Capítulo 1. El hogar está donde está el corazón

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Se quitó los cascos y puso en pausa el reproductor de su ordenador cuando sonaba «Have A Nice Day» de Bon Jovi. Se levantó de golpe de la silla, cubrió el brazalete de cuero de su brazo izquierdo bajándose la manga larga, y abrió la puerta antes de que pudieran llamar. Al otro lado se encontraba un hombre de raza negra de alta estatura, con barba, bigote y perilla unidos, enfundado en un traje de chaqueta. El chico, que era más o menos de su misma altura, con el pelo corto de color negro y barba de dos días, lo dejó pasar sin decir nada.

Era el único que había permanecido en Aberdeen desde el suceso. No había vuelto a dormir desde entonces y no sabía por qué. Había tenido problemas con la primera familia que lo adoptó, así que el director de una escuela privada arregló los papeles para ocuparse de él en apenas un día. Le pareció extraño, pero no podía ser peor que lo anterior.

El hombre de color recorrió la habitación con la mirada, apreciando el desorden: papeles, libros y recortes encima de la cama, más papeles sobre el escritorio y una toalla con restos de sangre y barro en una esquina. El chico se dio cuenta y dijo:

—Vamos John, no estoy de humor. —Volvió a sentarse en la silla.

—¿Anoche saliste a cazar? —preguntó y suspiró al no obtener respuesta—. Sí..., claro que saliste —prosiguió—. No puedes seguir así. Debes controlarte. Ya no eres ningún crío.

—¿Y qué?

—Cuando cumpliste la mayoría de edad decidiste quedarte para que te ayudara, pero no me estás dejando hacerlo. No puedes pasar por esto solo, Jimmy. No puedes hacer estas cosas —dijo.

—Eso nunca ha sido un problema, ¿no John? —Guardó un montón de folios con garabatos en una carpeta de cartulina y la tiró contra el escritorio al mismo tiempo que levantó la voz—: ¡Siempre he estado solo! ¡Desde que ella murió!

—Déjame ayudarte —lo miró preocupado.

—No sé... Lo que soy, John. ¿Por qué ibas a saberlo tú? —dijo en tono desesperado.

El hombre sintió como el vello de sus brazos se erizaba y todo su cuerpo se puso en tensión. Había tenido esa misma conversación decenas de veces desde que Jimmy empezara a sufrir los cambios. John había sabido como paliarlos, pero cada vez eran más frecuentes y fuertes, y todo lo que estaba haciendo por él ya no era suficiente. Jimmy se había cerrado en banda, sin poder controlarse, y sólo había una manera de arreglarlo.

—Tranquilízate, ¿de acuerdo? —Dio John un paso atrás—. Tus ojos han cambiado. Cálmate.

Jimmy lo miraba lleno de ira. El iris de sus ojos gris metálico se había vuelto tan negro y brillante como la tinta. Algo que le ocurría cuando se alteraba. Tras respirar hondo varias veces, recuperaron su color natural.

—Puede que los hayamos encontrado —dijo tras hacer un nuevo repaso a la habitación—. Date una ducha, relájate y pon las cosas en orden. Cuando estés listo ven a mi despacho.

Antes de que John terminara de hablar, y nada más escuchar que era probable que los hubieran encontrado, apagó la pantalla del ordenador y abrió la puerta con unos movimientos imperceptibles para los ojos de John. Aún no se había acostumbrado a las habilidades sobrenaturales de su hijo adoptivo.

Cruzaron todo el pasillo hasta llegar a las escaleras. Salieron del edificio y siguieron los caminos que atravesaban los jardines que dividían el recinto en áreas. Llegaron a una zona cuyo cartel de piedra indicaba «Área de Atención» y, una vez dentro, subieron hasta la tercera planta, donde al final del pasillo se encontraba el despacho de John Brackwell. El despacho era elegante, en tonos marrones y sillones de cuero negro. La mesa estaba llena de carpetas de colores y un montón de papeles revueltos. Jimmy sonrió al verla.

Los Guardianes (I): OcasoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora