Cincuenta tonos de morado

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25 de noviembre.

Según las Naciones Unidas, hoy es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, o contra la Violencia de Género, una forma muy políticamente incorrecta de llamar a la vida de una mujer dominada por el terror, con continuados actos de violencia, y sometidas a un férreo control, sin posibilidad de oponerse a esa autoridad, a esa posición de poder ejercida por parte de sus parejas.

Cuando esa situación la vive todo un país se le conoce como dictadura y, si el país es democrático, terrorismo. Pero si se aplica a una mujer se le llama violencia de género porque la vive en silencio, sola y en la intimidad de su hogar. Muchas mujeres, y hombres, han salido a la calle para manifestarse, para hablar por las que no se atreven a hacerlo o por las que ya no pueden.

Por primera vez me uno a la multitud. No lo había hecho antes porque hacerlo era como reconocer ante el mundo que era una de ellas, y la cobardía era tan fuerte que temía la reacción de los que me conocían si era vista entre la muchedumbre. Muchas de las mujeres caminan con la cara baja en el paseo de la vergüenza; avergonzadas por no haber dado la cara, avergonzadas por haber permitido que las convirtieran en víctimas, avergonzadas por haber consentido que sus conocidos las trataran como a culpables en lugar de como a mujeres torturadas y cautivas. Otras caminaban con la cabeza erguida; eran las supervivientes, orgullosas de serlo, orgullosas de haber dado un paso adelante y haberse declarado culpables de permitir maltratos y vejaciones, orgullosas de haberse sublevado y de haber elevado su voz para gritar ¡BASTA YA!

Nadie me mira, y me gusta porque es una manera de no sentirme juzgada por no haber dado este paso antes. El solo hecho de estar allí es como haber acudido a una reunión de autoayuda, haberme levantado de la silla y haber susurrado ante la audiencia: Me llamo Selina y soy una mujer maltratada. El hecho de reconocerlo ante mí, hace que me libere y me sienta bien conmigo mismo.

No trato de integrarme porque no he ido allí a hacer amigas ni a sentirme comprendida, y tampoco a dar pena. Sólo quiero ser una más en esa marea morada de mujeres luchadoras, tal vez me contagie un poco de la valentía y podría ser capaz de avanzar otro paso más.

Escucho las conversaciones. Muchas son amigas acompañando a maltratadas; otras son maltratadas apoyándose entre ellas; otras, mujeres indignadas porque esto todavía pase en pleno siglo XXI y en países del todo el mundo. La mayoría parece echarle la culpa a la sociedad patriarcal en la que vivimos. No sé lo que quieren decir con eso, por lo que hablan es muy posible que se refieran a que nuestro mundo está gobernado por hombres en todos los ámbitos de la vida.

- Cuando él me pegaba, creía que era por mi culpa -contaba una-. Yo no le obedecía y me lo merecía.

- No es culpa tuya -recalcó otra mujer-. Mi marido también tenía la mano floja y siempre me culpaba, a veces era porque me arreglaba demasiado y se volvía celoso porque creía que iba a quedar con otro hombre; otras veces porque no me arreglaba lo suficiente y decía que no quería a una indigente caminando a su lado. Siempre buscan excusas -insistió-. Pero tú no tienes la culpa.

- Yo lo provoco.

- ¡No! Eso es lo que tienes que decir. ¡No! Estás aquí ahora y entre todas podemos ayudarte.

- No lo sé. Él no era así cuando nos conocimos y promete que cambiará, que todo volverá a ser como antes.

- Piénsalo. Juntas seremos fuertes.

Las palabras de las mujeres me distrajeron. Por todas partes se escuchaban comentarios, pequeños retazos de sus historias.

Vistes como una puta.

No te arreglas lo suficiente.

Deja de llorar, joder, que ya eres mayorcita.

Si no fuera por mí, tú no serías nada, seguirías buscando un marido por las discotecas.

Cincuenta y siete tonos de morado¡Lee esta historia GRATIS!