12. Un domingo de primavera

87 17 2

Cuando desperté aquella vez, lo primero que vi fue un techo descolorido. No lograba distinguir si había sido blanco, rosado o amarillo; pero al querer mover los brazos, algo me lo impidió. Estaban fijados a la cama donde yacía. En ese momento, noté el olor a orín y llegaron algunos gritos que provenían de algún lugar. Me dolía la espalda, el dedo, el cuello, ... y recordé la paliza de Eduardo. Después, la escena en la enfermería. Quise incorporarme, pero como no podía tiré varias veces de las correas con las que había sido inmovilizado.

—Espere —dijo de pronto una voz.

Enseguida surgió un hombre de presencia impoluta acompañado de un enfermero. Éste abrió la hebilla con la que habían sujetado las correas. Me senté y descubrí la estancia en la que nos encontrábamos. Era pequeña, no había muebles. Sólo una cama y una mesilla donde descansaba una biblia algo desvencijada. En la parte superior de la pared había un pequeño tragaluz por el que entraba la luz natural del exterior, pero ahora nevaba.

—Puede llamarme Señor Fritz. Administro esta planta —se presentó aquél de aspecto relamido—. Aquí tiene la ropa que usará a partir de hoy...

Señaló un camisón blanco idéntico al que vestían los dementes que nos asaltaron a la llegada.

—¡Yo no debería de estar aquí! —interrumpí.

—La puerta no tiene llave y se abre tanto si la empuja como si tira del pomo, así que podemos entrar cuando lo consideremos oportuno —siguió explicando sin inmutarse por mis palabras desafiantes—. Puede transitar libremente por la planta excepto más allá de la portezuela de hierro que encontrará al fondo si sale al pasillo...

—En cuanto mi familia sepa que estoy aquí, ¡vendrá a buscarme!

—Aparte de usted, hay otros dos muchachos internados. No fraternice demasiado con ellos —dijo remarcando la palabra 'fraternice'—. Ustedes ya no volverán a ser los mismos de antes. No permita que sus avances queden en nada: no les hace ningún favor y a usted tampoco. Como podrá suponer, esta zona está reservada a gentes de bien, así que compórtese como tal y no nos obligue a aislarlo. Créame: no es algo que usted deba experimentar.

Otra vez los gritos y cada vez más cercanos. Sentí una especie de sudor frío que me recorrió la espalda.

—A propósito, ¿no fue su padre quien lo trajo hasta aquí? —preguntó antes de abrir la puerta—. No olvide que Dios lo observa cada día. Siempre.

Eduardo me había engañado. En lugar de ir al doctor nos habíamos dirigido al Holger Mortensen.

—La cena se sirve a las seis, Séptimo. Pero no se preocupe por el tiempo: pronto se acostumbrará a nuestras normas.

El Señor Fritz se llevó las correas de cuero. Había dejado el camisón a los pies de la que sería mi cama. Entonces comprendí que aquel hedor a orín era mío. Aún llevaba la ropa de la mañana, la de los domingos, aunque estaba manchada de sangre. Anduve hasta la puerta y, dolorido, salí al pasillo.

El pasillo era amplio. Había seis puertas cerradas a ambos lados, un par de sillones y una pequeña mesilla con más biblias. Al fondo localicé la portezuela de hierro y junto a ésta una cabina con ventanas de cristal donde podían divisarse al Señor Fritz y a otros empleados del lugar. En la otra dirección, dos puertas cerradas y una pared que cercaba la planta. Otra vez aquellos gritos que no cesaban. Me tapé los oídos, di la vuelta y corrí hasta la habitación. ¿Cuándo iba a venir mi familia? No conseguiría soportarlo por mucho más tiempo. No quería pasar allí la noche ni ponerme aquel camisón: era afirmar que yo debía de estar allí, darle la razón a Eduardo y a todos aquéllos que ahora me miraban con lástima. No importaba oler a orín si con ello yo no olvidaba ni por un segundo que iba a salir de allí antes de que anocheciera. Ebba no debía de tardar mucho.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!