Capítulo 68.

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Había bajado de la planta alta completamente aturdida. Me senté en uno de los grandes sillones sin decir nada. Ninguno pareció percatarse de mi presencia. Los chicos estaban muy entretenidos aún mirando la pantalla; mi amiga, mirando a Agustín como si fuese una obra de arte.

Me quedé pensando en qué, en apenas horas, eran los premios. Y Julián no quería ni verme. Temblé al recordar la conversación que había escuchado minutos atrás. Paul le estaba echando en la cara algunas cosas, cómo era costumbre. "No mereces que esa buena gente te invite a evento así", ¿le había pedido no asistir? Tuve que apretar la mandíbula para no largar un sollozo.

Me tensé aún más cuando lo vi aparecer en la sala. Ninguno levantó la mirada para observarlo tampoco. Ahora, todos simulaban estar concentrados en la gran pantalla; aunque se veía claramente la incomodidad en sus rostros.

Julián se dirigió hasta la cocina. Lo seguí con la mirada, aprovechando que no podía observarme. Lo vi abrir la heladera, elegir una cerveza y abrirla con facilidad contra la mesada.

Volvió al living. Echó un vistazo al televisor y se concentró en el juego por unos segundos. Yo aproveché para admirarlo, siendo aún más perturbadora. Sonó su cuello aún de pie. Pasó por detrás de mi lugar para atravesar la sala y sentarse en el sillón opuesto al mío, justo al lado de mi amiga. ¿Quién iba a decirlo?

Todo apestaba.

Permanecí por unos minutos en mi mundo. No podía quitarle la vista de encima. Él, por supuesto, ni se inmutaba. Apenas pestañaba. Tragaba saliva con normalidad y hasta se había recostado contra mi amiga, poniendo sus pies levantados en el respaldo del sillón.

La naturalidad que lo caracterizaba estaba a flor de piel.

Cuánto lo envidiaba.

Por supuesto, me tomé el tiempo necesario para recriminarme una vez más cuánto había arruinado todo. Me enojaba conmigo misma cada día más, cómo si eso fuese posible. Cuándo supe que ya había tenido suficiente tortura, me puse de pie y caminé hacia la cocina, tomándome un atrevimiento que, teniendo cordura, no lo habría hecho.

Me senté en una de las últimas banquetas para que nadie pudiese observarme desde el living. Cerré mis ojos y, cuándo apoyé mis codos en la mesada, me desplomé.

Apreté mis labios para que nadie me escuchara llorar cómo una niña. Lo último que quería era hacer escenas dramáticas frente a todos. Miré el techo y abrí los ojos. Los ventilé con mi mano intentando apartar las lágrimas.

Tenía un nudo en la garganta. Sentía que no podía tragar saliva con normalidad. Mi corazón latía más fuerte de lo normal.

Vos podes.

Sólo había largado un par de lágrimas y ya sentía mis mejillas rojas. Hice fuerza para no largar toda la angustia que tenía dentro: ya iba a tener tiempo para llorar luego.

Casi se me va todo de las manos cuándo lo vi entrar. Me miró y temblé, sólo porque había perdido la costumbre de que lo hiciera. Observó mi rostro durante unos segundos mientras yo lo admiraba con mi peor cara de pollo mojado.

Caminó al costado de la larga mesada. Se estiró un poco para tomar un vaso de la alacena. Lo sentí moverse detrás de mí. Había llenado un vaso de agua y, cuándo lo vi a mi lado, me lo estaba ofreciendo. Lo tomé como si mi vida dependiera de ello.

Rápidamente lo llevé a mi boca para intentar controlar mis emociones. Deseaba con todas mis fuerzas que el agua descienda por mi garganta pero no estaba ocurriendo.

—Toma aire —dijo con voz suave mientras me quitaba el vaso de la mano. Intenté obedecerlo—. Por la nariz, no por la boca.

Asentí como si fuese una niña pequeña. No podía hacer otra cosa más que lo que el decía.

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