DÍA 5 - Capítulo 2

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Se encontraba en lo que parecía ser la versión original de la iglesia de Santa Felicitas. Había estado ahí poco después de su fundación en 1875, inspeccionando el lugar sin decir su nombre y vencido por la curiosidad. Sabía que no era bienvenido en el edificio que, después de todo, se fundó por el crimen que su tío segundo, Enrique Ocampo, cometió al asesinar a la viuda Felicitas Guerrero.

Él había conocido a la mujer y a sus padres; eran buenas personas que hasta aquel incidente tenían excelentes relaciones con los Ocampo.

Lucio sonrió al imaginar que su tío estaría en el infierno en aquel momento, mientras la viuda lo observaba desde el cielo y se reía de él.

Sin comprender el motivo de esta visión, de este extraño sueño, caminó por los patios desiertos bajo el ardiente sol del mediodía que apenas le permitía vislumbrar algunos rincones del lugar. Sus pasos resonaban al rebotar sobre las baldosas. No había nadie más allí.

Y ahora es cuando pasa algo malo, un disparo, o hasta un monstruo. Pensó don Lucio con cierto sarcasmo, esperando que la pesadilla comenzara.

Pero estaba equivocado.

Sin saber qué hacer, se dirigió al altar. Allí se encontró con quienes aparentaban ser las únicas personas en el edificio. Se trataba de una mujer joven vestida de luto y una niña de no más de cinco o seis años. Ambas estaban arrodilladas frente al altar, sosteniendo un rosario en sus manos y rezando en silencio con los ojos cerrados. Al menos la mujer adulta lo hacía. La niña movía sus pies y observaba el piso con los ojos parcialmente abiertos, parecía estar aburrida. Él le sonrió sin decir nada, pero la pequeña no notaba su presencia.

La escena se mantuvo inmóvil por varios minutos, como si estuviese observando una vieja fotografía; el oscilante movimiento de los pies de la niña era lo único que indicaba que el tiempo no se había detenido.

—Vamos, Manuela —dijo la mujer en un susurro.

—Sí, madre —contestó la niña.

Manuela.

Don Lucio abrió los ojos, sorprendido, y analizó a la pequeña con atención, reparando en su enrulado cabello dorado y los grandes ojos azules que él había observado tantas veces en el pasado. Esa niña era su Manuela, su esposa, el nombre que se había esforzado por olvidar.

El hombre las siguió de cerca hasta que la escena cambió.

Ahora estaban en Argentina, en el purgatorio. Era de noche. Don Lucio reconocía el lugar y el momento a la perfección. En el mundo de los vivos era aproximadamente 1935, pero eso no importaba más que como referencia para lo que estaba sucediendo.

Lucio y Manuela estaban bailando en la edición semanal de la Milonga "El Fileteado Bohemio" en el centro de la ciudad. Ella se veía más hermosa que nunca bajo la blanca luz de la luna que resaltaba el color aporcelanado de su piel y el brillo azulado de sus ojos. Sus rizos danzaban al compás de la música y una sonrisa sincera se dibujaba en su rostro. Llevaba puesto un vestido blanco que le llegaba casi a los tobillos, pero que revelaba sus hombros; así podía lucir un collar de perlas que él le había regalado.

Lucio no era un gran bailarín; él culpaba a su leve renguera por ello, pero en realidad siempre había sido pésimo en lo que refiere a la música.

Le encantaba el tango, nuevo estilo musical que se estaba poniendo de moda velozmente en Argentina. Había incluso contratado a un profesor que le enseñaba semanalmente los pasos para que él pudiese bailar con Manuela.

Y esa noche, Lucio bailó con más energía que nunca, porque al finalizar la velada le propondría matrimonio a su novia.

Siguió a la pareja con la mirada. Verse a sí mismo era extraño y, al mismo tiempo, familiar.

La última canción terminaría pronto y él se arrodillaría para ofrecerle el anillo.

Observó la escena con nostalgia y derramó varias lágrimas cuando Manuela aceptó.

Entonces, todo se volvió negro, y las voces de la pareja resonaron a su alrededor.

—Estoy cansada, Lucio —dijo ella.

—Yo también.

—Vámonos. Vayamos juntos al cielo de una buena vez —rogó—. Llevamos casi medio siglo acá.

—No puedo irme. ¿Qué sucederá si termino en el infierno? ¿Cómo soportaré una eternidad sin tu compañía? —preguntó él.

—Confío en que eso no ocurrirá. Conozco a mi esposo, él merece el paraíso.

—Vos sos mi paraíso —murmuró Lucio.

—Por favor —insistió Manuela.

Silencio.

—Está bien, vayamos juntos —sugirió él, esforzándose por ocultar su miedo.

—Sabés, siempre quise una muerte dramática —agregó ella—, algo intenso —explicó.

—¿Dramático?

Manuela rio. Siempre tenía ocurrencias extrañas.

—De acuerdo, pensaré en algo.

Don Lucio despertó bañado en una mezcla de transpiración y lágrimas, con la culpa carcomiéndole el corazón. Le había fallado a Manuela, a la mujer de sus sueños, aquella que le daba vida al purgatorio y sentido a su eternidad. Su cobardía y el miedo al infierno lo ayudaron a sobrevivir el ridículo incendio. Pero su esposa no tuvo la misma suerte y ahora estaría en el cielo, bailando descalza al ritmo de viejos tangos, quizás con un nuevo amor.

El alma de Manuela tenía el poder de un tornado,y él había sido arrastrado. No permitiría que eso ocurriera otra vez. Llevaba décadas intentando olvidarla. Sin embargo, ahora la sentía más cercana que nunca. 


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