Prólogo

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No sabía por qué, pero el sitio le resultaba familiar. Intentó reconocer a alguien entre la gente acumulada en lo que debía ser la entrada del edificio, pero veía los rostros borrosos. No estaba asustado. En su lugar, se sentía entusiasmado, aunque no sabía por qué. Se abrió paso entre la multitud encarando el pasillo hacia la salida y al llegar hasta la calle tomó una gran bocanada de aire. Era casi de noche. De pronto, entre el ruido de las conversaciones escuchó el chirriar de unas ruedas, un golpe seco y un grito ensordecedor.

Entonces despertó.

Se incorporó en la cama sobresaltado, con la respiración entrecortada. Gélidos chorros de sudor le recorrían la cara y la espalda haciendo que sintiera escalofríos. Estaba empapado. Se pasó la mano por su pelo corto asimilando la intensidad de su sueño y, antes de que pudiera levantarse para ir al cuarto de baño, su hermano Gary, de catorce años y uno y medio menor que él, abrió la puerta de golpe y encendió la luz, cegando a Jimmy.

—¿Estás bien? —preguntó con tono de preocupación—. Te he oído gritar.

Las habitaciones se encontraban en el segundo piso del ala izquierda de la mansión en la que vivían. Las últimas puertas del pasillo eran la suya y la de Gary.

—Sí... Sólo ha sido una pesadilla. ¿Cómo he gritado? —respondió tapando sus ojos de la intensa luz.

Quizá solo hubiera sido una pesadilla, pero desde que había cumplido los dieciséis años hacía tan sólo unas semanas, había comenzado a sentirse diferente. Notando su alrededor con más intensidad, como si interactuara con él. Y eso era lo mismo que había sentido en su sueño.

—Alto. Parecías muy asustado —dijo encogiéndose de hombros.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —inquirió la hermana melliza de Jimmy, Kitty, al mismo tiempo que apartó a Gary de la puerta de un empujón y lo obligó a entrar en la habitación.

—Eso ya se lo he preguntado yo... —comentó Gary poniendo los ojos en blanco.

Jimmy y Kitty, apodados así por sus hermanos pequeños, y cuyos nombres sin diminutivos eran James y Katherine respectivamente, eran los mayores de los seis hermanos, aunque el chico había nacido dos minutos antes que ella. Ambos tenían el pelo oscuro y los mismos ojos grises metálicos y brillantes como la plata.

—¿También te he despertado? —se sorprendió él.

Kitty cerró la puerta y puso los brazos en jarra. A pesar de que apenas hacía deporte, había heredado la constitución fibrosa de su madre.

—Podrías haber despertado hasta a los vecinos —respondió.

—No tenemos vecinos. La casa más cercana está a kilómetros —expresó Jimmy.

—Pues eso. Tienes suerte de que mamá no te haya oído. Ahora estaría histérica.

Gary asintió en acuerdo.

La madre de los niños, Lauren, tenía una tendencia obsesiva de protección hacia sus hijos que ellos no lograban entender y a la que ya se habían acostumbrado. Su habitación se encontraba en el extremo del ala derecha, pero hacía gala de tener un oído excelente.

Jimmy apartó la sábana que lo cubría hasta la cintura, y se incorporó para correr la cortina y abrir un poco la puerta que daba a la terraza trasera.

—¿Los demás se han despertado? —quiso saber.

—Creo que no —contestó la chica y se acercó a él—. ¿Seguro que estás bien? —volvió a preguntar poniéndole una mano sobre el hombro.

Jimmy clavó sus metálicos ojos en el bosque, intentando ver más allá de los gigantes árboles que rodeaban la finca de la mansión como centinelas vigilando una fortaleza.

Los Guardianes (I): OcasoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora