El nuevo

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-Pablo, tío, levanta.

Lo único que se oyó como respuesta fue un gruñido.

-Venga, que va a llegar Morales y te va a echar la bronca. Ya sabes que te tiene manía.

A regañadientes, Pablo levantó la cabeza de entre sus brazos y se acomodó en una posición más o menos recta, dirigiéndole a Íñigo una mirada de odio infinito. El otro empezó a reír.

-No me mires así, joder. Anoche te dije que marcharas a la cama pronto pero no me hiciste ni puto caso. Ahora te aguantas.

-Quiero morir, pero el libro mereció la pena.

-Ya pareces medio muerto, la verdad.

Pablo le dio un codazo suave y sacudió la cabeza, mirando distraídamente a su alrededor mientras se soltaba la coleta para volvérsela a hacer un poco mejor. Era el primer día de clase y todo el mundo cotorreaba animadamente, contándose sus batallitas de las vacaciones. Ellos dos no tenían la necesidad de hacerlo porque se habían visto a menudo durante el verano.

-No puedo creer que nos pongan esta mierda de clase a primera hora, macho. Lo hacen a posta para joder.

Íñigo le rió la ocurrencia. –Seguro que fue idea de Morales. Está deseando que estés sobao para que no le des por saco toda la hora.

-Sí, pues lo lleva claro. Antes muerto que dejar que un facha nos lave el cerebro.

De repente, un murmullo generalizado recorrió la clase de punta a punta.

-¿Y ése?

-Un nuevo, será.

-¿Tú crees? ¿A estas alturas?

-Y yo que sé, tía.

-Joder, qué GUAPO es.

Ambos jóvenes dirigieron su mirada a la puerta y vieron a un chico que no conocían de nada. Parecía bastante desorientado, así que la teoría de que era un novato cobraba fuerza. Sí que era raro; normalmente la gente se cambiaba de instituto entre la ESO y Bachillerato, pero no ya en segundo curso. A saber. El chaval llevaba un polo con el cuello vuelto hacia arriba, lo que provocó que Pablo e Íñigo intercambiaran una mirada de "no te rías que si no voy yo detrás". Sí que era guapo, todo sea dicho, pero no podía ser más pijo. Eso a Pablo no le molaba nada; por algo era el perroflauta oficial de la clase, después de todo. Íñigo era más neutral en lo relativo al aspecto, pero por asociación entraba en la misma categoría que su amigo.

-Éste tiene pinta de que va a estar de acuerdo con Morales en casi todo –comentó Pablo, observando cómo el nuevo elegía un sitio en la primera fila y se sentaba.

Íñigo iba a responder pero se interrumpió cuando dicho profesor hizo por fin su aparición en el aula. El hombre sabía de filosofía, eso había que reconocérselo, pero era un poco... rancio. Especialmente a ojos de Pablo. Esto se traducía en discusiones interminables durante las clases en las que el adolescente, con la altanería que lo caracterizaba y animado por los subidones de testosterona propios de la edad, intentaba explicarle al otro cuán equivocado estaba. Morales, que lo sentía como una falta de respeto a su autoridad, respondía de manera condescendiente y francamente irritante. Así, estos choques terminaban siendo una fuente de entretenimiento para la clase, hasta el punto de que se habían hecho conocidos durante el curso anterior y otros profesores bromeaban sobre ello en sus respectivas asignaturas.

Al principio todo fue bien. El profesor explicó cuál sería el plan de trabajo para el año, desgranó el temario y abordó la preparación de la selectividad. Pablo escuchaba a medias, muerto de sueño, e Íñigo tomaba notas de todo como el alumno responsable que era. Aparentemente el chico nuevo de clase también era bastante aplicado, porque se lo veía escribir con colorines y escuchar con la mirada fija en el profesor.

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