DÍA 1 - Capítulo 3

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Anahí oyó que la puerta se abría y un par de voces comenzaban a recorrer la casa. Apurada, devolvió las fotos al placard y corrió para ver quién estaba en su casa.

Se trataba de su hermana y una compañera de colegio. Por lo que la pelirroja logró escuchar, se habían juntado para comer algo y estudiar.

—No hay mucho en casa. Mamá todavía no fue al supermercado desde lo de mi hermana —explicó Ailín.

—No te hagás drama, cualquier cosa me viene bien —respondió su amiga, una chica teñida de rubio platinado y con extensiones que le llegaban hasta la cintura.

—Genial. Tengo un paquete de fideos y creo que queda manteca —contestó la joven, mientras llenaba una olla con agua y la ponía sobre la hornalla.

Anahí simplemente se sentó en un rincón y las observó. Cada tanto reía ante los temas de conversación de las adolescentes que charlaban sobre el chico nuevo del otro curso que aparentemente le gustaba a medio colegio, sobre un par de exámenes difíciles, películas que querían ver en el cine, planes para el fin de semana, la última entrevista de un cantante en la tele, el precio de las entradas para el recital de los Rolling Stones y cosas por el estilo.

Pasadas un par de horas, las chicas se quedaron en silencio, intentando concentrarse en sus estudios. Observaron sus libros entre bostezos y suspiros hasta que la rubia rompió el silencio.

—Che —murmuró—, sé que suena raro que diga esto de la nada, pero me alegra verte bien. Tenía miedo de que con todo este quilombo de lo que le pasó a tu hermana, te la pasaras llorando encerrada en tu pieza o algo así.

—Nah —contestó Ailín—. Ya lloré lo que tenía que llorar. No soy como mi vieja que se está convirtiendo en un zombi. —Hizo una pausa—. Además, sé que Anahí no me perdonaría que me pierda de la adolescencia por llorar. Ella querría que la pase bien y la recuerde con una sonrisa. —Se puso una mano en el corazón y bajó la voz—. ¿Te cuento un secreto? A veces me parece que Ani está acá en la casa, riéndose por lo mal que me queda su ropa.

Desde el rincón, la pelirroja permitió que un par de lágrimas escaparan de sus ojos. Nunca había llorado tanto en su vida como lo hizo ese día. Su hermana tenía razón; Anahí quería verla feliz.

—Y pensar que yo a veces le digo a mi hermano que ojalá lo pise un tren —contestó la rubia.

—Ese es otro tema. Tu hermano es un pelotudo.

Ambas rieron y luego volvieron a hacer silencio por un rato. Se notaba que no podían concentrarse. Ailín dibujaba flores y estrellas en el margen del libro mientras su amiga mordía el lápiz.

—¿Querés venir a casa y quedarte a dormir? —preguntó la rubia.

—No. No podría dejar a mamá sola. A parte, hoy es la marcha —respondió Ailín—. Tengo que ir. Capaz hasta me preguntan algo los del noticiero y me hago famosa —bromeó.

—Seguí soñando.

—Soñar no cuesta nada. Pero comprar ropa sí. Así que mejor me vuelvo famosa así puedo tener un placard diez veces más grande que el de mi hermana.

Anahí adoraba a Ailín. Incluso en los momentos más difíciles, mantenía su buen humor y ayudaba al resto a sentirse bien.

Una canción interrumpió la conversación. Era el celular de Ailín.

—Hola, ma —dijo la adolescente—. ¿Qué pasa? —una pausa—. Sí, ya sé que hoy es la marcha, ¿cómo me voy a olvidar? —otra pausa—. No, no estoy en la casa de Darío, estoy con Agus en el living, estudiando —pausa—. Sí mamá, de verdad ¿Querés que te pase con ella para que te lo confirme? —pausa—. Bueno, no seas paranoica. Ya salgo para allá. Te veo en la puerta del Village así comemos algo antes de la marcha —pausa—. Pero vos también tenés que comer. No voy a dejar que vayás a la marcha hasta que no terminés de comer, en serio —pausa—. Sí, ya sé que vos sos mi mamá, pero a veces te tengo que cuidar, ¿no? —pausa—. Dale, nos vemos en un rato.

Ailín colgó y le sonrió a su amiga.

—Perdoná, mi vieja está un poco desequilibrada con todo lo que pasó. Ya salió de trabajar y va para Parque Rivadavia, así que la voy a encontrar ahí para comer algo. Me preocupa; hace una semana que vive a café.

—Debe estar destruida.

—Ya sé, pero me pone de malhumor verla así. No se lo merece. Ojalá tuviera novio o algo. Siempre es bueno tener un hombro en el que llorar. Porque a mí me trata de ocultar todo, no quiere que la vea triste. Como si no la escuchase llorar a la noche.

—Ya se va a poner mejor —respondió la rubia—. Dale tiempo.

—De verdad espero que se ponga mejor... me preocupa —admitió Ailín.

—Sabés que, por cualquier cosa, me podés llamar y vengo volando.

—Sí, gracias, Agus.

Ambas adolescentes se pusieron de pie y ordenaron sus cosas velozmente. Se colocaron sus abrigos, salieron juntas y se despidieron en la esquina.


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