16. Papel mojado

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Desperté muy temprano. Al principio no supe dónde estaba, pero cuando vi la buhardilla frente a mí comprendí que estaba en Ilulissat. Nansen y Vibeka debían haberse marchado ya al fiordo porque su labor en él comenzaba más temprano que la mía. Vendrían para acompañarme hasta el fiordo donde trabajaría con ellos. Junto a la ventana, pude ver que todo seguía nublado. ¿Cuándo iba a salir el sol?, me pregunté mientras suspiraba fastidiado.

Bajé las escaleras y, cuando iba a preparar el desayuno, alguien llamó a la puerta. Miré el reloj que había sobre la chimenea y me percaté de que aún faltaban treinta minutos para la hora señalada. Aun así, creí que se trataría de Nansen o Vibeka y abrí inmediatamente. La tetera comenzó a pitar.

—Fiordo. Usted. Yo —dijo el esquimal que surgió frente a mí. Con sus manos señalaba el hipotético lugar donde debería localizarse el lugar—. Fiordo. Allí.

—¿Dónde está Nansen...? ¿Y Vibeka?

Retrocedí, desconcertado ante aquel nativo que repetía una y otra vez las mismas palabras.

—Usted. Yo. Fiordo. Allí.

El pitido de la tetera se hizo ensordecedor y fui a retirarla. Pero estaba tan aturdido que al final se resbaló de entre mis dedos y cayó al suelo. Con un sonido seco, el recipiente quedó deformado mientras el agua se derramaba por completo. Entonces fui a recoger la tetera, con tan mala suerte que me quemé y el recipiente volvió a caer para terminar de deformarse.

—Usted. Yo. Fiordo. Allí —insistía el nativo desde la puerta como si nada hubiera sucedido.

—Sí... un momento, por favor... —respondí ligeramente irritado mientras limpiaba con cuidado el agua del suelo—. Ya nos vamos.

Me puse el abrigo y el sombrero, y agarré la funda verde.

—Usted. Yo. Fiordo. Allí.

Seguí al esquimal y por fin dejó de repetir aquellas cuatro palabras. Él avanzaba con pasos ligeros y tomamos el camino hacia el Noreste para llegar al tramo medio del fiordo. Había niebla, pero el aire no estaba muy cargado de humedad. Conforme nos acercábamos, la vegetación fue cambiando y si antes sólo había hierbas comunes, comenzaron a surgir flores y otras especies más variadas. Los graznidos de las aves también eran diferentes y a lo lejos ya podía distinguirse un constante murmullo. Entonces el aire trajo la brisa marina. Por un instante fugaz, pensé que detrás de la niebla estaría el Adriático. Mas no fue así. Yo estaba a miles de kilómetros lejos de él y de su luz. Pero, por otro lado, muy cerca de Ingvar. Muy cerca.

—Fiordo. Allí —dijo el hombre señalando hacia delante.

No era la primera vez que iba a ver un fiordo. En Dinamarca había varios y, aunque nunca trabajé junto a uno, no pensé que el de Ilulissat fuese a sorprenderme. Al fin y al cabo, un fiordo no era otra cosa que la estrecha entrada del mar debido a la inundación de un valle tallado por la erosión de los glaciares a lo largo de los años. No obstante, la niebla empezó a levantarse y los graznidos de las aves se hicieron más estridentes. Oí cómo crujía el hielo: debía de estar desprendiéndose de los desfiladeros ante los tibios rayos del sol que ya asomaban. Para mi sorpresa, los trazos del paisaje iban perfilándose como si alguna fuerza superior los estuviese guiando.

De repente, el fiordo de Ilulissat surgió frente a mí. El agua del mar, que había inundado aquel valle durante siglos, ahora me separaba de la otra orilla y vi pequeños icebergs flotando a la deriva mientras avanzaban en dirección contraria al océano.

—Fiordo —dijo el nativo.

En el margen de la orilla donde me localizaba había toda una pléyade de flores de color violeta que contrastaban con el verde de sus finos tallos. Nunca las había visto. Tenían la forma de un cuenco pequeño y la mayoría parecía abrirse con la luz del sol que finalmente surgió de entre las nubes. Con todo, sus rayos eran débiles y aunque poco después pude desprenderme del sombrero y del botón superior del abrigo, la verdad era que el sol veraniego de Groenlandia era tan frágil como lo había imaginado.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!