DÍA 5 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 5: MEMORIES (DE SHAWN MENDES) ♬   

CANCIÓN PARA EL DÍA 5: MEMORIES (DE SHAWN MENDES) ♬   


ANAHÍ DURMIÓ BIEN. Quizás esto se debiera a la comodidad de una nueva cama con cinco almohadas, sábanas y frazadas extremadamente suaves. O tal vez fuese simplemente por el cansancio acumulado luego de cuatro largos días en un lugar desconocido. También era posible que el arduo trabajo de ordenar todas sus nuevas pertenencias hubiese agotado las últimas reservas de energía que aún le quedaban.

Anahí durmió más de doce horas, ajena a todos sus problemas e inseguridades. Y al despertar, lo hizo con una perezosa sonrisa entremezclada con un ligero bostezo despreocupado. No se levantó enseguida, tampoco abrió sus ojos. Rodó de un lado al otro del colchón, abrazada a su nuevo pato de peluche, al que había llamado Dr. Watson, en referencia al famoso personaje de Arthur Conan Doyle. Sabía que era tarde, que había dormido de más; lo podía sentir en su cuerpo que empezaba a entumecerse por la falta de movimiento.

Abrió los ojos y sonrió, admirando el cielorraso lleno de estrellas fluorescentes que la hacían sentir un poco más a gusto, como en su vieja habitación. Recordó el momento en que las había comprado en una juguetería, y el gesto de desconcierto en el rostro de don Lucio cuando ella le explicó que eran para su propia pieza y no para los niños. Después de un rato, regresó al mismo local y compró varios paquetes más, asumiendo que los pequeños agradecerían el gesto.

Se sentó, aún tapada con su frazada negra, y observó la habitación remodelada casi por completo. Varios muebles cubrían ahora tres de los cuatro muros; el último lo dejó al descubierto porque quería darle un poco más de personalidad. Había comprado unas calcomanías enormes para la pared; franjas negras que pegaría verticalmente desde el techo hasta el piso. Frente a ella había un escritorio en el que reposaba su nueva laptop, un par de cuadernos y un lapicero metálico que reflejaba la oscilante luz de su lámpara de lava en varias tonalidades de grises.

Cuando salió con don Lucio, la pelirroja había comprado cuadernos en los que podría llevar un listado de sus necesidades y descargar sentimientos contradictorios cuando de la nostalgia brotaran ganas de llorar.

El primer cuaderno ya tenía una página manchada con los garabatos que Anahí llamaba letras, pero que nadie más lograba descifrar. Había comenzado una lista para su próxima salida. Quería una cámara de fotos, la necesitaba.

Desde muy joven, la fotografía había sido una de sus pasiones. Anahí tomó cursos de todo tipo y aunque fuese simplemente un pasatiempo, era realmente buena en ello. Estaba molesta consigo misma por no haber pensado en la cámara cuando tuvo la oportunidad, y se prometió pedirle a Lucio que se la comprara cuando volvieran a verse. Además, quería instalar Internet en El Refugio y enseñarle a Irina a usar las redes sociales —asumiendo que existían en el purgatorio—. También la acechaba bronca por no poder comprar una moto nueva. Según Lucio, solo aquellas almas que ya habían pasado por el juicio tenían permitido sacar la licencia.

Anahí se puso de pie y encendió las otras lámparas, apliques para la pared que habían sido fáciles de instalar. Luego, se miró en su nuevo espejo de cuerpo completo que estaba apoyado contra un rincón, pero que iría atornillado dentro del placard, contra una de las puertas.

Hizo caras chistosas mientras observaba su reflejo. Posó varias veces, analizando su figura y admirando lo bien que le quedaba su camisón a lunares. Miró el reloj que colgaba sobre su cama, ya eran casi las dos de la tarde y se había perdido el almuerzo.

Se encogió de hombros y se puso a trabajar en los últimos detalles de su habitación; tarea que le tomó todo el día.

Se encogió de hombros y se puso a trabajar en los últimos detalles de su habitación; tarea que le tomó todo el día

Ya había pasado el mediodía cuando decidió irse a acostar. La noche le resultó más larga que nunca. Un extraño sentimiento de vacío lo había invadido desde que había llegado a su casa; vacío que intentó llenar aplicando tinta sobre papel, derramando anécdotas sobre el manuscrito que jamás terminaría.

Como si acabase de despertar de un largo letargo, de un sueño hipnótico, don Lucio sacudió la cabeza para despegarse así del pasado y devolver su mente al presente. Le dolía la sien por el esfuerzo que hacía al concentrarse en momentos específicos para poder recordar los detalles. La nostalgia lo había obligado a narrar la tormenta anterior, la historia del alma que sacudió al purgatorio como un terremoto que destruye la ciudad construida exactamente sobre su epicentro. No se atrevió a deletrear su nombre, temiendo que el repetirlo tantas veces pudiese invocar al viejo fantasma de su pasado. Con cuidado, encontró formas de evitar el sustantivo propio, entre apodos y referencias.

Bostezó. Con los años había aprendido que las almas no necesitaban dormir, que lo hacían por costumbre. Y la práctica le ayudó a dominar el vicio mortal del sueño, permitiéndole manejar sus negocios bajo el sol y escribir bajo la luna. De vez en cuando, el estrés mental le jugaba una mala pasada, tentándolo con la falsa ilusión del sueño. Esta era una de esas mañanas.

Se puso de pie y caminó hasta la ventana. Observó la difusa silueta de la ciudad por un instante antes de hacer sonar la antigua campana que llamaba a su empleada más antigua, Olga.

La mujer rondaba los sesenta años en apariencia, con el cabello totalmente blanco recogido bajo una boina. Tenía los ojos celestes ya descoloridos, casi tan grises como la ciudad. Su sonrisa era permanente, como si se tratase de un tatuaje.

Olga golpeó la puerta del despacho y esperó a que su empleador le permitiese pasar. Le preguntó a don Lucio si quería tomar té, como lo hacía todas las mañanas, pero él negó con un movimiento de su cabeza. Le indicó que necesitaba descansar y que no quería ser molestado hasta nuevo aviso. También pidió que revisara su agenda y llamara a todas las personas que debía visitar aquella tarde, para cancelar las citas hasta la semana siguiente.

La mujer asintió y se dirigió al teléfono que se encontraba en aquella misma habitación. Abrió la agenda y comenzó a marcar el primer número mientras don Lucio se retiraba a sus aposentos para descansar.

No recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido, quizás dos o tres meses atrás, tal vez un poco más.

Se quitó la camisa y cambió sus pantalones por cómodos shorts deportivos antes de deslizarse bajo las sábanas y apagar el velador.

Don Lucio se quedó dormido casi instantáneamente y soñó.


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