El punto de partida determina el camino

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–¿Heleno? –Me pregunta uno cuando estoy llegando. Yo asiento–. Bienvenido seas a Thor-Addil, la Hermandad del Camino te saluda y te acoge.

Yo me detengo y miro alrededor. Esto no era lo que esperaba. –Gracias.

–¿A dónde te diriges, heleno?

–Debo encontrarme con alguien aquí.

Los tres que siguen sobre el puente se miran entre ellos, pero el que se me ha acercado no cambia el rostro, y me responde con toda la calma de que dispone. –La Hermandad del camino te acoge, y haciendo honor a su voto de salvaguardar al viajero, podrás descansar y provisionarte, pero después deberás seguir tu camino, sea cual sea.

–Os lo agradezco mucho. No permaneceré aquí más tiempo del necesario. Pero he de encontrarme con alguien que debe arribar por esta misma calzada a lo largo de este día.

–En ese caso no habrá ningún problema. Por favor, pasa, acomódate, come y descansa. Será un honor disfrutar de tu compañía. –Sonríe ofreciéndose para que le entregue las riendas y entremos al catillo.

Así hacemos. Cruzamos el río sobre el puente levadizo, y cuando vamos a cruzar las grandes puertas, observo el emblema situado sobre ellas. El altorrelieve está gastado y apenas puedo identificar los cuatro símbolos en que se divide el escudo. Uno de ellos parece un pergamino abierto. El felino se sigue repitiendo, pero no llego a saber qué son los otros dos. Entramos por una bóveda que cruza la muralla. Adornos y florituras adornan las paredes, capiteles y el techo de la bóveda, simulando ramitas y hojitas de una enredadera.

–¿Cuál es tu nombre y procedencia, heleno? –me pregunta mientras caminamos.

–Mnesarco. Soy de Samos, una isla del Plemirión oriental.

–Bienvenido de nuevo, Mnesarco. Yo soy Ithiër, capitán de la guardia. Uno de ellos al menos. –Se ríe como si aquello fuera gracioso–. Espero que estés cómodo entre nosotros. Te asignaremos una celda para que puedas descansar. –Al decir eso alcanzamos el patio de armas del interior. Es triangular, y en el vértice que forman los afluentes al unirse, se eleva la alta roca que corona la ciudadela. Parece tallada en forma triangular también. Está como abandonada junto a las murallas, entre ambas puertas que dan acceso a la atalaya, cruzando cada uno de los afluentes. Además, en el lado opuesto a la enorme roca se eleva una fortificación, que debe tener funciones de administración y gobierno. No sé cuánta gente vivirá aquí, pero toda la muralla alberga ventanas con cámaras. El patio interior es de baldosas similares a las de la calzada, y no tiene ninguna estructura en su interior. Es un espacio amplio, para lo pequeña que es la ciudadela, y en él hay reunidas seis personas que nos esperan. Cuatro de ellos son elfos, los otros dos son hombres. Visten extrañas túnicas cuyo estilo dista del quitón y el himatión helénicos, más similares a las que llevaría un esclavo, y se recogen el peo con cintas rojas también. Todos sonríen, como si me estuvieran esperando.

–Gran Prior, éste es Mnesarco, de Samos, que está de paso y reclama cobijo y protección.

El elfo del medio abre los brazos en señal de bienvenida. Tiene el cabello gris, como los otros tres, aunque éste es más alto, si cabe, y su aspecto irradia sosiego. –¿Se ha acogido a la cláusula de permanencia?

–Así es, Gran Prior.

–Bienvenido seas entonces, Mnesarco, de Samos. Deseamos que te encuentres cómodo entre nosotros. Como Gran Prior de Thor-Adil, en nombre de la Hermandad del Camino, declaro que quedas bajo nuestra custodia mientras sea tu voluntad.

–Muchas gracias.

Él sonríe satisfecho. –Despreocúpate de tu corcel. Te acompañaré a una celda, donde podrás descansar hasta la hora de comer. –Habla un heleno forzado, con un acento que da cuenta de la poca fluidez, aunque lo domina bien.

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