[19 de Diciembre]

          El cielo amanecía cubierto por una densa bruma, dificultando la visibilidad y la circulación en las múltiples calles de Eistark Large debido a la niebla y a las placas de hielo en el asfalto. Los conductores de los coches, de buena mañana, se habían dedicado a colocarles cadenas a las ruedas de sus coches y a apartar la espesa capa de nieve que los cubría en su totalidad. Con el Sol abriéndose paso a través de las nubes grisáceas, comenzaba a templarse el ambiente, muy agradecido por los vecinos de la ciudad, ya que el frío les calaba hasta los huesos. Adrien se levantó pronto para poder ir al Lago Monroe, el lugar donde encontró tiempo atrás a una Adeleine sola, perdida y al borde de una grave hipotermia. Según lo que pudo entender, le dijo que se había perdido mientras buscaba a Molley, su perrita. Su abuela, al verle levantado tan temprano, estuvo intentando sonsacarle el motivo, pero el muchacho no abrió la boca. Rose entonces lo entendió al ver que llevaba los patines que utilizaba cuando iban a aquella enorme laguna helada a patinar con sus padres y su mejor amiga. 

          En una cesta de mimbre colocó una botella de agua, dos manzanas bien jugosas y un paquete de galletas de chocolate, sus preferidas. No pudo evitar sonreír. Cómo le conocía Rose. Le dio un beso sonoro en la mejilla antes de salir por la puerta y se dirigió a paso ágil hacia la casa de los Josher para recoger a Gareth, su compañero de aventuras. Desde el exterior se podían llegar a oír los ladridos de la mascota de la familia y, cuando abrieron la puerta principal, vio una masa peluda abalanzarse sobre él, lamiéndole la cara. 

      —¡Molley, Molley! ¡Ya basta! ¡Quítate! —le gritaba Noah, el padre de Adeleine, tratando de quitarle a la perra de encima

      —¡Molley, Molley! ¡Ya basta! ¡Quítate! —le gritaba Noah, el padre de Adeleine, tratando de quitarle a la perra de encima. Que fuese una boyero de Berna no es que ayudase demasiado, pues su tamaño era descomunal y le impedía moverse en cualquier dirección para lograr escapar —¡Gareth, es Adrien, ha venido a por ti! —entonces un estruendo se oyó en el piso de arriba, como si hubiera una manada de críos correteando y saltando. La cabeza del niño se asomó por el hueco de la escalera y fue bajando los peldaños de dos en dos, con unos patines colgados al hombro derecho y una bolsa pequeña de deporte roja en el izquierdo. Al parecer, iba bien preparado para la excursión. Con cariño, le removió el pelo y salieron caminando tranquilamente agarrados de la mano hasta que se subieron en el coche negro que les esperaba aparcado fuera. Ante las largas filas de coches que se formaban a la salida de Meinare Coast tuvieron que atajar por la carretera que daba la vuelta a la ciudad, ya que la del puerto de montaña seguramente estaría cerrada desde aquella misma mañana debido a la fuerte nevada. Para mantenerse entretenidos mientras estuvieran parados, encendieron la radio y se pusieron a cantar canciones que conociesen ambos. No tardaron más de quince minutos en salir a la autopista que les llevaría por fin al Lago Monroe.

          En el momento en que estacionaron en el descampado que se utilizaba de aparcamiento, se dispusieron a sacar las cosas del maletero, donde habían guardado las mochilas, los patines y la cesta de Rose. Con dificultad, abriéndose paso entre los árboles frondosos que rodeaban el lago, vieron un grupo de ardillas saltar de rama en rama, mientras se perseguían unas a otras. Montaron una especie de campamento cerca de la orilla congelada y Adrien se dedicó a sacar sus cosas de la mochila. Entretanto Gareth, sentado en el suelo, se desataba las zapatillas para ponerse los patines que le regalaron sus padres por su cumpleaños. Las horas iban pasando y el cielo se pintaba de bellos colores cálidos, sustituyendo a la niebla matutina que lo había estado ocultando durante todo el día. El pequeño se divertía mientras que el mayor sufría por no lograr transmitir y plasmar lo que sentía en un folio medio arrugado. Una vez que comenzaba, no podía continuar. Se le atrancaban las letras y el bolígrafo no se movía ni un ápice de su lugar. La rabia y la desazón le estaban consumiendo por dentro como un papel a punto de quemarse y convertirse en meras cenizas. Deseaba desaparecer, porque en aquel lugar ya nada le quedaba, excepto su querida abuela. Lanzando dos largos suspiros, miró al frente, perdiendo la vista a través del color verdinegro de los pinos, del color que tenía el agua congelada, del color de la nieve, el de sus ojos, el de su pelo, el de su pálida piel, el de...

          Entonces volvió a recordar el día en que la encontró perdida en ese mismo bosque. El lapicero que llevaba entre los dedos comenzaba a trazar líneas hasta que formaba perfectas letras y de ahí, bellas palabras negras sobre el papel mancillado a causa de la ira momentánea. Ahora todo era más calmado y delicado, al igual que su respiración, antes nerviosa y agitada. Con una precisa caligrafía, escribía así:

«Querida Adeleine:»  

«¿Recuerdas el día en que te encontré vagando por el bosque de Lorwers Gray? Te movías a un paso muy lento y me acerqué a ti, temeroso, para ver cómo te encontrabas. Tu pelo estaba bañado por la fría escarcha y tu abrigo empapado de barro y hojas. Te miré y me devolviste una mirada asustadiza, al igual que la de un perro abandonado por sus amos. Fue entonces cuando te agarré por los hombros y te llevé al lado de un tronco arrancado por el viento, en el cual ahora, estoy sentado. Acariciando tus heladas manos, caí en la cuenta de que decidiste confiar en el extraño que era yo por aquellos tiempos y que, además, apenas conocías de nada. Con mi bufanda te las envolví para que entrasen en calor y entonces viste las marcas que tenía en el cuello, en la nuca y en lo poco que dejaba ver de los hombros el jersey de lana y, para mi sorpresa, soltaste un pequeño grito ahogado. Otra más que me ve como un monstruo, pensé, creerá que vengo a hacerle daño. Pero en cambio tú te fijaste en mis lunares, aquellos puntitos diminutos que tenía bajo la mandíbula. Esbozaste una bella sonrisa y me dijiste que ellos formaban pequeños grupos de estrellas en el lienzo de mi piel olivácea. Las estrellas de Perseo, la gran constelación del norte. Y aquí estoy hoy, en el Lago Monroe, mirando a tu hermano Gareth cómo patina sobre el grueso hielo congelado. Grace y Noah te echan de menos. Te necesitan. Yo te necesito, Perseida.»  

[XVIII/XII] — Adrien Collins, Perseus.

          Estampó su firma debajo de su nombre y al lado, el mote. La voz infantil de alguien le reclamaba en la cruda realidad, pero no le ponía atención alguna. En un sobre de papel azul introdujo dicha carta, unas fotos que consiguió hacer días atrás, un ramillete de jazmín atado con una fina cuerda de cáñamo y una pulsera azul como las aguas del Mar Caribe. Lo selló con un poco de saliva y volvió a guardarlo en su mochila, bien resguardado en uno de los bolsillos secretos.

       —¿Volvemos ya, Gareth?— éste asintió y dispusieron todo para la vuelta a casa. Guardaron las cosas en el espacioso maletero del coche de una manera muy ordenada y emprendieron la marcha a un ritmo tranquilo, sin prisas. La carretera estaba vacía, sin ningún coche circulando por cualquiera de los dos carriles.

          Llegaron un poco más pronto de lo que creían y Grace, su madre 'adoptiva', les invitó a pasar. Sentados alrededor de la mesa estaban Rose, Noah, su primo Jacob, Hayley y ahora ellos. La velada transcurrió muy calmada, sin nada que lo alterase, excepto cuando alguien llamó por teléfono y todos se miraron entre sí. El padre de Adeleine fue el que contestó y su cara fue adoptando un tono pálido y enfermizo, pasándole el auricular a su mujer. A ella también se le enturbió el rostro y las lágrimas no tardaron en aparecer por él. Los demás no entendían lo que sucedía. De repente, todos los ojos recayeron sobre Adrien y no supo cómo reaccionar ante tal situación. Colgaron el aparato y Grace mantuvo una pequeña conversación con la más anciana de los allí presentes, hasta que hablaron en un tono más general:

      —Bien, creo que se ha hecho demasiado tarde. ¿Vienes conmigo, cariño? —algo había allí que le olía a chamusquina. Uno a uno, se fue despidiendo, ya fuera con un abrazo, un apretón de manos o con un casto beso en la mejilla. Tras de sí cerraron la puerta y al alzar la vista, se dio cuenta de que Rose le observaba detenidamente, como si pudiera leer sus pensamientos más profundos. Pero no hizo comentario alguno, solo se dedicó a sonreír. Al llegar a casa, cada uno decidió ir a su respectiva habitación y dejar los pensamientos de aquel día vagar a través de los brazos de Morfeo.

Pero antes de cerrar los ojos por completo, miró al techo que tenía decorado con pegatinas de estrellas y susurró muy, muy bajito: «Te quiero, Adeleine».

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