Podemos... ser amigos

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Las fotos estaban por todas partes. Llenaban las redes sociales, las webs de chismorreos... Pronto, quizá, aparecerían hasta en Sálvame.

Pero no quería creerlo. No podía creerlo.

Y sin embargo, ahí estaban, burlándose de mí desde el monitor del ordenador: Pablo y Pedro. Pablo, mi Pablo, mi rebelde, mi protector, mi guía... con ese socialista de sonrisa Vitaldent. Con ese... presuntuoso engominado. Con ese... despreciable miembro de la casta.

No, no podía ser. Pablo no podía estar con él. Todo tenían que ser... montajes. Fotos creadas por gente con demasiado tiempo y mucha imaginación, creaciones de mentes perturbadas que veían amor donde solo había rivalidad por conseguir un mundo nuevo. Por un mundo mejor. Por el mundo con el que Pablo y yo soñamos. El mundo que Pablo y yo íbamos a crear...

Ese no podía ser él.

Pero lo era.

Podía negarlo cuanto quisiera, pero la realidad no iba a cambiar: Pablo me había engañado. Había estado jugando conmigo desde... ¿Desde cuándo? ¿Desde ese maldito debate? No... Tenía que ser desde antes. En ese debate ya había habido miradas, ya había habido sonrisas cruzadas. Les descubrieron por aquel "no te pongas nervioso". ¿Cuántas veces me dijo a mí eso mismo? Cientos. Miles. Cada vez que yo me alteraba con su presencia, cada vez que me arrinconaba contra todos los rincones de su casa y yo no podía huir, cada vez que me tocaba en público de manera sutil y lanzaba estremecimientos por mi cuerpo, cada vez que me hacía desearle hasta la demencia... "No te pongas nervioso", siempre con su tono burlón. Siempre lleno de deseo y pasión. Siempre antes de besarme y hacerme claudicar a su exigencia.

Y ahora, esas palabras eran para otro.

Dolía. Dolía demasiado. Dolía más que un discurso de Mariano Rajoy, que la privatización de la sanidad y la educación; dolía más que la victoria de Rivera sobre Pablo en La Sexta. Dolía más que todo el cansancio de la campaña, que toda la lucha que habíamos llevado a cabo, que todos los resultados en las encuestas que predecían el batacazo de nuestro partido.

Dolía más que cualquier cosa a la que me hubiera tenido que enfrentar antes.

En política, te enseñan a perder el alma. Pero nadie me había preparado para perder el corazón.

Cuando el timbre sonó, aquella fatídica tarde, supe que era él. No había dado señales al móvil en todo el día, pese a que le había llamado repetidas veces, desesperado por que me dijera que no era cierto. Por que me dijera, acaso, que era una nueva campaña de la que habían tenido que mantenerme al margen para que no montase una escena de celos, para que no interfiriese, para que no dañase los planes. Pero no había respondido a ni una sola de las llamadas.

Apagué el ordenador rápidamente y me sequé las lágrimas de la cara. No quería que me viese una vez más como ese niño inexperto que muchos dicen que soy. Él no. No en ese momento. Quería demostrarle que confiaba en él. Que sabía que... que me quería solo a mí, como siempre me había dicho. Que él nunca traicionaría a nadie así: ni a mí, su amante, su confidente; ni a toda su gente que confiaba en que nunca se relacionaría con la casta.

Supongo que siempre he sido un idealista. Un soñador. Supongo que por eso me uní a Podemos. Supongo que también por eso me enamoré de él.

Por eso cuando abrí la puerta sonreí. O traté de hacerlo.

Pablo, sin embargo, estaba serio.

—Iñigo...

El corazón empezó a latir demasiado rápido en el pecho. No. No quería oírlo. Aquella voz no era su voz de siempre. No tenía la calidez que siempre me dedicaba, el cariño implícito en cada sílaba. Solo había seriedad... y pena.

Podemos... ser amigos (Iñigo Errejón x Pablo Iglesias x Pedro Sánchez)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora