Capítulo 1. El hogar está donde está el corazón

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—¿Y luego te sorprendes al ver mi habitación? —recriminó de forma divertida, algo ya poco habitual en él.

—Muy gracioso —respondió sabiendo que llevaba razón.

Lo invitó a sentarse y a continuación se dirigió al suyo. Rebuscó entre los papeles sueltos y sacó un folio medio doblado con algunas direcciones. Lo echó un vistazo y rebuscó en el montón de carpetas que había sobre la mesa para coger una de color negro, que entregó a Jimmy.

—Son copias de los documentos de adopción de cada uno de vosotros. He comprobado los datos. Ninguno permanece con la familia que lo adoptó. —Jimmy levantó la vista de los papeles—. Pero la información que has estado recopilando nos ha servido de mucha ayuda. ¿Has pensado qué vas a decirles si damos con ellos?

Jimmy sacó de su bolsillo trasero cuatro papeles amarillos doblados en tres partes, y los dejó sobre la mesa. Después sacó del otro bolsillo un recorte de periódico y lo observó con detenimiento.

—Haz copias de esto y adjúntalo a las cartas —dijo Jimmy.

John leyó el titular para sí, sintiendo un enorme estremecimiento. Quería que Jimmy se reuniera con sus hermanos si eso iba a suponer que él se sintiera mejor, pero no estaba seguro de que volver a verlos fuera lo mejor para todos.

—Vengan o no vengan, te prometo que descubriremos lo que te pasa.

Una mujer joven y de baja estatura, de pelo castaño anaranjado y liso y de la misma edad que Jimmy, irrumpió en la habitación sin ni siquiera llamar a la puerta. El chico no se preocupó en comprobar quién era; lo supo por su olor. Esa fragancia a lavanda tan profunda que le alteraba la sangre.

—¿Es que no sabes llamar? —preguntó John.

—¿Cómo nos pondremos en contacto con ellos? —preguntó ella tras cerrar la puerta e ignorar las palabras de John.

—Iré yo mismo si hace falta. ¿Dónde están? —se impacientó Jimmy.

—Sólo tenemos a cuatro. Una de las chicas se mueve deprisa y no es fácil seguir su rastro —contestó la chica.

Jimmy sonrió para sí. Sabía quién era esa escurridiza hermana.

—Gracias Sam —le agradeció John.

—El mérito no es sólo suyo —desmereció Jimmy con condescendencia.

—Un simple «gracias» habría sido suficiente —se ofendió ella cruzándose de brazos—. Al fin y al cabo, son a tus hermanos a los que estamos buscando.

—Y tú pareces tener mucho interés en encontrarlos.

—Solo hago lo que me dicen.

Jimmy se levantó arrastrando la silla hacia atrás y se puso cara a cara frente a la chica, a quien sacaba al menos una cabeza. No quería comportarse así con ella, pero no podía evitarlo. Sólo su presencia alteraba todo su cuerpo.

—Gracias —dijo él arrastrando la palabra entre sus labios.

—Te llamaré cuando tengamos algo más. Jimmy, por favor —suplicó John.

Jimmy emitió un sonido discordante sin dejar de mirar a la chica y, resistiéndose a todas las necesidades que sentía en ese momento, abandonó el despacho.

Se detuvo en mitad del pasillo apretando los puños y la rabia lo consumió por dentro: asestó dos puñetazos a la pared, rompiéndola; golpeó un sillón con una patada, haciendo que se desplazara de su lugar, y volcó una máquina expendedora de café. John y Sam lo escucharon desde el interior del despacho, pero no se atrevieron a salir. Cuando Jimmy salió al exterior y logró calmarse, sacó una pequeña bola de billar negra del bolsillo.

Los Guardianes (I): OcasoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora