DÍA 1 - Capítulo 4

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Anahí siguió a su hermana.

Cuando llegaron a la esquina de Acoyte y Rivadavia, ya se lograba diferenciar una pequeña multitud alojada en la vereda. Anahí reconoció varios rostros de familiares y amigos que conversaban en voz baja.

Su abuela, Neli, tenía puesta una remera con la cara de la pelirroja. Como siempre, estaba más maquillada que una puerta y llamaba la atención con su tapado verde loro y los zapatos rojos de taco aguja que no combinaban con nada. Anahí no entendía cómo una mujer mayor podía caminar con esos tacos mejor que ella. Siempre le había parecido un detalle curioso y envidiable.

No muy lejos de Neli, se encontraba Armando Roseda, su profesor de Matemática cuando iba al secundario. Detrás de él había otros maestros y alumnos de la escuela que apenas si llegaba a ver desde la esquina opuesta.

Sus primos, Rosario y Julián, lloraban abrazados a su tía, que conversaba con su ex novio, con el que habían sido mejores amigos desde la infancia.

Anahí buscó con ahínco, sin lograr encontrar a su pareja. Supuso que estaría trabajando o quizás la marcha era demasiado triste para él.

Poco a poco el número de personas fue creciendo, diferenciándose de la multitud que transitaba apurada, sin detenerse a preguntarse por qué había un grupo de gente tan grande allí. Anahí los observaba desde la otra esquina, junto a su hermana y a su madre.

A eso de las siete, un par de patrulleros y camionetas con logos de canales de televisión estacionaron no muy lejos de la emblemática esquina, indicando que era hora de comenzar con la marcha.

—¡Gente! —gritó Ailín mientras se acercaba a la multitud, aplaudiendo—. ¿Qué hacen en la esquina? Cortemos la avenida —ordenó.

Cuando el semáforo se puso en rojo, los manifestantes aprovecharon para alinearse a lo ancho de Acoyte, cortando el tráfico entre bocinazos e insultos.

Tímidamente comenzaron a asomar carteles pidiendo justicia y pósters con la cara de Anahí. Las amigas de su abuela llevaban cacerolas y cucharas con las que hacían ruido; era una costumbre que les había quedado desde el 2001.

La policía actuó velozmente, colocando conos para cortar la avenida en la cuadra anterior y desviar el tráfico. Varios camarógrafos se acercaron y rodearon la marcha, cubriendo así distintos puntos de vista.

Anahí decidió explorar. Quería saber quiénes habían decidido apoyar a su familia. Se encontró con rostros familiares, compañeros de trabajo, alumnos del secundario, compañeros de escuela, vecinos, parientes lejanos, amigos de amigos, el chico que se parece a Ron de Harry Potter con el que su hermana ya no salía y muchas personas más.

Lo que más sorprendió a la pelirroja fue ver a su padre, que se abría paso entre la multitud hasta llegar a Ailín y Carolina. El hombre las abrazó con fuerza; tenía el rostro lleno de lágrimas. Anahí se acercó a ellos para poder ver a su padre de cerca. No había cambiado nada. Desde el divorcio, ya casi cuatro años atrás, que no se habían vuelto a ver. Y ahora, ahí estaba él, como si nunca se hubiese marchado. Rodolfo todavía llevaba el cabello lacio atado en una colita que le llegaba a la cintura, pero ahora ya no tenía el pelo negro, sino más bien gris oscuro. Vestía con su vieja remera de The Police, jeans gastados y las mismas zapatillas agujereadas con las que se había ido de la casa.

Un reportero se acercó al trío y preguntó si querían decir algo al público. Carolina no dejaba de llorar y Rodolfo parecía estar mudo.

—Sí —contestó Ailín.

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