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CAPÍTULO 1

CUANDO Harry Styles accedió a ayudar a su tío Mike a llevar unos coches tirados por caballos hasta Hidden Valley, donde se celebraba un rodeo para festejar el cuatro de julio, no tenía ni idea de que uno de ellos iba a llevar más material pirotécnico del que iba a explotar aquella noche en el cielo.

Como siempre, el rodeo era una auténtica locu­ra. Atraía a personas de todo el país, y durante cua­tro días aquella adormilada ciudad de Texas multi­plicaba por diez su tamaño. Durante esa semana, el tráfico desde el centro al recinto ferial era una au­téntica pesadilla. El rodeo de aquella tarde estaba a punto de terminar, con lo cual el grueso de la gente ya había empezado a desplazarse.

Encaramado en el pescante de su coche de caba­llos, Harry apoyó los codos en las rodillas, dejó flo­jas las riendas e intentó centrar la mirada en la gru­pa de Oíd Blue para no estar pendiente de lo que pasaba en el asiento de los pasajeros. Ni el movi­miento rítmico de las crines del viejo animal, ni el clic-cloc de sus cascos en el asfalto ni los carriles atestados de tráfico conseguían ahogar las palabras de la discusión.

-... o a dónde quieres ir a parar, Brandon. Tengo la impresión de que llevas toda la tarde evitando...

-Carolina, yo no pretendo evi...

-...la cuestión.

-... la cuestión. Simplemente estoy intentando encontrar las palabras...

El semáforo se puso en ámbar. Después, en rojo.

-Quieto, Blue -Harry tiró de las riendas con sua­vidad y se distrajo contemplando el tráfico en la otra dirección. Luego movió el cuello y los brazos para liberarlos de la tensión de llevar horas en la misma posición. De eso, y de la estúpida discusión que tenían la monísima señorita Brubaker y el idio­ta de su novio, Brandon McGraw.

-... como si fuera una muñeca de adorno.

-Yo nunca he pensado en ti como en una muñe­ca de adorno.

-Entonces, ¿quieres hacer el favor de decirme por qué estás...

¿Tan hecho polvo?, se preguntó Harry. Porque a él le estaba levantando un dolor de cabeza impre­sionante. El pobre muchacho debía de estar pasán­dolo fatal.

-Te lo diría si me escucharas.

-Es como si tuvieras miedo de que fuera a... ¡a morderte!

Harry ladeó la cabeza. Los fuegos artificiales que cerraban el día de rodeo ya habían empezado. Co­hetes, petardos, trompetas y flautas con sus discor­dantes notas, pero eso no tenía importancia en aquel día del año. Los gritos y las palmas de la gente se podían oír desde kilómetros de distancia.

Lo mismo que la discusión que seguía en el asien­to de atrás.

-¿Un... un tiempo? ¿Qué quieres decir con que nos tomemos un tiempo? No estamos en un partido de baloncesto, Brandon.

-Ya lo sé. Lo que quiero decir es que las cosas van demasiado deprisa, y yo... yo... necesito más tiempo para... para pensar. Eso es todo.

-¿Pensar? ¿Tantas vueltas para decirme eso? Por supuesto que puedo darte más tiempo, si es lo que necesitas.

-Yo... bueno, es que yo... tú...

Harry apretó los dientes y azuzó al caballo. Todo con tal de contenerse y no darse la vuelta para decirles que se dejaran de chorradas. Pero no podía hacer eso. Estaba trabajando para su tío, y echarles la bronca a los clientes no era nada bue­no para el negocio. Sobre todo teniendo en cuenta lo que ponía en letras doradas en la portezuela del carruaje:

Domar el Amor - Adaptación H.S¡Lee esta historia GRATIS!