Cuando todo empezó a complicarse

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-¡Vuela, maldita sea! ¡Vuela!

-¡Que lo estoy haciendo! -chilló Mia a unos centímetros detrás de mi.

-¡Más rápido! -la apuré acelerando yo misma la velocidad con las que movía mis alas.

Las cosas estaban completamente fuera de control. ¿Hombres lobo en la bahía de las sirenas? ¿El castillo de las nubes cerrado? Todo esta patas arriba. Dando una rápida mirada hacia atrás vi al enorme lobo gris-plateado que lanzando veloces dentelladas parecía cada vez más cerca de alcanzarnos.

-Tenemos que atravesar la barrera mágica ¡Ya! -grité angustiada.

-¡A la izquierda! -exclamó Mia y ambas desviamos bruscamente el rumbo.

Haber reducido nuestro tamaño al de un dedo pulgar ayudaba increíblemente a pasar con más facilidad desapercibidas y daba muchísima agilidad y velocidad. El lobo se detuvo unos instantes, despistado, pero le bastaron unas olisqueadas para retomar nuestra pista.

Cada vez estábamos más cerca a la montaña y la barrera protectora y cada vez estábamos más cerca de ser bocadillo. Mia ya no daba más, su respiración, demasiado agitaba me alertó.

-Voy a entrar por la otra puerta - le dije entre gritos.

Vi su miraba de asombro cuando me di media vuelta y volé directamente hacia el animal.

-¡Vete! -le chillé a mi amiga.

Ella no fue la única desconcertada. La enorme bestia ni siquiera reaccionó cuando me acerqué a toda velocidad y le di un patadón en la punta de su hocico. Tras comprobar lo más rápidamente que pude que Mia atravesaba la barrera y medio a rastras llegaba a la puerta, retomé vuelo hacia otro lado de la montaña. Necesitaba ganar altura con urgencia, me ardía el naciente de mis alas y mis músculos me traicionarían en cualquier momento. A duras penas llegué a una parte más o menos similar a un mirador antes de desplomarme y rodar por la tierra y piedritas. Haciendo uso de la poca magia que me quedaba adquirí mi tamaño humano.

Al asomarme descubrí que estaba a solo unos ocho metros del suelo del terral y que el lobo, sin darse por vencido, trepaba la ladera del cerro a grandes saltos, provocando pequeños derrumbes y corridas de piedras. Alterada cogí la roca más grande que vi a mi alcance y se la lancé con todas mis fuerzas. Su aullido de dolor y mirada lastimera cuando le di en la pata me causaron remordimiento unos segundos, pero la chispa furiosa que apareció en sus ojos y el destellar de sus filosos caninos, me lo quitaron al instante. Tiré otra piedra, pero pese a la pata herida, esta vez logró esquivarla. Estaba a solo unos metros de distancia y yo no tenía para dónde correr.

-¡Maldito perro no suficientemente evolucionado! -grité con todas mis fuerzas, a la desesperada -¡Déjame en paz! ¡No te he hecho nada! ¡Déjame en paz!

Lo siguiente que vi fue que tomaba impulso y se abalanzaba encima de mi. Cerré los ojos protegiéndome instintivamente con los brazos. Solté un grito de dolor cuando mi espalda se estampó contra el duro suelo. Estaba aprisionada por su peso y sentí como me tomaba de las muñecas sujetando con fuerza cada una contra el piso a cada lado de mi cabeza.

-Ni te atrevas a repetir eso -su voz sonó más como un gruñido.

De no haber estado tan asustada quizás también habría notado que sonaba increíblemente sexy, pero eso lo hice recién unos minutos después. Lo que noté en esos momentos, fue que lo que me sujetaba de las muñecas eran manos y no patas. Se había transformado. Mis nulas posibilidades pasaron a ser casi-nulas. Por lo menos sabía que no me comería. Genial.

Lentamente abrí un ojo para comprobar lo que suponía. No me atrevía a mirarlo a la cara aún cuando la tenía a centímetros de la mía y sentía sus ojos clavados con fiereza en mi rostro.

Un poco de magiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora