10. El Báltico

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Cuando bajé por la rampa para abandonar el buque pude distinguir a Ladislav, ya en tierra. Finalmente habíamos conseguido atracar en un puerto más modesto, situado a varios kilómetros de la capital, después de una compleja maniobra por parte del capitán y de la tripulación del barco. Sin embargo, ahora todo parecía en calma. Daba la impresión de que nada de lo vivido horas antes había sido real y de que el mar, sosegado, tenía aquel mismo aspecto desde tiempos antiguos.

—Por la tarde volverá a llover —dijo alguien detrás de mí—. Espero que la compañía haya dispuesto carruajes suficientes. He de llegar a la capital cuanto antes.

Mientras aguardaba mi equipaje, ya en la dársena del puerto, no podía dejar de observar a Ladislav. Permanecía junto al hombre del traje marrón. Éste le hablaba y el muchacho parecía impaciente. Miraba hacia el barco, se rascaba la nuca, se cruzaba de brazos; pero evitaba encontrarse con mis ojos. Aún no conseguía comprender qué era lo que le unía a aquel sujeto ni por qué ahora estaba en Dinamarca. No había necesitado mis monedas, pero Ladislav se había metido en mi camarote con una intención muy clara. ¿Lo sabía el hombre que lo acompañaba?

—¡Séptimo! —gritó una voz de mujer.

Miré hacia todos lados, pero no podía ver de quién se trataba. La multitud que se había formado en torno a la rampa del buque me impedía avanzar.

—¡Oh, Séptimo! ¿Eres tú...?

Mi tía Nicoline surgió de repente. Llevaba esas largas trenzas pelirrojas que yo había agarrado cuando apenas podía sostenerme en pie. Nos abrazamos, consciente de que era la primera vez en muchos años que volvía a ver a quien amaba como a una segunda madre. Reconocí inmediatamente la calidez de su figura, la de mi familia, y sentí que las emociones se mezclaban dentro de mí. La oí reír como una niña después de pronunciar varias veces mi nombre. Su perfume no había cambiado. Así que, al cerrar los ojos, toda la infancia pasó delante de ellos. Tenía un nudo en la garganta.

—¿Cómo has sabido que el buque...? —dije cuando nos separamos.

—¡Bah! Para tu tía no hay nada imposible. A estas alturas ya deberías de saberlo... Pero mírate... ¡Casi no puedo reconocerte...! Ahora eres un apuesto caballero, todo un hombre... Pero, ¿desde cuándo no te cortas el cabello...? ¿Es que no hay barberías en el Reino de Dalmacia? —preguntó cuando me quité el sombrero.

—No llevo el pelo tan largo... —protesté. En el sur había dejado de obsesionarme su longitud.

—No sé si en la Sociedad Geográfica van a estar muy conformes... Bueno, dejemos ese asunto para más tarde... ¿Dónde está tu equipaje? Debemos irnos cuanto antes.

—Están vaciando la bodega. No deben de tardar mucho...

—La expedición se ha adelantado y tu barco sale mañana.

—¿Mañana...? ¿Qué ha sucedido...?

—El director de la Sociedad —susurró—. Acaba de separarse de su esposa y va a estar presente en la expedición, aunque viajará a la gran isla a finales de agosto. Es una larga historia que debo contarte. Pero ahora hay que encontrar tu equipaje y después irnos inmediatamente a Copenhague.

Ladislav ya no estaba allí. Lo había perdido para siempre. ¿Lo encontraría si algún día iba otra vez a la Plaza de las Flores?

—¿Cómo está mi madre?

—Espero que pueda reconocerte... Son muchos años lejos de ti, Séptimo. Nadie te ha extrañado más que ella. Créeme. Nos aguarda en mi casa. ¿Y estas nuevas arrugas en el rostro? —dijo Nicoline al señalarme cerca de los ojos y de la boca—. Quiero creer que son la consecuencia natural de haber reído mucho, de haber disfrutado plenamente de tu nueva vida.

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