DÍA 7 - Capítulo 2

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—Wow —murmuró Irina sin saber qué palabra utilizar para describir la sorpresa que le causó el ver la pieza de Anahí con todo ordenado.

—¿Te gusta?

—Me encanta —reconoció la morocha—. Cuando vuelvas a salir con el demonio ese, fijate si podés conseguir algo así, copado, para mi pared.

—Haré lo posible—prometió Anahí.

Irina se había tomado el trabajo de delinearse los ojos; además, llevaba puestas calzas negras y una camisa larga que combinaba con la pared de aquella habitación, rayado en vertical blanco y negro. En los pies tenía botas negras con plataformas que le otorgaban casi ocho centímetros extra. No era su estilo usual, prefería la ropa holgada y deportiva, pero esta era una ocasión especial.

Anahí iba tan maquillada como siempre, con su cabello carmesí suelto y una gruesa vincha blanca contrastando. Llevaba puesta una musculosa negra corta que dejaba a la vista el piercing de su ombligo y una minifalda entubada blanca que terminaba poco antes de alcanzar sus rodillas. Sus sandalias eran negras con casi diez centímetros de taco aguja, pero incluso con ellas, se veía petiza.

—¿A dónde vamos? —preguntó la pelirroja—. No sabía qué ponerme.

—Así estás bien —aseguró Irina—, pero todavía no vamos a ningún lado. Salimos después de cenar, así que no te ensuciés.

Sus pisadas hacían eco en los silenciosos pasillos de El Refugio, aunque el sonido era opacado por la estridente voz de Irina que no paraba de reír a todo pulmón mientras contaba viejas anécdotas.

Cenaron más tarde que de costumbre, casi a las once de la noche. A Anahí esto le resultó extraño, pero las hermanas parecían considerarlo normal. Delfina dijo que se había entretenido con otras tareas y se le había hecho tarde, mientras que Irina atestiguó que no era la primera vez que ello ocurría. Sin embargo, el rostro confundido de los niños daba a entender otra cosa. Así y todo, la pelirroja prefirió no preguntar; sabía que tarde o temprano le revelarían el misterio.

—¿Lista? —preguntó Irina. Su voz reflejaba ansiedad.

—Sí —Anahí dudó—, creo.

—¿Llevás cartera?

—Sep —confirmó la pelirroja.

—Genial, entonces voy a tirarte un par de mis cosas adentro. Me molestan los bolsos, pero no tengo bolsillos.

—No hay drama.

Anahí colocó su cartera sobre la mesa y la morocha puso su billetera dentro de la misma. Saludaron a Delfina y se marcharon.

El clima del purgatorio era siempre templado; a veces hacía un poco más de frio, y otros días la temperatura parecía la de los primeros días de primavera en Buenos Aires.

Aquella era una noche oscura, no soplaban brisas y tampoco se veía la luna en el cielo. Las calles estaban casi desiertas.

A diferencia del mundo de los vivos, las chicas podían caminar por la ciudad sin miedo; daba igual qué ropa llevaran o cuánta plata tuvieran, porque no había crímenes. Las almas del purgatorio no eran malas, y los únicos robos los cometían niños y adolescentes como Irina y sus compañeros.

A medida que se acercaban a la avenida, por las esquinas comenzaron a asomar vehículos y transeúntes. Carteles y semáforos iluminaban las veredas de Argentina, acompañados por el murmullo típico de las ciudades. Los restaurantes estaban aún llenos y se veían multitudes saliendo de los teatros.

—Ya falta poco —aseguró Irina cuando doblaron en la diagonal Ingeniero Marucasal—, una o dos cuadras más.

—Eso dijiste hace cinco cuadras —se quejó Anahí.

—Prometo que la caminata vale la pena —hizo una pausa—. Y si nos queda plata, a la vuelta tomamos un taxi.

La pelirroja no contestó. Siguió a su amiga, intentando no tropezarse. Irina caminaba a gran velocidad; ella, en cambio, avanzaba a pasos minúsculos, esforzándose por mantener el equilibro.

Cruzaron una calle empedrada y alcanzaron una larga fila de jóvenes que avanzaba lentamente para ingresar a un edificio que estaba fuera de su campo visual.

—Acá —anunció Irina, deteniéndose al final de la fila.

—¿Dónde es acá? —preguntó Anahí.

—Cambalache, el mejor boliche de la ciudad.

—¿Un boliche? ¡Me estás jodiendo!

—Nop, hablo en serio —Irina sonrió—; supuse que te gustaría la idea. Además, siempre quise venir y nunca conseguí que alguien me acompañara.

—Me encanta.

—Lo único —aclaró la morocha— es que no vas a conocer ninguna canción. Son todas post mortem.

—Entiendo.

La fila avanzaba despacio, pero constante, y en menos de quince minutos llegaron a la puerta. En la boletería, Irina pagó por las entradas y mostró al vendedor algún tipo de identificación que llevaba en su billetera. El hombre la miró con atención y asintió moviendo su cabeza.

Una mujer las revisó velozmente para asegurarse de que no llevaran nada ilegal encima, esa era la rutina.

Y entraron.

Al pequeño hall inicial le siguió una escalera empinada que descendía en casi total penumbra. A medida que bajaban, la música se tornaba más y más fuerte hasta que el volumen las obligó a gritarse para mantener una conversación.

El boliche era enorme. Consistía de una pista circular, rodeada por sillones que descansaban contra las paredes. En el otro extremo se encontraban el bar y el guardarropa.

Irina y Anahí intercambiaron una sonrisa y corrieron hacia la multitud que danzaba al ritmo de un viejo rock que parecía ser de los años ochenta.


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