DÍA 2 - Capítulo 2

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Como se lo temía, Anahí llegó a la casa de su novio antes que él. Se mordió el labio con cierto remordimiento y consideró que debería haber inspeccionado mejor el hogar de Rodrigo Valini, pero ya no tenía tiempo para regresar.

Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al ingresar al departamento. Recordaba sus últimas horas de vida, sentada en el sillón con su hombro sobre el de su novio mientras miraban un recital películas en el televisor. El rostro del joven era borroso, como si se tratase de un sueño olvidado; sin embargo, Anahí recordaba el lugar y la escena, los pequeños detalles, el desodorante de vainilla que él usaba y el sabor a pizza del último beso.

La pelirroja caminó hasta situarse en medio del living. Allí, analizó lo que la rodeaba y respiró el aroma familiar de una nostalgia agridulce. No tardó en notar que algo había cambiado, ¿pero qué?

Permitió que sus recuerdos se apoderaran del momento y dibujaran en su mente las particularidades de la decoración. Y tras algunos segundos de melancolía, percibió cuál era la diferencia: todas las fotografías de la pareja habían desaparecido, posiblemente debido a la tristeza del chico que aún no podía superar lo ocurrido.

Anahí se llevó una mano al corazón mientras que con la otra se frotaba los ojos. Sentía culpa al no poder pronunciar el nombre de su novio.

Sacudió su cabeza. No podía perder tiempo. Su concentración volvió a enfocarse en los pequeños detalles; la computadora estaba encendida y había un archivo abierto. Sintió curiosidad.

Estaba acercándose para leerlo cuando oyó voces en el pasillo. Una mujer reía y un hombre le pedía que bajara la voz. Entre chistidos y risas ahogadas, la puerta del departamento se abrió y Anahí observó el rostro de su novio. Apenas si lo recordaba.

—Dale, Román, no seás vago. Vayamos al cine —se quejó la chica.

—Otro día. Estoy cansado.

La pelirroja también había olvidado el sonido de su voz. No le resultaba familiar, aunque sabía que era él.

"¿Román? ¿Ese era su nombre?" Se preguntó Anahí.

El chico se quitó su boina negra y caminó hacia la computadora para apagar el monitor tan rápido como le fuese posible.

—¿Qué estabas escribiendo? —preguntó su acompañante—. Y no me vengás con que ahora sos poeta.

—Nada importante. Una carta —se excusó él—. ¿Te acordás que te conté de mi ex que se murió la semana pasada?

Ella asintió.

—A decir verdad, pensaba cortar con ella esa noche, pero no me animé. Y aunque ya no la soportaba, era una buena mina. Capaz no hubiese muerto si le contaba sobre nosotros antes de la cena, porque se habría ido a su casa más temprano —admitió—. Y la verdad es que no me dio la cara para ir a la marcha que hicieron anoche. ¿Qué iba a decir? ¿Que llevo meses engañándola con vos?, ¿que no derramé una puta lágrima cuando me enteré? —Román alzó la voz—. Lo único que se me ocurrió fue escribir una carta pública para poner en las redes sociales y así al menos quedo bien con su familia. En especial con los tíos de ella que son los jefes de mi hermano. Anahí le consiguió trabajo al negro, creo que nunca te lo conté —explicó—. Pero te confieso que no sé qué mierda escribir. Es difícil poner palabras de amor para una mujer a la que ya no amaba.

—Entiendo —murmuró la chica—. No te preocupés. Si querés, más tarde te escribo yo la carta, así te la sacás de encima. A las mujeres nos salen mejor las cosas dramáticas —rio. Se acercó a Román y le robó un beso—. Al menos ahora sos todo mío. Ya no te tengo que compartir con nadie.

Eso fue suficiente para que Anahí se enfadara. Intentó pegarle una piña a su ex novio, pero su mano atravesó el cuerpo del joven. Volvió a golpear el aire repetidas veces, hasta que la venció el cansancio.

—¡Hijo de puta! ¡Forro! —gritó la pelirroja casi sin aliento. Deseaba que él pudiera oírla.

Rendida, salió corriendo del departamento y juró que si regresaba como fantasma, se aseguraría de vengarse de él.

Anahí comprendió que no recordaba a Román porque él ya la había olvidado. Y de camino a su casa, la pelirroja permitió que las lágrimas arrastraran su dolor, dejando en su mirada tan solo restos de ira.

 Y de camino a su casa, la pelirroja permitió que las lágrimas arrastraran su dolor, dejando en su mirada tan solo restos de ira

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Arrugó el papel y lo quemó con el fuego de su encendedor. Era el quinto manuscrito que arruinaba en la semana.

Llevaba ya varios días sin dormir, lo cual no era inusual. Sin embargo, había algo distinto en el asunto, en la causa de su insomnio.

Don Lucio se había propuesto escribir sobre hechos recientes, para ahogar así la nostalgia de su sueño y los recuerdos sobre Manuela. Pero muy a su pesar, su existencia se había convertido en una monótona realidad, carente de hechos que sobresalieran de la tediosa rutina y sus negocios. Era cierto que podía escribir sobre sus deudores, sobre la falsa cordialidad con que lo recibían sus empleados y, en especial, sobre el miedo que le tenían quienes le debían favores, y la satisfacción que le producía a él ver cómo las manos de aquellas personas temblaban en sus bolsillos y cómo la transpiración les resbalaba por la frente ni bien lo veían llegar. Pero ya había escrito sobre aquello en el pasado.

El único suceso extraordinario sobre que podía redactar era la llegada de Anahí y todo lo que eso suponía en su vida. La valentía que reflejaban los ojos de la pelirroja al desafiarlo en su primer encuentro; la desconfianza y el odio que no temió ocultar cuando fue a buscarla a El Refugio. La sonrisa satisfactoria dibujada en su rostro al pensar que se aprovechaba de su dinero y, por último, la sinceridad en sus palabras durante la cena.

El problema era que, aunque intentase escribir desde su odio ante las impertinencias de la muchacha, sus palabras cobraban vida y escribían sobre la admiración ante la fortaleza de tal personalidad.

El resultado era siempre el mismo. Un manuscrito quemado.    

A los lectores de antes, les pido paciencia

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A los lectores de antes, les pido paciencia. Las escenas nuevas llegarán en la tercera parte de la novela. Ya habrán notado algún que otro párrafo diferente, pero los esperan días completos que antes no existían.

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