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Había una sonrisa que daba la impresión de ser imborrable en mi rostro. Aún si se me entumían las mejillas, no podía dejar de sonreír mientras vagaba por la cocina preparando el desayuno. Emma estaba en la ducha, podía oír el agua cayendo, saberla tan cerca me emocionaba. No era que nunca la hubiese tenido a corta distancia, sino que a partir de la noche anterior todo lo referente a ella se sentía como algo nuevo. Algo nuevo y genial que me iba a permitir disfrutar sin inhibiciones. Había soltado las cadenas que me ataban lejos de ella, cadenas que no permitiría me volvieran a atrapar. No sabía si las cosas iban a ser fáciles con Emma, pero estaba seguro de que lo intentaría así se me fuera la vida en ello.

Estaba muy concentrado en la faena, no me consideraba un gran cocinero, pero vigilar el filete de pollo que se asaba a la plancha para luego cortarlo en trozos y mezclarlo con los demás ingredientes de una ensalada no resultaba una labor verdaderamente complicada. Era algo que podía hacer. Honestamente se me daba mejor cocinar unos simples huevos, sin embargo Emma todavía debía cuidar su alimentación por un tiempo, así que una ensalada parecía algo más saludable para ella.

Noté sus brazos rodeándome por detrás y me sentí sonreír más ampliamente, si es que era posible, mientras ella apoyaba su mejilla en mi espalda. Apagué el fuego de la estufa, cerciorándome que el filete estuviese bien cocido, y entonces me giré entre sus brazos para quedar frente a ella. Tenía las mejillas algo coloradas y una expresión extraña, era fácil ver que aquello le resultaba un tanto extraño, si no es que completamente, pero me agradó que lo intentara.

—Lo siento —dijo, soltándome y bajando la mirada—. Solo... me aseguraba de que esto es real.

Puse mis manos en su cintura y la acerqué nuevamente a mí, besándole la frente.

—Ya te dije que lo es, Emma.

—No fui a la universidad —murmuró después de un rato, frunciendo la nariz—. Y Aria se quedó esperando por mí anoche. Además, tenía un montón de llamadas de mi mamá...

—¿Le llamaste? —pregunté, acariciando la línea de su mandíbula con suavidad para luego simplemente sostener su rostro acunado entre mis manos y recorrer con la mirada los pequeños detalles que encontraba fascinantes: sus labios pequeños que ya había sentido contra los míos, su nariz respingona, el pequeño lunar apenas visible que descansaba en un lado de su mejilla izquierda y finalmente me detuve en una de las cosas que más me gustaba de ella, sus ojos. Me concentré en los iris que se encontraban en un punto medio entre el color avellana y el oliva, en la mirada llena de vida que me devolvían.

—Sip —respondió—. Te envía saludos.

—¿Le dijiste?

Pensaba que era imposible sonreír más amplio, pero al parecer estaba equivocado.

—¿Decirle qué cosa?

—Que finalmente pude decirte todo —besé la punta de su nariz, ella frunció el entrecejo con curiosidad.

Definitivamente no el chico bueno [DBB #1]¡Lee esta historia GRATIS!