15. En ninguna parte

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29 de julio de 1898

Ilulissat,

Groenlandia


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Vibeka y Nansen eran antiguos compañeros de mi tía Nicoline de la Facultad de Geografía. Yo los conocía desde que tenía memoria y por entonces nos hacían regalos cuando llegaban de algún viaje por el extranjero. Nos agasajaban con golosinas de todas partes del mundo y recuerdo que Sexto y Segundo no descansaban hasta comérselas todas en una sola tarde. Después, ya en la noche, oíamos sus lamentos porque les dolía tanto la tripa que Eduardo tenía que hacer llamar al doctor para que les diera una cura con aceite de ballena. Aquel olor nos provocaba unas enormes ganas de vomitar. Solamente lo tuve que oler una vez para comprender que debía dosificar el placer que me producía el azúcar si no deseaba lloriquear como lo hacían mis dos hermanos. Por entonces éramos pequeños y Quinto, el mayor, ni siquiera tenía diez años.

Vibeka me recibió nada más bajar la rampa del buque en el que había llegado a Ilulissat. Tuve la impresión de que había envejecido algo menos que mi tía y creo que al principio tampoco terminó de reconocerme.

—Nansen tuvo que ir al fiordo —respondió cuando le pregunté—. Tiene muchas ganas de verte y empezar a trabajar contigo. Sabes que siempre hemos admirado tu capacidad artística.

Mientras subía el equipaje al trineo pude apreciar los perros que lo componían. Me miraban con sus ojos azules y por un momento creí que se trataban de lobos amaestrados. Algunos aún jadeaban y otros empezaron a olisquearme con curiosidad. Había visto ilustraciones sobre los perros de las nieves, pero nunca pensé que tendría a varios frente a mí.

El buque había atracado aquella misma tarde. El cielo continuaba grisáceo y me pregunté si el sol se habría olvidado por algún momento de iluminarnos. Por el contrario, el muelle parecía dormido porque todos sus barcos permanecían amarrados, seguramente después de una mañana en alta mar. Mientras abandonábamos el lugar pude tener una mejor perspectiva de dónde estábamos ya que, al subir la pendiente que conectaba el puerto con el poblado, surgía frente a nosotros mi nuevo destino.

Ilulissat era una localidad pequeña que contaba con varias casas dispersas sobre su accidentado relieve. Recordaban a las de Copenhague y muchas de ellas estaban pintadas de color rojo oscuro que resaltaban nada más alzar la vista. Aparte de eso, no había nada más. Ni un árbol, ni una plaza donde reunirse en las tardes veraniegas. Permanecía con el abrigo abotonado y sentía que me quedaban por delante tres semanas completamente tediosas.

—¿Y el fiordo? —pregunté intentando no parecer desanimado.

—Está más al sur. Con la neblina de la tarde tal vez no lo hayas visto desde el barco.

—Sí...

—¿Fue todo bien durante el viaje hasta aquí? Nicoline ha puesto verdadero empeño para que la revista haya decidido contar contigo.

—¿El viaje? S-sí, aburrido y sin contratiempos.

No podía decirle que había encontrado el placer de una noche de verano en aquel buque destartalado y ruidoso. Había sido sorprendido por un desconocido la misma noche en que partió el buque hacia Groenlandia. Yo había estado cenando en el comedor y finalmente lo descubrí observándome con aquella especie de sonrisa velada. Era bien parecido, mayor que yo y fumaba una pipa cuyo humo dejaba un ligero toque a frambuesas en toda la estancia. Antes de abandonar mi mesa, apuré la botella de vino. Después, dejé escrito sobre un discreto papel el número de mi camarote. Sólo tuve que esperar minutos después. Tocó a la puerta con un discreto golpe de nudillos. La abrí, entró y apagué la luz. No fue necesario hablar.

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