Es un día nublado, apenas ha salido el sol en todo el día, supongo que así es mejor.
Salgo a la calle y me siento en un bordillo.
Enciendo mi sexto cigarro del día y le doy una calada.
Cierro los ojos y entreabro mis labios para sentir el humo salir entre ellos.
Odiabas que fumara.
Odiabas esa manía mía de echarte el humo del cigarro en la cara.
Pero como ya sabes los malos hábitos se acaban pegando,
y al final se convirtió en nuestro vicio.
-¿Por qué me habré dejado convencer?
Decías.
Pero no fui yo quien te convenció.
Me veías relajarme con cada calada,
y supongo que quisiste probarlo.
Primero solo fue uno.
Luego fueron dos o tres por día.
Hasta que los ceniceros se llenaron de colillas y cenizas.
Las únicas cenizas que aun quedan de eso a lo que llamamos fuego.
Que con cada calada se fue extinguiendo;
como un cigarro entre nuestros dedos.
Ay cariño,
si supieras que mi cigarro aun sigue encendido...
Seguramente querrías acabarlo,
hasta convertirlo en cenizas.
pequeña ingenua,
te dejaste cautivar
por eso labios
que dijeron saberte amar.
Tonta de mí.
No supe parar mis pies.
Fue una locura lo que hicimos,
amarnos,
digo.
Amarnos entre humo y ceniza,
hasta extirguirnos.
Gracias,
acepto mi derrota.
Sabes que nunca he sido mala perdedora.
Pero esta vez siento decirte que aposté demasiado,
aposté más de lo que tú apostaste.
Y te llevaste mi alma,
envuelta en papel de fumar,
ese al que tú quemaste.
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11:11
Non-Fictionmis ojos te buscan cada mañana en esta cama llena de recuerdos y vacía de almas.
