Capítulo 66.

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David me había recogido después del arranque de locura, ahora, habitual en mí. Por supuesto, me había regañado como mi padre lo hubiese hecho y me había dejado en casa haciéndole prometer qué intentaría mejorar mi relación con Julián. Todo era más fácil sin los otros dos entre nosotros. Cualquier charla resultaba más genuina sin Paul y su representado de por medio.

En dos días teníamos que caminar por una alfombra roja juntos. Y ni siquiera podíamos permanecer en el mismo lugar más de diez minutos, él sin despreciarme y yo sin llorar.

Genial.

Me encerré en mi habitación casi rogándole a mi amiga que no me interrumpiera, ni siquiera por un incendio en el edificio. No tenía ganas de hablar ni relacionarme con nadie.

Dormí por un millón de horas.

Abrí los ojos sin entender a qué dimensión permanecía. Manoteé mi celular de la mesa de luz y me desperté con él.

Revisé mi e-mail. Me habían enviado las últimas fotos que había realizado para una campaña de jeans. Me distraje editando una para subir a mi Instagram. Había dejado atrás las redes sociales, y se sentía genial.

Subida con éxito.

Apreté el único botón para echarle un vistazo a mí estúpida y favorita página de chimentos.

Las fotos de él saliendo del local aparecieron en la primera página. Su rostro estaba relajado. Me desesperé un poco al pensar qué, quizá, me habían fotografiado a mí corriendo por ahí. Me relajé cuando vi que afuera era casi de noche. Arqueé una ceja, ¿había pasado todo el día en esa zona?

Una puntada atravesó mi corazón cuando vi a Eloise a su lado. Comencé a pasar las fotos.

Él estaba feliz.

No podía dejar de mirarla con una sonrisa en su rostro. En serio, parecía que se le iban a salir los dientes si no dejaba de abrir su boca.

Una mezcla de sentimientos me envolvió de repente. Básicamente, porque sentí una increíble envidia hacia esa rubia tan natural a la que él miraba de esa forma. Sin embargo, no era una envidia mala.

Me daba envidia lo feliz que parecía con ella. Lo que parecía disfrutar su compañía. Me daba envidia la forma en la que ella lograba que él sonriera. Me mataba lo cómodo y radiante que Julián estaba a su lado.

Y me era imposible no compararme con ella. ¿Qué le había dado yo las últimas semanas a él? Sólo dolores de cabeza, sufrimiento y preocupación.

Ella era sus sonrisas. Yo era su rostro fruncido. Ella era relajación. Yo era incomodidad.

Arrojé el celular al otro lado de la cama.

Iba a intentar despejar mi mente cuando unos golpes en mi puerta me sobresaltaron.

—Jenny, te dije que no quería hablar con nadie —grité y mi voz se quebró.

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba al borde del llanto. Cerré los ojos. Golpeó la puerta una vez más. Me levanté de la cama con fuerza para agarrar el picaporte y abrirla.

Me paralicé.

— ¿Q-qué haces acá? —tartamudeé.

Él permaneció quieto frente a mí. Parecía tan sorprendido de verme cómo yo a él.

—Yo...te traje algo —dijo y estiró una bolsa negra.

Arqueé una ceja mientras la tomaba. Julián aclaró su garganta antes de mirar al piso.

—Perdón —exclamé sin pensarlo.

—Está bien, supongo.

Se encogió de hombros. Ni siquiera me estaba mirando. Su rechazo me hacía temblar.

—Me estoy acostumbrando a tus arranques, creo.

Ouch.

—Sólo quería decirte qué tenemos una reserva en el hotel Hilton para los premios. Está casi en frente al Gibson, el anfiteatro dónde serán.

Asentí buscando sus ojos. Me importaba una mierda lo que tenía para decirme. Aunque, claro, quería abofetearme por lograr que se presente en mi casa sólo para comunicarme cosas sobre "el trabajo".

—Oh, y, claro, quería traerte eso.

Volví a mover mi cabeza de arriba abajo, mirando la gran bolsa negra.

Me tomó sólo un segundo aclarar mis pensamientos y darme cuenta qué, probablemente, estaba acá sólo para que lo fotografíen entrando a mi departamento.

Todo muy natural y poco pautado, ironicé por dentro.

Cuando dejé de hablar conmigo misma me di cuenta que ya no estaba. Se había ido. Tal cual había venido. Sin saludarme, sin siquiera mirarme.

Maldición.

Vi cómo Jenny abría la puerta de su habitación luego de escuchar la de la entrada. Me hizo una mueca con sus labios e hice un esfuerzo por sonreírle. Volví a encerrarme en la habitación.

Dejé la bolsa sobre la cama para hacer callar mi celular. Me distraje un segundo para ver qué era lo que pasaba entre mis notificaciones.

Tuve que contener el aire. Todos estaban cómo locos por el comentario que él había hecho en mi última foto, algunos minutos atrás. Incluso, antes de aparecer frente a mí.

"Vos querés volverme loco". Hice un esfuerzo por no emocionarme, cómo todas las chicas que locamente comentaban.

Sí sólo supieran...

Volví a poner mi atención sobre la bolsa. Me acerqué a ella y, sin vueltas, la abrí.

De nuevo, hice un esfuerzo para no desmayarme. Pero, esta vez, uno mayor. Porque era imposible no emocionarme.

Tenía el increíble vestido frente a mis ojos.

Él lo había comprado sin mí. Había vuelto a la tienda, incluso después de la estúpida y dramática escena que yo me había encargado de montar. Y, para colmo, me lo había traído él. A mi casa. A mi puerta.

Y, cómo si aún estuviese observándome, mi celular vibró y su nombre apareció en la pantalla. Lo desbloqueé rápidamente para leer:

"Es mi forma de disculparme, porqué dije un montón de estupideces hoy, pero se me olvidó decir que te quedaba increíble".

Seguro ya morí.

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