Día 1

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"¿Eh?... ¿Dónde estoy?" Ese fue el primer pensamiento que tuve.

Lentamente abrí los ojos, los sentía pesados y cansados. Poco a poco empecé a sentir mi cuerpo; mis pies, mis manos, mis dedos, mis ojos, mi boca, todo.

Al recuperar la visión lo primero que vi fue una luz, pero, no lograba recordar nada. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Qué es esto?. Todas esas preguntas se iban acumulando en mi cabeza pero no lograba encontrar respuesta alguna.

Cuando logré moverme levanté mis manos, al verlas comencé a tocar desesperadamente todo mi cuerpo. En verdad me sorprendí pues mis manos no tenían color alguno. De verdad, ningún color. Cubrí mis ojos con mis manos y aún podía ver a través de ellas, sólo al cerrar los párpados se podía ver la oscuridad.

Aunque no tuviera color podía sentirme, podía sentir la suavidad de mi cabello, la textura de mi ropa. Pero no podía sentir la temperatura de mi piel, sólo era un cuerpo sólido sin color, invisible, transparente. Si tocaba mi cara era como tocar algo, no a alguien.

Un sonido me sacó de mis pensamientos y volteé rápidamente hacia donde había provenido el ruido. Sólo así pude darme cuenta donde estaba. Era una habitación algo pequeña, pero bastante acogedora, las paredes eran de un azul oscuro y en ellas había montones de estrellas de diferentes tamaños.

El sonido lo había hecho un bulto que estaba sobre la cama pegada a una de las paredes.

Di un paso y pude sentir el suelo bajo mis pies, pero no sentía que estuviera descalzo, bajé la mirada y pude distinguir que llevaba tenis, pero al igual que todo, no tenían color.

Di otro paso y me acerqué a la cama. Se sentía extraño caminar, parecía que no lo hubiera hecho en años, sin embargo, sabía cómo hacerlo.

Al llegar justo al lado de la cama el bulto que estaba sobre ella se movió, descubriendo a una persona. Me asusté y caí de espaldas al tropezar con mi pie, pero mi caída no emitió ningún sonido, tampoco se escuchó mi voz al intentar quejarse y mucho menos sentí dolor.

Demasiado confundido me levanté e intenté decir algo, mi boca se movía pero nada salía de ella. Dejé mis intentos fallidos por hablar cuando mi mirada se posó en el rostro de la persona que dormía sobre la cama.

Era un chico, su cabello era castaño, su piel tenía un tono bronceado claro y sus ojos estaban cerrados pero algo se escapaba de ellos y bajaba por su mejilla hasta morir en su barbilla, aunque algunas lograban bajar por su cuello. ¿Cómo se llamaban?... Ah, sí. Lágrimas.

Pude recordar que las personas derraman lágrimas cuando lloran y sé que lloran cuando están tristes.

"Pero, ¿por qué lloras?"

Me acerqué a él y un recuerdo me golpeó de repente. Yo lo conocía, conocía a ese chico que lloraba. Lo conocía, definitivamente. Y al recordarlo una cálida sensación inundó mi pecho, se sentía bien, era una sensación bastante agradable y eso me hizo esbozar una sonrisa. Porque yo lo amaba. Eso fue lo que recordé, y a la vez también recordé que eso estaba mal, estaba mal porque los dos somos hombres. Y eso me hizo entristecer.

Lentamente me subí a la cama y me arrodillé a su lado. Acerqué mi mano a su mejilla y con mi pulgar limpié suavemente una lágrima que acaba de brotar de su ojo.

En ese preciso instante él abrió los ojos y se levantó con un sobresalto. Su rostro y el mío quedaron muy cerca pero el volteó a los lados buscando algo desesperadamente y al no encontrarlo se detuvo. Miró hacia el frente y por una fracción de segundo me pareció notar que el me veía y en esa fracción de segundo él se rompió en llanto. Cubrió su cara con sus manos mientras lloraba desconsoladamente.

No hay palabras para describir lo que sentí al verlo así. Su llanto me rompía y me destrozaba.

Sin pensarlo lo abracé, su cuerpo que era más grande que el mío desprendía un calor agradable y temblaba entre mis brazos.

"No llores, por favor..."

Hablé sin decir ni una palabra. Él dejó de llorar un momento y levantó el rostro de sus manos. Pude ver sus ojos, eran de un café ámbar y estaban inundados en lágrimas mientras sus labios temblaban al querer sostener sus sollozos.

-Vuelve... por favor... ¡No me abandones!

Gritó hacia la nada con la voz quebrada por el llanto y volvió a refugiarse entre sus manos mientras se lamentaba.

Y en lo más profundo de mi ser, mi corazón, se rompió ante la impotencia de no poder consolarlo.

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