DÍA 4 - Capítulo 3

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En la avenida principal, el viento corría con fuerza, como si el asfalto fuese el lecho de un río en la ladera de una montaña; los edificios actuaban como contenedores, evitando el desborde.

Un papel nadó entre los transeúntes hasta chocar directamente contra la cara de Anahí.

—¿Qué carajo? —dijo la muchacha, desbloqueando su vista. Antes de abollar el objeto, le dio una mirada rápida y sonrió—. Veo que en serio este lugar parece Buenos Aires —rio y le mostró a Irina una propaganda que ofrecía depilación láser. Metió el papel en su cartera porque no le agradaba tirar basura en las veredas. Ya lo arrojaría a un tacho cuando regresaran.

—Sí, supongo. Para que te sientas como en casa —contestó la morocha—. Pero la verdad, nunca fui a Buenos Aires.

—¿De dónde sos?

—Rosario —respondió Irina con una sonrisa.

—Tendría que haberme dado cuenta. Se te nota en la forma de ser, en cómo hablas y cómo tratás a la gente. No saludás mucho, no te importa ser un tanto descortés y te divierte mi mal carácter —comentó Anahí, más como un pensamiento en voz alta que para su amiga.

—Sí, así soy yo —contestó Irina con orgullo.

No tenían demasiado dinero. De hecho, Anahí no tenía ni un centavo.

—¿Querés ir a tomar un helado? —ofreció la morocha.

—No tengo plata.

—Yo pago. Traje parte de mis ahorros secretos —hizo una pausa—, lo que fui juntando en mis expediciones delictivas —agregó en un susurro.

—Ya veo. Pero no me gusta esto de que todos paguen por mí. Ayer fue Lucio; hoy, vos... —comenzó a quejarse Anahí, pero Irina la interrumpió.

—No me comparés con ese tipo —dijo—. Primero que nada, porque no puedo pagarte mucho más que un helado, no soy millonaria —explicó—. Pero además, es un hijo de puta, mala onda, creído y peligroso. Yo soy solo una chica copada.

Anahí no sabía qué decir. Clavó la mirada en la de su amiga y se mordió el labio.

—¿Qué? —preguntó Irina.

—Nada —mintió la pelirroja, pero la expresión de Irina pedía a gritos una explicación—. Pasa que a mí don Lucio no me pareció una mala persona. Sí, es un poco serio, a la antigua y tiene un carácter jodido. Pero me trató muy bien, me explicó muchas cosas sobre el purgatorio y conversamos bastante. Me tuvo paciencia mientras me probaba ropa y no dejó de ofrecerme más y más ni por un segundo. Dijo que él no sabe mucho sobre niños o mujeres, así que le venía bien que yo fuese a comprar con él. Y dijo que, además, quería disculparse por cómo me había tratado. No sabés qué vergüenza me dio eso, porque yo también lo traté para el culo.

Irina intentó ocultar su enfado. No estaba enojada con Anahí, sino con aquel hombre.

—Es una serpiente —susurró la morocha, bajando la cabeza—. Seguramente está enojado por cómo lo trataste. Ahora quiere que te enamorés de él, te va a ofrecer irte a vivir con él o algo de eso. Y después buscará la mejor manera de humillarte y torturarte. Lo conozco; casi engatusó a Delfina cuando llegamos.

Anahí no podía creer aquello, pero tampoco tenía forma de refutarlo. Apenas si había visto al hombre dos veces en su vida —muerte—. Sabía que don Lucio tenía mala fama, pero sus instintos le decían que en realidad no era tan malo como decían.

—Puede ser. No sé, no lo conozco tanto como vos —la pelirroja intentó cambiar de tema. No deseaba pelearse con Irina—. Ah, quería preguntarte ¿hace cuánto tiempo que están acá?

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