10. Antojo

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La daga atravesaba la piel y la carne de Dalia en un vaivén rítmico;  en cada corte Isaiah aumentaba la presión para sumergir el metal más profundo en el músculo que la última vez, pero el tejido se regeneraba veloz e incansable. El sirviente comenzaba a impacientarse, llevaba veinte largos minutos sin atravesar más allá de las capas superficiales. La voluntad le flaqueó y, en un arrebato impropio de su condición, enterró su propia mano por debajo de la caja torácica. En su camino destruyó el diafragma y elevó los huesos. El sonido del esternón al resquebrajarse y de sus costillas al abrirse recorrió los oídos de Dalia más rápido que cualquier otro sonido que ella hubiese escuchado. Con su corazón agarrado, fresco y palpitante, Dalia gritó a toda la potencia de sus pulmones, arrancó un trozo de su propia lengua, se retorció sin descanso. Sus articulaciones se luxaron, las vértebras de su cuello fracturaron y se ahogó en sus propias lágrimas. Aún vivía.

—Sostenla con fuerza, Isabel —insistió el mayor de los hermanos, con la calma y frivolidad que caracterizaban a su estirpe.

Isabel agarró la cabeza de Dalia con fuerza y las pegó a la camilla, sin demora ajustó contra su frente una placa de metal.

—No lo vayas a dañar —contrapuso la mujer, rodando los tornillos que ataban la cabeza de Dalia—. Déjame apalancar para abrir el esternón, así podrás costar los vasos con cuidado.

Isaiah aceptó la sugerencia de su hermana. Le molestaba el olor a sangre, no porque le causara ansiedad, sino porque de la sangre de aquellos de su misma especie emanaba una esencia prohibida y tóxica.

Dalia balbuceo cuanto pudo, pero en su boca una mordaza recién introducida le impedía hablar, gritar o respirar. Los escuchaba y les veía forcejear. Sentía el ardor producto del frío metal chocar contra sus huesos. Pero Dalia no luchaba contra sus agresores, el verdadero debate ocurría en su interior. Era una batalla que estaba perdiendo, por más que lo pensaba o que trataba de convencerse a sí misma, era incapaz de restringir sus impulsos. Ella quería cooperar, dejar que le arrancaran el corazón o que hiciesen con su cuerpo cuanto desearan, estaba dispuesta a servir. Y sin embargo, era imposible. Su cuerpo no la escuchaba, su instinto de supervivencia era más poderoso que su instinto de sirviente. Al menos de momento.

De los ojos de Dalia las lágrimas emanaban, el estrés mental de no poder detener su propia oposición la estaba destruyendo. Los segundos pasaban y ella continuaba inquieta e incontrolable. Pero de pronto llegó el vacío y con él, la calma. Los músculos de Dalia se relajaron, su corazón comenzó a bombear despacio. La batalla había terminado. En el lugar donde una vez estuvo el corazón de Dalia, ahora reposaba un órgano seco y muerto. En el pecho del niño junto a ella, la vida renacía latido a latido.


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