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Hoy no te escaparás

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Debía de estar volviéndose loco. Sí, eso tenía que ser.

Las exigencias de la campaña lo estaban desgastando, eso seguro. Y quizá su cerebro, harto de la sobrecarga de trabajo, había empezado a alucinar.

Sin embargo, podía sentir los ojos de Albert Rivera sobre él. Fijos, inmóviles. Se reprochó mentalmente la paranoia y giró la cabeza, dispuesto a probarse a sí mismo que estaba equivocado y que el candidato de Ciudadanos estaba tan perdido en la conversación con su equipo como Pablo, Pedro y Soraya lo estaban con los suyos.

Pero no.

Íñigo se atragantó con el agua que estaba bebiendo. Empezó a toser, provocando un comentario jocoso de Pablo y recibiendo unas palmaditas en la espalda.

No era la primera vez que sucedía. Íñigo y Albert hablaban poco, pero se veían todo el tiempo. Cada vez que el líder de Podemos acudía a un debate, reunión o encuentro con el otro el joven se encontraba entre su equipo así que tenía la oportunidad de observar y analizar a ambos. Y, como parecía confirmarse, daba al catalán la oportunidad de observarlo a él.

Sin embargo, hasta el momento Rivera no había hecho ningún amago de acercarse. Íñigo se preguntaba si era algún tipo de táctica de intimidación o si su aspecto aniñado, tantas veces comentado en las redes y los medios, captaba la atención de su rival. Quizá mentalmente se estaba mofando de él. Sí, tenía pinta de ser la clase de persona que haría eso.

Un periodista llamó a Íñigo para que hablase con Ferreras sobre el debate, y el joven consiguió quitarse el asunto de la cabeza por un buen rato.

Tras finalizar su intervención en el programa televisivo Errejón se dirigió hacia la salida del estudio, deseando marchar con Pablo y tener la oportunidad de festejar libremente y sin cámaras lo bien que había ido todo. Iba mirando el móvil, leyendo las reacciones de la gente en las redes sociales, cuando tropezó con alguien.

- Hostia! Perdo... na. –La disculpa se quedó en un susurro cuando Íñigo vio con quién había chocado.

- Tranquilo –le respondió Albert con su mejor sonrisa de cartel electoral. –Ha sido mi culpa, que he aparecido de repente.

El joven le devolvió la sonrisa débilmente. Por algún motivo se sentía incómodo. No quería llegar a "intimidado", pero casi.

-Buen debate- dijo para llenar el silencio, y acto seguido gesticuló en dirección a la salida. –Me están esperando. Nos vemos.

-En realidad quería hablar contigo –respondió Rivera, dando un paso hacia el centro para cortarle el paso.

-¿Ahora? –fue todo lo que pudo decir, tragando con dificultad.

-Sólo será un minuto. Verás, es que... -Albert dudó, se tocó la nariz y se acomodó el pelo. -No puedo dejar de pensar en ti.

La mente de Íñigo se quedó en blanco. Parpadeó varias veces y luego, instintivamente, comenzó a mirar a su alrededor en busca de cámaras ocultas, humoristas escondidos, algún payaso. Algo.

Al no encontrar nada estalló en una carcajada. ¿Qué se supone que tenía que responder a eso? Seguramente era una broma. Extraña, pero broma al fin.

Albert fijó sus ojos en el suelo, su expresión seria. Y la risa del joven finalmente se apagó.

-Sé que parece una gilipollez y no te lo crees, pero es verdad –insistió el líder de los naranjas. –He sentido que tenía que decírtelo porque ya no aguantaba más. Siempre te veo por ahí pero me toca tratar con Pablo y creo... creo que eres especial. Me apetecía tener un momento contigo.

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