—Estoy bien. Volved a la cama. Solo necesito descansar —dijo a sus hermanos tras una larga pausa.

Su respuesta no pareció muy convincente, pero bastó para que Kitty se encaminara hacia la puerta y saliera junto a Gary tras apagar la luz. El chico esperó a que ella volviera a su habitación, al lado de la de Jimmy, y regresó de nuevo con su hermano, esta vez haciendo el menor ruido posible.

—¡Eh! ¿Qué has soñado? —reclamó en voz baja. Jimmy suspiró y evitó mirarlo. No quería hacerlo—. Jay, puedes contármelo. No se lo diré a nadie.

Jimmy lo miró de soslayo. Seguía en la misma posición que antes. Quería haber salido a la terraza, pero si lo hacía su hermana lo vería y no quería preocuparla. Kitty estaba empezando a parecerse mucho a su madre. Gary cerró la puerta con cuidado y se sentó en la cama.

—Puede que quieras cambiar de opinión —musitó su hermano.

A pesar de lo inseparables que eran Jimmy y Kitty, el mayor siempre había tenido una excelente relación con Gary. Éste último entrecerró sus intensos ojos azules y meneó la cabeza con suavidad sin entender lo que quería decir. Creía que estaba exagerando.

—He soñado que asesinaban a alguien, Gaz —soltó de golpe—. Creo.

—¿Crees?

—Era todo muy confuso —aclaró.

—¿Lograste ver quién era?

—No. Ni siquiera sé dónde estaba. Había mucha gente —se apresuró a decir.

Gary no recordaba la última vez que Jimmy había tenido una pesadilla. Es más, estaba seguro de que él era el único de los seis hermanos que no había tenido jamás una.

—Sólo es una pesadilla —dijo en voz alta.

—Sí. Le estoy dando demasiadas vueltas —afirmó Jimmy con la mirada perdida y cerró la puerta.

—¿Quieres que pasemos la noche despiertos o... me quede a dormir aquí? —le preguntó Gary con toda su buena intención. Siempre estaba dispuesto a ayudar y a cuidar de los demás, asumiendo por sí mismo el liderazgo de los seis, aunque no fuera el hermano mayor.

—¡No! ¡No soy un crío! —contestó Jimmy enfadado.

—Está bien, está bien. —Se incorporó Gary manteniendo las manos en alto, en señal de subordinación—. Sólo era una idea.

—¡Pues ahórratela!

Jimmy estaba muy irritado. Aunque no sabía si era eso o si estaba frustrado. Era el mayor de los seis hermanos y tras la ausencia del patriarca de la familia, sentía que debía ser el hombre de la casa. Cuando Gary abandonó la habitación, Jimmy volvió a la cama. Mas no consiguió pegar ojo.

Al día siguiente y, del mismo modo que cada mañana durante el periodo escolar, Áthena se había levantado temprano para preparar el desayuno y el almuerzo a sus hijos antes de llevarlos a clase. Era una monotonía a la que se había acostumbrado con los años y, aunque no la disgustaba, solía hacer cosas más interesantes en su antigua vida.

Jimmy fue el último en bajar las escaleras de caracol que unían las cinco plantas de la mansión, las cuales se encontraban en la zona donde la planta baja se dividía en cuatro pasillos en forma de cruz, formando el torreón central. Al llegar a la puerta de la cocina se cruzó con Gary, que venía del baño, y éste lo dejó pasar delante sin mediar palabra. La cocina tenía forma rectangular con salida al jardín trasero. Nada más entrar había una mesa de cristal con ocho asientos, donde ya se encontraba el resto.

Vivían en una gran mansión de estilo colonial español a las afueras de Aberdeen, en el estado de Washington, pasado el Stewart Memorial Park, fruto de las riquezas acumuladas por la familia materna a lo largo de los años. La mansión era una gran estructura con cuatro torreones: el central; el que correspondía a la entrada y otros dos a cada extremo de la mansión. Tenía terrazas delanteras en las tres primeras plantas comunicadas entre sí, haciendo una fachada escalonada de cinco pisos contando la planta subterránea y la buhardilla.

Los Guardianes (I): OcasoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora