Capítulo 69. (Él)

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Nunca fui una de esas personas a las que les gusta estar sólo. Tampoco nunca me agradó la tranquilidad. Nunca entendí por qué a la gente le gustaba pasar un día entero en la cama.

Durante mi adolescencia corrí de allá para acá. Todos los días, todo el tiempo. Siempre necesité estar haciendo algo. Y así crecí: intentando nunca estar quieto. Siempre que mi vida se detenía, algo pasaba. Algún rumor corría, alguna mala noticia llegaba.

Tuve la necesidad de escapar bien lejos después del incómodo viaje hacia el departamento de Oriana, con Jenny que no dejaba de querer llenar los silencios incluso con sus quejas y su mal humor.

Había escapado justo después de que las dos bajaran de mi camioneta. Huí sabiendo los compromisos que tenía al día siguiente. Desaparecí en cuestión de segundos dejando todo atrás, cómo nunca antes.

Necesitaba aire.
Por primera vez en la vida quería paz.

Siempre me gustaron los lugares escondidos de California. Lo tenía todo: Desde las montañas en Shasta hasta la playas de Malibú. La primera cosa que hice cuando me mudé a Los Ángeles fue buscar un lugar dentro del estado capaz de aguantar mi locura en este tipo de situaciones.

Había comprado una estancia, en el medio de la nada, en Pasadena, a unos 20 kilómetros de la casa. Siempre había tenido en mente que, en algún momento, todo iba a terminar afectándome. Por suerte, mi cabeza estuvo por explotar sólo una vez, justo después de la estúpida apuesta con los chicos. En esos días había escapado hacia la estancia cómo por unos 20 días. Ni siquiera Agustín sabía dónde se encontraba. Sólo Maxi, quién había sido el encargado de buscarme en ese momento y quién se había aguantado todas mis reflexiones en el viaje de vuelta.

La naturaleza me hacía bajar a la tierra.

El silencio y el verde calmaban mi ira. En mi casa, probablemente golpearía todo hasta destrozarme los nudillos, empezando por la cara de Paul; lo que me traería algunos problemas.

Había llegado cómo a once de la noche. Eran casi las siete de la mañana y, por supuesto, no había comido ni dormido nada. Cuándo vi por la ventana que el sol ya se reflejaba en la laguna, me quité la remera y aproveché para correr hacia la planta baja. Temblé cuando el pasto mojado tocó mis pies. Ni siquiera me había dado cuenta de lo nublado que estaba. De hecho, el reflejo en la laguna no era más que una resolana gris.

Iba a largarse una gran tormenta en cualquier momento.

Puse mis manos en los bolsillos de mi jogging y me concentré en el horizonte.

Odiaba estar sólo. Odiaba sentirme diminuto, con las nubes sobre mi cabeza y los enormes árboles a mi alrededor. No quería aceptar que era sólo un punto en el planeta.

Y entonces, me di cuenta que la necesitaba.

En ese momento, ahí conmigo.

De repente, sólo quería escuchar su voz. Al menos con eso podía continuar por el resto del día pretendiendo estar encantado con la soledad.

Había estado muy ocupado los últimos días intentando quitarme sus palabras de la cabeza cómo para concentrarme en extrañarla. Estaba enojado. Furioso. Había bajado los brazos muy rápido por los dos, incluso cuándo yo estaba dispuesto a, por primera vez, enfrentarme a todo.

Dejé mi enojo y orgullo de lado y tomé el teléfono de mi bolsillo. Busqué su número con rapidez. Sin darme lugar a arrepentirme, llevé el aparato a mi oreja esperando escucharla lo más pronto posible.

Mi corazón se detuvo cuando The Hills de The Weeknd empezó a sonar a mis espaldas. Mi mente voló al momento en que discutimos sobre lo malo que ese tema era, y cuánto ella lo amaba. Tanto cómo para ponerlo de tono de llamada.

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