Podemos... ser amigos

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—No. No es cierto —murmuré yo—. No lo digas.

—Lo has visto, ¿verdad?

—¡¡No!!

Pablo apretó los labios y bajó la vista. Tenía los puños cerrados, con los nudillos tornándose blancos de la presión que ejercía. Temblaba, pero no era nada en comparación a cómo temblaba yo. Retrocedí. Le permití entrar, ni siquiera sé por qué, y él lo hizo.

—Iñigo, escucha...

—¡¡No!! ¿Ni siquiera vas a decirme que es mentira? ¿Ni siquiera... tienes una excusa para mí? ¿Un gran discurso?

—Yo... creo que esta vez no hay nada que pueda decir.

La carcajada que emití fue la más irónica del mundo. La más cruel.

—¡Vaya! ¡El gran orador de España, sin palabras! ¿Crees que esto hundirá tu campaña, si se lo cuento a la prensa? ¿A la misma prensa que está publicando esas fotos?

Pablo cogió aire. Me miraba con severidad, con la calma que siempre le definía, a pesar del deje de dolor que había en sus ojos. Dio un paso hacia mí, pero yo lo retrocedí con la misma rapidez.

—No hay nada que pueda decir. Él... Yo...

—¡Es Pedro Sánchez, Pablo! ¡Esa casta que tanto odias! ¡Y tú has... has...! ¿Qué has hecho con él? ¿Desde cuándo? ¿Cuándo pensabas decírmelo?

—¡No podía! No podíamos... decirlo.

—¿No podías dejarme, tampoco? ¿Tenías que engañarme de esta manera? ¿Tenías que convertirme el hazmerreír de esta campaña? ¡El pobre niño enamorado de su mentor, que le engaña para irse con el otro bando! ¡Qué gran titular!

—Iñigo, yo... Lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Eso es todo lo que vas a decirme? —El enfado crecía. La rabia crecía. El desengaño, la rabia, la frustración... El dolor, que me dejaba exhausto e incrédulo—. ¡Dime al menos que ha sido un desliz! ¡Dime que no tenéis una relación! No podéis tenerla.

Pablo se estremeció y apartó la vista. No hubo palabras durante un buen rato: solo silencio que se alargó entre nosotros como si viniera dado por la Ley Mordaza.

—Él... No sé. Al principio solo quería burlarme de él, hacerle sentir... inferior a nosotros. Solo quería que se diese cuenta de que le habíamos ganado terreno pero... no sé cómo... me resultó atractivo. Su... rabia, su manera de no agachar nunca la cabeza, su reto, sus burlas hacia el Partido Popular, su manera de reírse...

—¡No quiero oírlo! —Apreté los dientes. Sentía las lágrimas corriendo a empapar mis ojos, nublándome la visión—. No puedes estar hablando en serio... No puedes...

—Me he enamorado de él, Iñigo.

Las palabras que me hundieron aquel diciembre fueron aquellas. No los resultados electorales, no todos los murmullos sobre nuestro posible fracaso, no Garzón el El Debate del Televisión Española. Fueron esas: Pablo se había enamorado de Pedro Sánchez.

Pablo ya no me quería a mí.

—Lo siento —se apresuró a disculparse, de nuevo. Su rostro estaba constreñido por la culpa y el arrepentimiento. Yo no podía reaccionar: solo lo observaba, incrédulo, con los ojos muy abiertos y el corazón desintegrándose en mi pecho. Se acercó a mí de nuevo, y en ese momento ni siquiera pude retroceder. Lo observé cuando me cogió de los hombros—. Lo siento muchísimo, Iñigo. Has sido... Has sido... lo mejor que me ha pasado desde que estoy en esto. Tu ilusión, tu sonrisa, tu ánimo, toda tu fe en mí... Sé que te he decepcionado, pero podemos...

—¿Podemos? —reí, sin ganas—. Supongo que ese es el discurso que usas para todas las causas perdidas. No. No podemos. No puedo. No puedo verte. No puedo... estar en el mismo sitio que tú. No puedo aceptarlo.

—Iñigo, por favor...

—Vete. Márchate.

Le aparté. No quería llorar, pero sentía que en cualquier momento iba a hacerlo. Que en cualquier momento volvería a ser el niño, el débil, el segundo en la escena. Esta vez quería ser yo el que fuese fuerte. El que fuese firme. El que no tuviera que envidiarle.

Pablo apartó la vista. El líder siempre inflexible, siempre directo, no se atrevía a mirar a los ojos al corazón que había roto con sus propias manos. Se dio la vuelta con la apariencia del vencido, con el aspecto que habría tenido Rajoy de haber ido a aquel Debate. Debate Decisivo, lo llamaron... Desde luego, para nuestra relación lo fue: decisivo para que terminásemos.

En la puerta, Pablo se giró hacia mí. Yo mantuve la mirada aunque me ardían los ojos. Aunque me ardía el corazón. Aunque me ardía el mundo, que se desmoronaba a mi alrededor.

—Solo te pido una cosa... No olvides todo... lo bueno que hemos tenido. Y... sonríe: pronto encontrarás a alguien mejor que yo.

No dije nada. Con un ademán, le insté a marcharse, y la puerta se cerró, como se había cerrado para siempre mi corazón.

No olvidaría. Pero no olvidaría el daño que me había hecho.

Y sonreiría. Sonreiría... a mi venganza.








Podemos... ser amigos (Iñigo Errejón x Pablo Iglesias x Pedro Sánchez)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora