15. En ninguna parte

Comenzar desde el principio

Me abalancé sobre él y nuestras lenguas empezaron a recorrernos mientras la oscuridad de la noche nos ocultaba de la decencia y de lo ordenado que era el mundo en su sobria superficie. Yo ardía en deseos y mi hambre era tan inmensa que la propia ansiedad me hacía ser violento. Los botones comenzaron a saltar y a estrellarse contra el suelo de madera. Le agarré de los cabellos y entré en su boca con furia. Le mordí el cuello y me pellizcaba mientras los pantalones caían con mis movimientos. Quería que me la chupara, que se la tragara por completo. Estaba tan enajenado por el éxtasis y el alcohol que nadaba en mis venas que no podía oír las voces discordantes que, dentro de mí, se horrorizaban con cada uno de mis pensamientos y de mis arrebatos. Contra la pared, separé las piernas y comenzó a succionar con tanta fuerza que tuve que darle un escarmiento y perforarlo antes de que creyera que tenía la iniciativa. Lo lancé sobre el sillón y entré desgarrando aquel delicioso túnel estrecho pero entrenado. Él se tapó la boca para no dejar escapar su alarido prohibido y empujé y empujé como si el éxtasis fuera a acabarse de un momento a otro. Estaba enajenado por completo igual que si alguna extraña voluntad hubiese tomado las riendas de mi cuerpo y de mi juicio. Nuestras caderas se movían frenéticas y me aferré a su cintura. Yo sentía que el orgasmo estaba cerca, pero aún debía esperar. Agarré al desconocido y lo tumbé en la cama. Resoplaba como yo. Estábamos completamente mojados.

Le retorcí la pierna derecha. No me importaba si se quejaba. Sabía que en el fondo le daba placer porque no intentó recuperarse, lo que me animó a hurgar con los dedos entre sus genitales. Los apreté, extasiado. Estaban calientes y tirantes. Después lo masturbé hasta sentir que estaba a punto de estallar. Lo agarré del cuello para atraerlo contra mí. Me clavé en sus entrañas mientras se derramaba entre intensas sacudidas y mi semen lo encharcaba para mi sed infinita.



Nansen llegó a la casa muy cerca del anochecer. Vibeka había encendido la lumbre y yo pude acomodar el equipaje en la habitación superior, una especie de buhardilla por la que podía divisar las afueras de Ilulissat en dirección opuesta al muelle. Saqué la funda verde para ponerla sobre el escritorio que había junto a la cama. Me acerqué a la ventana. Estaba lloviendo y, debido a la neblina, no pude ver más allá de la explanada que había bajo la ventana de la estancia. Sin embargo, logré reconocer a varios nativos o esquimales que andaban próximos a la parte posterior de la casa. Tenían marcados rasgos orientales y recordé que había leído algunos artículos en la revista de la Sociedad Geográfica. Iban vestidos con trajes de pieles blancas y llevaban varias focas muertas a cuestas. Hablaban entre ellos, pero no conseguía entender lo que decían. Desde la ventana, los observaba con curiosidad. Escudriñaba cada uno de sus gestos, las largas melenas negras recogidas sobre la espalda, los ojos ligeramente rasgados. Al final uno de ellos se percató de que los estaba espiando. Reconozco que en aquel momento me sentí ligeramente incómodo porque no supe cómo reaccionar ante aquellos hombres comedores de carne cruda, seres que sólo conocían la nieve y la grasa de los mamíferos marinos. No eran civilizados como nosotros. Me miró fijamente, como si la distancia que nos separara no existiera y el nativo pudiera ver a través de mi ligera turbación. Se había detenido y sus compañeros avanzaban sin ser conscientes de que aquél quedaba rezagado. No sé cuánto tiempo estuve petrificado delante de la ventana, pero al final dio media vuelta y se perdió entre la niebla y la oscuridad de la noche. Justo en ese momento oí cómo Vibeka hablaba con alguien más. Bajé las escaleras y junto a la lumbre vi a Nansen.

—Es agradable tener la oportunidad de reunirnos con personas que estimamos, pero que el destino separó en algún momento —dijo cuando me dio la mano—. Vibeka y yo lo hemos comentado varias veces y estamos de acuerdo en que nos alegramos de que hayas regresado a la Sociedad Geográfica. Lamentamos mucho que no continuaras en el pasado, aunque he de confesar que tu tía siempre te ha tenido en mente.

Hablamos de aquellos años y pude percibir cómo la nostalgia coloreaba aquellas imágenes que tenía en la retina: mi breve estancia en la Sociedad Geográfica y la única semana en la que coincidí con Ingvar y el departamento de botánica en el que trabajaba. Lógicamente ya no me había dado más monedas para que le hiciera las ilustraciones que necesitaba, si bien yo no desaprovechaba la menor ocasión para intentar retratarle con el carboncillo o los lápices que vivían en mi funda verde. Pero él era firme en su negativa una y otra vez. He de confesar que, aun siendo ya adultos, se enfurecía y me empujaba contra la pared con tanta fuerza que yo caía al suelo y desde allí yo terminaba por romper a carcajadas. Me reía de él, de su actitud pueril, de cómo seguía comportándose como el primer día, de cómo me insultaba con expresiones infantiles y de su tonto orgullo herido. Sin embargo, en el fondo reía de felicidad porque yo estaba plenamente convencido de que aquella amistad que tanto me enorgullecía lo resistiría todo.

—Mañana iremos al fiordo —anunció Nansen.

—¿Está muy lejos?

Fue lo único que se me ocurrió preguntar en ese momento.

—A varios minutos a paso ligero.

—Allí estará el resto del grupo —apuntó Vibeka.

—Te señalarán qué especies deberás ilustrar para incorporar a sus informes de investigación. Aquí tienes el cuadro que te ha sido asignado.

Nansen me entregó un documento donde quedaba establecida la que sería mi agenda de trabajo. De esa forma, sabía en todo momento con quién colaboraría y, principalmente, cuándo podría por fin encontrarme con Ingvar. No obstante, por más que repasara el contenido del papel no lo localicé. Recordé las palabras de Nicoline: ni Vibeka ni Nansen conocían el idilio secreto entre mi antiguo amigo y el director. Por esa razón, me sentí seguro al preguntar por ellos.

—Nicoline dijo que el Señor Tosh Larsen estaría en el proyecto.

—Si no me falla la memoria, llegará a Ilulissat a finales de agosto, ya al final de la expedición —apuntó Vibeka.

—Entonces, si exceptuamos al director de la Sociedad Geográfica, he sido el último en llegar, ¿no?

—Así es. El cuadro ya está completo.

—¿E Ingvar? Oí que también estaría en el proyecto, pero no lo veo en la agenda...

—¡Ah! Ése muchacho amigo tuyo, ¿verdad?

Cuando oí aquellas palabras juntas, "amigo mío", el corazón me traicionó y empezó a latir muy deprisa. ¿Era Ingvar aún mi amigo? ¿Pensaba él lo mismo después de tantos años? Aunque en el pasado se había enfadado conmigo otras muchas veces o incluso era rudo conmigo, al final nuestra amistad prevalecía y todo regresaba a la normalidad poco después. Así había sido desde siempre, excepto aquella maravillosa semana que siguió a su regreso de las Islas Baleares. Sin embargo, la última vez que nos vimos discutimos y ya nada volvió a ser igual. Nos separamos. Cada uno tomó un camino diferente y el tiempo nos separó más y más. Y entonces, después de cinco años, mi esperanza se despertó. Me haría creer que todo continuaría tal y como había sido desde siempre: todo regresaría a nuestra normalidad, a la senda que habíamos tejido desde el primer día. Una senda que yo creía inquebrantable pasase lo que pasase.

Pero, ¿sólo yo tenía la sensación de que estaba siendo víctima de mis propias fantasías?




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