciosa. Aún le faltaba entrenar sus técnicas de combate, pero eso quedaría para otro día.

Lástima que estoy muerta. Pensó.

Ya en el séptimo piso, Anahí recorrió el laberinto de puertas de madera hasta encontrar la que buscaba. Sin pensarlo dos veces, la atravesó.

El departamento estaba vacío. Era un sitio amplio, aunque el desorden y el mobiliario ocupaban gran parte del espacio. La primera habitación poseía un sillón oscuro y un televisor enorme, ambos rodeados por un equipo de sonido con varios parlantes. Ropa sucia, cajas de pizza y latas de cerveza se amontonaban sobre el sillón.

A la derecha se encontraba la cocina, de la cual solo podía divisarse una pila de platos sucios. Anahí decidió no revisar allí.

Una puerta corrediza separaba la sala de las habitaciones. La abrió.

Frente a ella estaba el baño, y al parecer había una pieza a cada uno de sus lados.

Giró primero a la derecha y entró a una oficina. Junto a la ventana descansaba un escritorio sobre el cual había una computadora portátil, apagada. Contra las paredes, varias estanterías exhibían libros, películas y CDs. El lugar estaba más ordenado que el resto de la casa, pero una gruesa capa de polvo cubría los muebles.

Un detalle le llamó la atención. Sobre uno de los estantes se veía un pequeño portarretratos de marco negro. Se acercó. Anahí observó la foto con cuidado, sin moverla de su sitio. La imagen mostraba a una pareja joven en lo que parecía ser la Patagonia, con un lago y montañas de fondo. Supuso que el hombre sería Rodrigo Valini y la mujer, su pareja.

Al menos podría contarle a Irina cómo se veía su hermano.

Echó un último vistazo a la habitación, en busca de más fotografías u objetos que le brindaran datos sobre la vida del joven. Pero al no encontrar nada, salió de allí para inspeccionar el último recinto. La pieza.

Si su madre viera ese desastre, le daría un ataque. La cama matrimonial no tenía ni sábanas ni frazadas, simplemente una almohada larga sin funda. Sobre el colchón pelado, se veían manchas de café y varias medias usadas, sin su par. El piso era alfombrado, pero las pelusas y la tierra cubrían gran parte del diseño, alterando sus colores. La puerta del placard estaba abierta. Dentro había muy poca ropa colgando de las perchas. Un vestido naranja, algunas camisas y un pantalón azul. Nada más. El resto estaba en el piso, abollado, a la espera de una pasada por el lavadero.

Sorprendida, Anahí caminó hacia las mesitas de luz. La de la derecha poseía una foto vieja, amarillenta, en la que se veía a Irina y Delfina, tal cual ella las conocía, junto a un niño pequeño que sonreía con los ojos achinados. Rodrigo. Él las recordaba.

Sonrió. Se alegraba al saber que podría darles una buena noticia a sus amigas.

Del marco de la foto colgaba un rosario de plástico y una vela descansaba en la esquina. Él rezaba por sus hermanas.

Anahí se preguntó si Ailín algún día haría algo así por ella. Lo dudaba.

Se asomó a la otra mesita de luz y observó una foto de Rodrigo y su pareja frente al Big Ben, en Inglaterra. Se veían felices. Ninguno de ellos llevaba anillos, por lo que Anahí supuso que no estarían casados.

Creyendo que no había nada más allí que pudiese darle datos del hombre, atravesó el departamento rumbo a la salida, deteniéndose momentáneamente frente a un diploma que no había visto al llegar y que colgaba junto a la entrada. Se trataba del diploma universitario de Rodrigo, que se había recibido de contador en la Universidad de Buenos Aires. Anotó el dato en su mente y se marchó.

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