Una Navidad sin ti

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De nuevo volvían a gritarse, así habían sido las cosas desde que era un niño. Un fuerte estruendo me hizo temerme lo peor, de inmediato salí del salón, mi padre le había pegado un empujón y ella yacía en el suelo. Me dispuse a defenderla, aun a riesgo de que me golpeara a mí también. No tardé en sentir su puño de acero, sobre mi mejilla, contuve el grito de dolor.

—Apártate patético vago —su aliento de alcohol me revolvió las entrañas.

Enfadado le pegué un empujón y arremetí contra su gruesa figura, aún me palpitaba la cara y sentía como resbalaba un hilillo de sangre. Devolviéndole el golpe, sentía la rabia recorrer cada parte de mi cuerpo, igual que si un oscuro diablo se apoderara de mi ser.

—¡¡Ya basta!! No tenemos tiempo para esto —chilló mi madre entre sollozos.

Mi padre me apartó dándome la espalda a la par que se levantaba tambaleándose, supe que se dirigía a su dormitorio, igual que siempre en un par de horas actuaría como si nada. Mi madre y yo nos miramos. Un tenso silencio se apoderó del ambiente, un silencio cargado de culpabilidad. Podía ver en sus ojos vidriosos el miedo e inseguridad, pero sabía que su orgullo y la codicia jamás le permitirían tomar cartas en el asunto. ¿Cuántas veces había intentado convencerla para que lo denunciara? Pero claro, era mucho más cómodo apegarse a un dolor conocido a cambio de dinero y falsa seguridad, que esto. Se me desgarraba el alma, ¿por qué se conformaba con vivir con un monstruo? Todos mis esfuerzos por cambiar la situación habían sido inútiles.

—Será mejor que te limpies la cara y nos vayamos preparando. La gente no tardará en venir. —Así era ella: un maquillaje de lujosa felicidad y una careta de "todo irá bien", antes que aceptar la realidad.

Yo me limité a asentir, prefiriendo callarme. ¿De qué me serviría hablar si nadie me iba a escuchar? Cuando estuve a punto de ir al baño, también me pidió que fuera al desván a buscar algo.

Resoplé consternado cuando vi mi triste rostro reflejado, mis ojos marrones eran dos cruces negras conteniendo las lagrimas de los trozos de mi corazón. No podía más, ya no aguantaba esta desesperación. Cada segundo que pasaba en este mundo, me rompía a pedazos. ¿Cómo ser feliz cuando la persona que amas no te corresponde, cuando tus padres se están destruyendo, cuando nadie quiere contratarte? ¿Tan insignificante era? Entonces vi el bote de antidepresivos de mi madre, y una siniestra idea se apoderó de mis emociones. ¿Por qué seguir aguantando? Lo mejor era ponerle fin, agarré el frasco entre mis temblorosos dedos.

Mi madre golpeó a la puerta, volviendo a insistir que tenía que buscar algo en el desván. ¿Tampoco podía suicidarme en paz? Salí del baño y fui al desván, al menos allí estaría uno segundos a solas.

Me senté sobre un polvoriento sillón, rodeado de viejos trastos, recuerdos de una época que hace mucho que quedó atrás, época que seguramente era mejor que esta. ¿Quién me hubiera dicho que mi vida fuese a acabar en este lugar? Todo muy acorde con la existencia que había llevado, suspiré mirando el bote de pastillas. No había otra opción, ya nada me haría feliz, hacía tiempo que todo se había desmoronado. Puede que una vez pensase que mi vida podría cambiar, que pensar de manera positiva haría que todo mejorara, pero lo único que aprendí es que había sido un ingenuo.

Me puso un puñado de pastillas en la palma de la mano, y cuando mis labios estuvieron a punto de rozarlas un fuerte estruendo me detuvo. Por unos segundos creí que habían sido mis progenitores, pero me di cuenta de que una gran caja se había caído. Rompiéndose de tal manera que su contenido se había esparcido por el suelo. Eran un montón de postales navideñas, me estremecí al reconocer la letra de mi abuela. Olvidándome de la tontería que estaba a punto de hacer dejé las pastillas en el frasco y agarré una de las cartas.

En mi infancia había pasado la mayor parte de las pascuas junto a mi abuela, ya casi había olvidado lo feliz que eran esos días. Mientras mis padres celebraban sus fiestas lujosas, yo disfrutaba junto a ella de esos mágicos momentos, en su casa en el campo. Recuerdo cómo preparaba la cena de nochebuena con tanto cariño, haciéndome todos los manjares que yo le pidiera. De hecho, la carta que tenía entre mis manos, se la había mandado a mis padres para decirles lo bien que lo estábamos pasando. De manera inconsciente sonreí. Cómo la echaba de menos, había estado tan metido en mi propio dolor, que me había olvidado de lo importante que era para mí. El alzheimer y los problemas de la vejez la habían condenado a vivir a una residencia. ¿Cuánto hacía que no la visitaba? Mis padres habían pasado de ella cual mueble inservible, pero yo tampoco había sido mejor que ellos. Supongo que era más fácil pensar que ya no estaba, que aceptar que los años y la enfermedad la habían destruido hasta tal punto de no dejar nada de la gran mujer que fue en el pasado.

Pero al releer todas esas cartas, al sentir el amor y la fuerza que transmitían, algo en mi interior se removió. Que egoísta había sido, ella siempre había formado parte de mi vida, con recuerdos o sin ellos yo la seguía queriendo. Necesitaba ir a verla, aunque no me reconociera, aunque hiciera muchos años que no la viera.

Sí, mi mundo se resquebrajaba, pero no quería esperar a que fuera demasiado tarde. Por una vez quería olvidarme de mí, y recordar a la mujer que hizo de todas las Navidades de mi niñez algo especial. Ignoré las quejas de mi madre por largarme de manera precipitada, dispuesto a ir hasta la residencia de ancianos.

Cuando estuve frente a ella, observé su mirada sin brillo, estaba vacía, carente de luz. Igual que si yo fuera completamente invisible, la pobre estaba tendida sobre la cama. Su rostro surcado de arrugas apenas reaccionaba ante mi presencia, pero no me importó: porque sabía que la abuela que tanto quería estaba en alguna parte de esos ojos negros, que con tanto amor me habían mirado. Eso no me impidió que le diera un cariñoso beso en la frente y cogiera sus huesudas manos. Rememoré todos los instantes que habíamos pasado juntos.

—Siento no haber venido tan a menudo, y haber sido tan egoísta —rompí a llorar, y ella simplemente me miró—. Te he echado tanto de menos, he dejado mi propio dolor me cegara, hasta tal punto de olvidarme de lo que realmente importa en la vida. Te quiero abuelita...

Alzó sus temblorosas manos y acarició mis mejillas. Su mirada reflejaba desconcierto, como si su inconsciente le dijera que yo era alguien importante, pero su cerebro no terminaba de ubicar quién era yo. Me dio lastima verla así, al final decidí que sería mejor irme.

Cuando le di otro beso en la mejilla, ella reaccionó queriéndome abrazar.

—Oh, mi pequeño Gerard —murmuró con su temblorosa voz de anciana, aquellas palabras me conmocionaron.

De nuevo volvía a llorar, pero de felicidad. Me emocionó tanto que me hubiera recordado, cuando tuve que marcharme ella me obsequió con una gran sonrisa, una sonrisa que derritió todo el hielo de mi corazón. Ella había sido una mujer luchadora, su vida no había sido fácil, y hasta había sobrevivido a una guerra.

Por primera vez lo comprendí, ya no importaba que nada saliera como yo hubiera querido. La vida era un camino largo, no precisamente liso y plano. Pero por muy duro que hubiera sido avanzar, el único que daba los pasos era yo. Gracias a ella acababa de aprender, que por muy torcido que fuera mi mundo, yo también podía hacer algo al respecto. Yo no era un mero espectador, no iba a quedarme impasible, viendo cómo todo sucede a mir alrededor. Ya no quería pasar otra Navidad sin ti, ya era hora de vivir alcanzando todos mis sueños y alcanzar todas las metas.

FIN




Una Navidad sin tiWhere stories live. Discover now