DÍA 1 - Capítulo 5

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Anahí permaneció en la esquina de Acoyte y Rivadavia hasta que solo quedó el recuerdo de la marcha. Los carteles con su rostro se los llevó el camión que recolectaba basura y los folletos que se repartieron durante la manifestación volaron hasta perderse de vista en la oscuridad de la noche porteña.

Eran ya casi las tres de la madrugada para cuando volvió a su casa y se recostó sobre la cama que solía ser suya. Incapaz de dormir, intentó releer una de sus novelas preferidas, pero la sabía de memoria. Dejó el libro en la mesita de luz y observó el cielorraso, creando en su mente siluetas y constelaciones con las estrellas de plástico que brillaban sobre su cabeza.

Tres y media. Los minutos se negaban a avanzar.

Anahí suspiró. Sabía que no debería estar perdiendo el poco tiempo que tenía entre los vivos, pero ¿qué podía hacer? Todos sus conocidos estaban durmiendo y la mayor parte de los negocios ya habían cerrado.

Entonces, tuvo una idea.

Se arrodilló junto a la cama y tomó su computadora portátil que descansaba en una funda de Marilyn Monroe que le habían regalado años atrás.

Se sentó en el piso, con la espalda contra la mesita de luz, y encendió la laptop. Luego, entró al explorador y buscó la guía telefónica. Ya había utilizado este servicio en el pasado. Su abuela solía recordar nombres de amigos y conocidos de cuando era joven y pedirle a la pelirroja que buscara en Internet el teléfono o la dirección de las personas para poder comunicarse con ellos una vez más. No siempre funcionaba. En más de una ocasión, el nombre no aparecía porque la persona no tenía un teléfono de línea a su nombre o porque ya había fallecido. Pero aquella página web le permitió encontrar al primer novio de su abuela, a los vecinos de cuando todavía vivía en Luján y a un par de primos lejanos.

Anahí sabía que muchas personas ya no poseían teléfono de línea en sus hogares, especialmente los más jóvenes, que se manejaban únicamente con el celular porque no estaban nunca en su casa. Cruzó los dedos.

La pelirroja escribió Rodrigo Eduardo Valini en el buscador del sitio y esperó. La conexión de Internet en su casa era pésima. Además, su hermana se la pasaba bajando música y películas, haciendo que el wifi funcionara incluso peor.

Luego de casi un minuto, la página mostró tres resultados. Anahí los analizó con cuidado. El primero lo descartó inmediatamente porque se encontraba en Tucumán, y aunque fuese la persona indicada, no tenía tiempo de ir hasta allí. Los otros dos hombres vivían en Buenos Aires. Uno de ellos, en Belgrano y el otro, en Mar de Ajó. A este último tampoco podría visitarlo. Resignada, buscó una lapicera y se anotó el teléfono y la dirección en la palma de la mano. Iría a Belgrano el día siguiente; esperaba que fuese el hombre indicado. Anhelaba poder decirle a Irina algo sobre su hermano: de qué trabajaba, si tenía familia o cualquier otro detalle.

Sin saber qué más hacer, comenzó a revisar las noticias que salían en los principales diarios online. Se enteró de que River había ganado el superclásico del domingo anterior, que ya se estaban postulando los candidatos para las próximas elecciones, que estaban filmando la película de una saga juvenil que le encantaba y que Maroon 5 daría un concierto al mes siguiente. Maldijo porque se perdería un recital por el que había estado esperando. Sabía que su hermana iría; Ailín no se perdía a un solo artista internacional reconocido. Si no lo había escuchado antes, descargaba la discografía y en una o dos semanas se convertía en fan del músico.

La pelirroja se encontraba en medio de la lectura de un artículo sobre la Copa Davis cuando la computadora se apagó repentinamente. Anahí oyó pasos y comprendió que alguien se acercaba y que ya no podía interactuar con los objetos. Intentó colocar su laptop nuevamente en la funda, pero era incapaz tocarla. Se mordió el labio. Solo le quedaba esperar.

Los pasos llegaron a la puerta y Anahí divisó la sombra de una persona por debajo. Volvió a sentarse en la cama y contuvo la respiración como si de esa forma ocultara su presencia. Por un instante, olvidó que era un espíritu y que nadie la vería.

Carolina cruzó el umbral. Llevaba puesto un camisón largo de color violeta y el pelo recogido en un modesto rodete.

—¿Mamá? —preguntó Anahí, confundida. Había creído que la intrusa era su hermana, en busca de ropa o accesorios.

La mujer cerró la puerta a sus espaldas y encendió la linterna de su celular en vez de la luz principal. Caminó por la habitación hasta llegar a la cama, donde se sentó junto a su hija y observó la pieza aparentemente vacía, sin darle importancia a la extraña ubicación de la computadora. Posiblemente asumiendo Ailín la había utilizado.

Ambas se mantuvieron en silencio por varios minutos. Anahí observaba a su madre que parecía buscar algo con la mirada. La buscaba a ella, a su hija.

—Mamá —repitió la pelirroja.

Pero Carolina no la oía, y cuando sus ojos ya lo habían revisado todo, comenzó a llorar.

—Má, no llorés —rogó Anahí, conteniendo sus propias lágrimas—. Estoy acá, con vos —susurró—; má, no te preocupés. Estoy bien, pasé la semana en el purgatorio. Ahí tengo nuevos amigos y una habitación propia. El lugar es un tanto gris, pero no es tan malo. Al menos no me fui al infierno por haberle metido los cuernos a mi ex —bromeó, sabiendo que nadie podía oírla—. Mamá, te quiero y te extraño. Y sé que vos también me extrañás, pero te tenés que poner bien para cuidar a Ailu. Ella te necesita.

Carolina lloraba más y más con cada segundo que pasaba. Y Anahí, rendida a la tristeza y a la desesperación, no resistió y también rompió en llanto hasta que el despertador sonó unas horas más tarde.

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