Una Navidad sin ti

41 2 2

La leña de la chimenea crujía con delicadeza, mientras el fuego proyectaba cálidas sombras que danzaban por todo el salón. Las luces del abeto parpadeaban con miles de colores, todo estaba perfectamente decorado. A primera vista parecía un lugar acogedor y navideño, pero yo sabía perfectamente que todo era una mera ilusión. Un espejismo para aparentar que todo estaba bien, que era ideal a la par que mágico, así eran mis padres, unos perfectos anfitriones. Los invitados nunca sospecharían la realidad. Pero ahora mismo esos asuntos no me importaban, de hecho nada me importaba. Hacía años que había dejado de sentir el espíritu navideño, y mucho menos lo volvería a vivir ahora con el corazón roto. Podía percibir el agujero negro de mi pecho consumiendo mi alma, cada vez que pensaba en sus ojos azules, esas dos joyas cristalinas que nunca me mirarían, en esos labios carnosos que nunca podré saborear. Me sentía tan desgarrado por el desamor, por una existencia carente de virtud. Mi ser no era tan distinto a la madera que se carbonizaba en el ardor de la chimenea. Así había sido vida: desde que me despidieron del trabajo, desde que me vi condenado a volver a vivir con mis padres, desde que me enamoré perdidamente de alguien que no me correspondía. Ellos no se equivocaban al llamarme fracasado...

Me senté en la mesa cercana al fuego, donde tenía preparado un folio en blanco y una pluma estilográfica, mi mente era un bullicio de caos, de infinitos problemas que parecían enredarse los unos con los otros. Tuve que reprimir mis lagrimas, ya había llorado bastante en la madrugada pensado en lo grande y fría que era mi cama sin el calor de su cuerpo. No valía la pena condenarme, mi idea era despejar mi inquieta mente. A pesar de haber declarado mis sentimientos, y haber sido rechazado cordialmente, no conseguía sacarla de mi cabeza. Su amable sonrisa seguía grabada en mis pupilas. Me dispuse a escribir la carta de amor, una carta que ella nunca leería, una carta que poco tenía que ver con las que escribía de niño a los reyes magos.

De nada sirve que te cuente esto, de nada vale confesarte algo que ya sabes. Pero necesito liberar el corazón de esta carga llamada desamor. En algún rincón de mi mente creé una ilusión, en la que tú y yo eramos más que dos amigos. No quise parar este carrusel, y me vi engullido por mis propios sentimientos, por una realidad que no correspondía con la de mi mente. Entonces fue cuando entendí que mis frías manos no podrán buscar calor en las tuyas, que nunca pasearemos por las gran avenida viendo los copos caer, no podré despertar a tu lado, ni verte amanecer...

Te quise tanto, pero te conocía tan poco. Fuiste algo efímero, que revolvió mi alma como una paloma blanca en busca de su libertad. Ahora ya sé que lo nuestro es imposible, y no sé que será de mi días si tú no vas a estar en ellos...

Eres un deseo imposible, y no me queda más remedio que aceptar que la razón ha ganado al corazón.

Te quiero, y sé que la verdadera esencia del amor es la libertad. Ya que mi deseo es imposible, espero que encuentres el tuyo, y se haga realidad . Eres una gran persona y te mereces lo mejor.

Adiós...

Alguien que te ha amado, Gerard.

Las lagrimas caían por mis mejillas, provocando que la tinta se emborronase. Pero no me importó, no podía seguir consumiéndome con su recuerdo. Me levanté hacia el fuego, con cuidado arrojé la hoja, con tristeza observé cómo las llamas destruían el papel, deseé que aquel gesto también acabara con mis penurias.

Un estruendo proveniente de la entrada llamó mi atención. Eran mis padres volviendo a discutir. Probablemente mi padre volvía a estar borracho, y mi madre se lo estaba recriminando. Sus voceríos llegaron hasta aquí. ¿Cómo iba a ser feliz si los problemas no dejaban de acosarme?

—¿¡Cómo te atreves a emborracharte?! ¡Dentro nada vendrá todo el mundo! ¿Qué van a pesar? —gritó mi madre con su voz aguda.

—¡Hago lo que me da la gana! ¡Es mi dinero, es mi casa! —le costaba articular las palabras—. ¡No como tú, que lo malgastas en las estúpidas fiestas!

Una Navidad sin tiWhere stories live. Discover now