11. Ebba y Nicoline

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A media tarde llegamos a Copenhague. Había oscurecido y no pude reconocer los edificios ni las calles con la facilidad que había pensado. La tormenta nos había asaltado un par de kilómetros antes y parecía haberse cebado contra el carruaje, por lo que nos vimos obligados a aminorar la velocidad. No obstante, aquello no importaba demasiado porque mis pensamientos continuaban enredados entre la estúpida distancia que me separaba de Ladislav -sentado frente a mí-, el desprecio de Ingvar, las palabras enigmáticas de mi tía y, sobre todo, el inminente reencuentro con mi madre.

—Ya hemos llegado —dijo Nicoline poco antes de que el coche de caballos se detuviese—. ¡Se alegrará tanto de verte, Séptimo...!

Yo estaba temblando, tenía los pies helados y una sensación incómoda en el estómago. Podía percibir la humedad de la ciudad de Copenhague mezclada con el salitre del mar, oculto en algún lugar. Abrí la portezuela después de colocarme el sombrero y le dediqué una última mirada a Ladislav.

—Buenas noches, caballeros —dije con mi perfecto acento danés.

—No tengo palabras suficientes para expresar lo agradecido que le estoy por haber permitido que llegásemos finalmente a la capital —expresó el Señor Horvat, el hombre del traje marrón.

Mientras Nicoline y él se expresaban palabras de cortesía, algo dentro de mí tenía la necia esperanza de que Ladislav dejaría de actuar como si fuese un perfecto extraño. Quería que me dijese que vendría conmigo, que por fin era libre para ir donde quisiera, que me acompañaría a Groenlandia para ser mi ayudante. Pero en su lugar, se limitó a darnos las buenas noches. Nada más.

La lluvia caía sobre mis hombros cuando estuve delante de la casa de Nicoline. El carruaje ya se había marchado, pero los recuerdos surgían como oscuras sombras. Había cruzado aquella puerta muchas veces mientras iba de la mano de alguno de mis hermanos mayores, reconocí de inmediato las ventanas por las que había visto llegar a aquellos otros geógrafos como mi tía y que traían objetos extraños a los que les dábamos facultades mágicas. La infancia volvía a calarme hasta los huesos, como lo estaba haciendo la lluvia. No fue diferente cuando entré y en cada rincón reconocí momentos que ya creí olvidados, como aquella primera vez que traje a Ingvar.

Aún éramos niños y hacía algunas semanas que nos habíamos conocido en la misa de los domingos. Como me gustaba hablar con él cada vez que nos sentábamos juntos en el último banco de la capilla, le pregunté a mi tía si podía llevarlo aquel día que nos reuniríamos en familia. Ella dijo que sí y Ebba preguntó que desde cuándo nos conocíamos. Después del almuerzo, mis padres y Nicoline se retiraron a la salita de los sillones forrados de cuero, pero nosotros nos fuimos al salón. Allí, Quinto decidió que jugaríamos a escondernos por toda la casa. Entonces, le encargó a Ingvar la tarea de encontrarnos entre los diferentes rincones que se prestaban a ser nuestros escondites más esmerados. Él, que desde el principio dio señales de estar interesado en superar el desafío que le había lanzado un adolescente, me vendría a confirmar con el paso del tiempo que era un competidor nato. Ingvar no conocía la casa y a pesar de ello se había mostrado decidido desde el principio. Así, cuando me encontró detrás de la puerta del cuarto de baño minutos después, bajé al salón principal y allí descubrí a Sexto y a Segundo, quienes habían sido sorprendidos por la rapidez de mi nuevo amigo en descubrir sus rincones infantiles. Faltaban Quinto y Octavia, el mayor y la más pequeña. Mis dos hermanos farfullaban algo contra Ingvar cuando Quinto surgió por la puerta seguido de aquél.

—¡He ganado! —dijo con una gran sonrisa.

—Falta Octavia. ¡No has ganado! —replicó Segundo.

—Yo no juego con niñas. ¡He ganado! —insistió.

—Debes encontrar a mi hermana para ganar —exigió esta vez Sexto.

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