13. El camisón blanco

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—Mañana le daré la comunión, joven. Su aspecto no es el más adecuado para la catequesis —dijo el clérigo mientras me miraba de arriba abajo—. Ejnar luego le ilustrará con el evangelio de hoy.

Aún no me había recuperado después de saber que llevaba más de veinticuatro horas allí encerrado. Ebba no había dado señales de vida y por un momento dudé de si la razón de ello se debía a que aprobaba la decisión de Eduardo. Estaba confuso.

—Ya ha oído al padre —apremió Ejnar—. El cuarto de aseo está allí. Enseguida traerán el agua caliente.

Los dos desaparecieron tras una de las puertas del amplio pasillo y a mí no me quedó más remedio que ir a por el camisón blanco. Lo encontré en el mismo sitio. Olía a almizcle y tenía un suave tacto que me desconcertó. Más tarde entré en la tina. El agua estaba muy caliente y pronto quedó teñida por la sangre pegada y seca de mis heridas. La ropa de domingo había quedado sobre el suelo y ahora era un gran amasijo maloliente que parecía mirarme en silencio. Igual que había hecho Ingvar mientras Eduardo me atizaba y golpeaba sin piedad. Volví a sentir lástima de mí mismo y me sumergí bajo el agua rojiza. No lograba comprender por qué mi madre no había llegado. Aquello me martilleaba una y otra vez. ¿Qué sucedería si Ebba pensaba como Eduardo? ¿Qué iba a ser de mí si ella también quería que yo estuviese en aquel lugar? ¿Qué pensaría Ingvar si supiera que yo había sido ingresado por mi condición desviada? La semana anterior había sido maravillosa. Yo había descubierto a un nuevo Ingvar. Había llegado de las Islas Baleares enamorado de la vida y de sus placeres. Amaba al Ingvar más hedonista y necesitaba estar con él otra vez. Si Ebba o Eduardo no iban a sacarme de allí, lo haría yo solo.

Pero cuando salí a la superficie, apareció el Señor Fritz en la puerta. Nos separaba el vapor del agua y pude ver cómo me miraba en silencio. Tuve que ser yo quien habló primero.

—¿No es éste un momento de intimidad? Aunque esté internado, debe comportarse de forma correcta ante alguien de mi clase —espeté levemente irritado.

—Disculpe, me pareció que había llamado.

Los dos sabíamos que mentía.

—Está bien. Ya me marcho. Ruego acepte mis disculpas. Me complace ver que finalmente ha comprendido el lugar en el que está y que su estancia será tan corta o tan larga como usted desee —dijo antes de abrir la puerta.

—Usted dijo antes que había otro joven en la planta...

—Sí, Gunder.

—No lo he visto...

—Mañana por la mañana estará aquí.

—¿No estaba ingresado en esta misma planta...?

—Hay cosas que es mejor no saber, hay hechos que es mejor no comprender y también hay verdades que es mejor ignorar —señaló como si lo hubiera dicho miles de veces.

El Señor Fritz hizo una pausa y me miró detenidamente mientras esbozaba una sonrisa.

—La cena está en la salita del comedor, justo al lado. Recuerde el lugar donde está, Séptimo —dijo antes de salir por la puerta y desaparecer tras los vapores.

El comedor era igual de escueto que las habitaciones. Las paredes estaban forradas de un papel que simulaba ser un rosario de flores de color verde oscuro y en una de las esquinas localicé la habitual mesita con las biblias. En el centro de la estancia estaba Ejnar sentado en la mesa principal, junto a dos sillas vacías. Leía su biblia mientras tomaba del plato un trozo de queso. Parecía muy concentrado y no advirtió mi presencia hasta que tomó un vaso de agua entre los dedos.

—¡Alabado sea Dios! Por fin se ha dado cuenta y va a dejar de resistirse. Venga aquí, a mi lado, y cenemos juntos. Tendremos una agradable charla sobre el evangelio de hoy.

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