Capítulo 67.

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—Si te mira el escote apenas entramos, aflojará pronto —escupió mi amiga apenas bajamos del taxi.

Miré con nervios la puerta de la enorme casa de Julián. David se había comunicado conmigo para avisarme que debíamos ser visto juntos cuánto antes, para apagar las llamas que las fotos de Julián con Eloise habían encendido en las redes.

Había decidido traer a Jenny conmigo, para hacer parecer todo más normal y genuino. Aunque, claro, ella había aceptado sólo para besuquearse por algún rincón con Agustín.

Maxi abrió la puerta con entusiasmo. Lo saludamos con un beso y rápidamente nos adentró en la casa, casi actuando sorprendido cuando los flashes comenzaron.

Julián salió de la cocina caminando rápidamente. Paul lo seguía, casi pisando sus talones. Los dos se detuvieron en cuánto nos vieron. Su representante se acercó hacia nosotras para saludarnos pretendiendo ser amable.

Idiota.

Julián se limitó a mirar mi escote y, una vez más, sin mirarme a los ojos, ignorarme. Me relajé al ver que también ignoraba a mi amiga, que tampoco era una santa de su devoción. Subió las escaleras casi corriendo, salteándose algunos escalones. Paul lo siguió. Desaparecieron en la planta alta.

—Digamos que el horno no está para bollos —agregó Maxi, intentando distender el ambiente.

Me hizo una mueca sincera y asentí.

Y, ¿ahora qué? ¿Cuánto tiempo tenía que permanecer dentro de esta casa para que la gente creyera qué pasábamos tiempo juntos?

Engañar al público era incluso más fácil de lo que pensaba. No necesitábamos besarnos, no necesitábamos andar de la mano, ni incluso ir a algún lugar juntos. Él sólo hecho de aparecer en la casa del otro les hacía creer a todos que todo era felicidad puertas para adentro. Me tensé al pensar en cuántas falsas relaciones me habrían vendido de esa forma. Probablemente muchas.

Cuándo dejé mis pensamientos a un lado, Jenny ya estaba con Agustín y Maxi en el sillón mirando la gran pantalla. Cómo siempre.

Me sobresalté con un ruido. Disimulé en cuanto vi que los otros tres ni se habían percatado del hecho. Me acerqué incluso más a la escalera para escuchar una pelea en susurros.

No te mereces ni que te de una respuesta. Todo esto lo hago por vos. ¡Ni siquiera tendría que estar hablándote ahora! No mereces que esa buena gente se moleste en invitarte a este tipo de eventos. No mereces nada, absolutamente nada de lo que tenes.

Me tensé. ¿Cómo todos podían estar tan acostumbrados a esto?

No podía verlo y casi que tampoco lo escuchaba, pero sentía la respiración agitada de la súper estrella en mi oído, como si estuviese a mi lado.

Tenes razóndijo después de unos segundos.

Ya lo sécontinuó Paul—. Me voy a ir y vas a dejar de arruinar las cosas aunque sea por un día, ¿puedo? ¿o no puedo dejarte sólo?

Tragué con fuerza. Me alejé rápidamente de la escalera para evitar ser descubierta. Jenny levantó la mirada para observarme. Levanté mi pulgar y ella se volvió a relajar.

Paul bajó las escaleras, casi tan apurado cómo Julián las había subido. Desapareció por la puerta de entrada dando un portazo. Agustín hizo un sonido que Maxi le festejó. Acto seguido, pausó el juego y, luego de recibir un golpe de su amigo por ello, me hizo una seña con la mano, incitándome a subir.

Asentí, casi como si me hubiese obligado. Subí las escaleras en silencio, deseando no ser escuchada. Fijé mi mirada en el final del pasillo. Me quedé unos segundos parada frente a su puerta. Acaricié la madera cómo si fuese su rostro. Y, justo cuando estaba por retroceder y volver abajo, escuché un sollozo ahogado.

El pecho se me cerró de un segundo al otro.

Me acerqué lentamente a la puerta, una vez más. Escuché cómo tomaba aire por la nariz con fuerza, luego de sonar su garganta.

Estaba llorando.

No es posible.

Dejé de lado toda mi suavidad para abrir la puerta de golpe. Estaba sentado en la cama, con su mirada gacha y su cabeza entre sus manos. Parecía un niño al que acababan de retar.

Bordeé la cama para llegar a él. Cuando lo hice, sin saber que hacer, lo llamé.

—Julián —intenté apartarle las manos de la cara. Se resistió—. Mírame —supliqué.

Ya había estado buscando sus ojos por un buen rato. Me quedé sin aire cuando lo hizo. Tenía los ojos rojos y las mejillas mojadas.

—Andate —escupió irritado.

Sus ojos iban a explotar si seguía acumulando sangre en ellos.

—Ya sabes que no me voy a ir a ningún lado.

Sostuve su rostro entre mis manos para evitar que bajara su mirada.

—Tenerte tan lejos y a la vez tan cerca me está matando. Es peor de lo que alguna vez pude imaginar —susurró cerrando sus ojos.

Todo mi cuerpo se alivió, porque él acababa de descubrir el sentimiento tan extraño que llevaba adentro y ni yo podía adivinar. Apenas dejé caer mis manos, volvió a esconder su rostro entre las suyas.

Tragué saliva. Esa era, con exactitud, la sensación extraña que me corría por dentro. La de tenerlo, y a la vez no.

—Prefiero no tenerte a esto —siguió respirando forzosamente—. Andate, por favor.

Y supe, por su tono, qué aunque me lo pedía, me estaba obligando.

—Te prometo que voy a intentar estar menos distante de ahora en más. Pero en este momento, necesito estar sólo, por favor —rogó una vez más, levantando su cabeza para observarme y partirme en dos.

Asentí levemente, mientras ponía todas mis fuerzas en mis ojos para no llorar. Di un paso atrás, porque había sido tan increíblemente egoísta con él qué, al menos, merecía espacio. Y, si me lo pedía, se lo iba a dar.

Cerré la puerta dejándolo atrás, sólo, una vez más.

Pensando en qué no sabía si podría aguantar una más.

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