1- La primera noche.

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La noche en que todo empezó sigue grabada en mi mente y nada podrá borrarla jamás. Ese día todo cambió mucho para mi y mi familia.
Yo tenía doce años, mi hermano Connor tenía veintidós y mi hermana Gemma ya había cumplido los veintitrés. Solo estábamos nosotros en ese entonces, papá y mamá habían partido hacía ya mucho tiempo, aunque en ese entonces yo aún no lo sabía, no sabía cómo ni cuándo se habían ido.
Connor estaba de gira con su banda. Llevaba ya casi siete años formando parte Jekins. Cuando se iba a cantar por el mundo, me dejaba a cargo de Gemma y ella me trataba como si fuera su hija. Me gustaba que lo hiciera y, aunque nunca se los dije, muchas veces los soñé a ella y a Connor como mis padres. Pero esa noche ella cumplía años y había decidido hacer un cambio.
Me pidió que no saliera de mi cuarto, que durmiera, pero yo no podía hacerlo. La música estaba muy alta y podía ver como mas y mas autos llegaban. Yo estaba en mi cuarto, abrazando mi osito con fuerza, tal y como ella había dicho.
Escuchaba muchas voces, había gente en el segundo piso, había gente en las habitaciones. La puerta se abrió y entraron un chico y una chica, besándose, quitándose la ropa. Me quedé en silencio, no me habían notado, no debían notarme. Tenía miedo. No entendía por qué Gemma había montado una fiesta, no sabía dónde estaba ella.
-Paul, hay una nena.-dijo la chica, mirándome. Retrocedí.
-Vení, nena. Vamos a jugar.-dijo él, riendo. Estaba bastante borracho, aunque eso tampoco lo supe en ese momento, y tropezó antes de llegar a mi.
Entonces grité. Pegué el grito mas grande que pude y la puerta volvió a abrirse, dejando a la vista a un Connor asustado y furioso. Aun tenía el bolso en la mano y el cabello desordenado y mojado. No lucía tranquilo. Callé al ver cómo empujaba al chico lejos y lo miraba como nunca antes había visto mirar a nadie. Se apresuró a tomarme en brazos como si fuera una beba y me escondí en su pecho. Bajó las escaleras y apagó la música, fue ahí cuando vi a Gemma bailando desnuda sobre un parlante con un chico desnudo tras ella. Mi hermana estaba completamente borracha, igual que todos ahí. Connor parecía no saber si cubrirse los ojos, cubrirmelos a mí, si sentarme en algún lado o si estallar en gritos hasta que las mismas paredes se cayeran a pedazos.
La casa comenzó a vaciarse cuando el moreno gritó que llamaría a la policía.
Gemma se fue esa misma madrugada luego de una larga pelea que presencié escondida en la escalera. Corrió por la calle, borracha, con solo una bata encima. Cuando volvimos a saber de ella, fue por medio de la policía. Habían violado y asesinado a Gemma aquella noche y eso es algo que solo logró que Connor me cuidara por las dos. Él no volvió a ser el mismo. Siempre se mostraba aterrado, creo que le hubiera aterrado volver a repetir la misma escena. Siempre se culpó por la muerte de Gemma. Puede que por eso yo comenzara a decir siempre que sí.
Nunca volví a quedarme en ninguna gira, o en casa o en ningún lado. Después de esa noche, mi hermano no volvió a dejarme nunca. Siempre fue por mí a la escuela, me llevó a cada lugar, me mimó y cuidó como a una pequeña muñequita que podría perder.
Supongo que siempre creí que eso estaba bien pero, con el tiempo, me vi privada de muchas experiencias únicas e irrepetibles, lo que volvía sus cuidados algo difícil de sobrellevar.
-Dije que no, Elena.-sentenció mi hermano y me dejé caer sentada en el sofá con los ojos llenos de lágrimas y los brazos extendidos a ambos lados, mirándolo.
-No te enojes.-susurré y él volteó hacia mí.
-No me enojé. -dijo con suavidad, sentándose a mi lado.-No llores. No estoy enojado.
-Me llamaste Elena. Sólo lo haces cuando estás enojado.-dije y me rodeó con sus brazos. A ninguno de los dos nos gustaban esa clase de momentos tensos.
-No me gustan las fiestas, Ele. -dijo contra mi pelo.- No las de adolescentes, en casas. No si no estoy con vos.
-No escuchaste lo que tenía para decirte.-susurré.- Yo no quería ir a la fiesta.
-¿Qué querías entonces?-preguntó.
-Saber si puedo invitar a Miki a comer mañana, por su cumpleaños. Es que sus papás no van a estar en casa y sé que a vos no te gusta.
-Ay, bebé, perdoname. Traelo, ¿si? Mañana van a venir también los chicos. Vamos a estar todos.
-¿Puedo usar tu teléfono para llamarlo?-pregunté bajito y lo miré.
-Yo lo invito. Vos andá hacer tu tarea.
-Connor.-bufé.
-Sin quejas, señorita. No contradiga a su hermano y suba a hacer su tarea.
-Pero, ¿Coni? ¿Por qué tengo que hacer mis tareas si en unos días vamos a ir a la gira?
-Es lo que hay que hacer.-dijo él y besó mi frente.
-A veces me gustaría no tener que seguir todas tus reglas y mandatos al pie de la letra.-me quejé cruzándome de brazos y mirando la escalera.
Entonces me arrepentí de mis palabras. Sentí como unas náuseas vacías me subían por la garganta. No había nada que vomitar. Las palabras ya habían salido. Había dicho algo similar a lo que dijo Gemma aquella última noche.

Encarcelada por amor.¡Lee esta historia GRATIS!