9. Ladislav y el terciopelo

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Ladislav saltó de la silla, agarró el abrigo y salió inmediatamente del camarote donde nos encontrábamos. Había esperado a que la confusión provocada por el riesgo de naufragio lanzara al pasillo a los diversos pasajeros de la primera clase y a los de la segunda, que ya se amontonaban delante de la escalera. No había tenido ocasión de darle las monedas ni de conocer las verdaderas razones por las que se rehusaba a acompañarme. Pero ahora la campana apremiaba y debía subir a cubierta junto al resto de tripulantes. El barco continuaba zozobrando, afuera llovía sin parar y mi ciudad natal me aguardaba.

Ya en cubierta comencé a ser consciente de la gravedad de la situación en la que se hallaba el buque. La costa estaba muy próxima y el faro nos iluminaba de forma intermitente. Los mozos corrían de un lado para otro, las olas más altas golpeaban el casco con tanta fuerza que teníamos la certeza de que no tardarían en romperlo por la mitad. Descubrí a la pequeña Biserka llorando junto a su padre. Todos parecían aterrorizados y tratábamos de no perder el equilibrio con cada arremetida. Oía los lamentos de muchos de los pasajeros, algunos tan asustados que se debatían entre el pánico y el terror. Aunque no había contemplado la posibilidad de acabar ahogado, no pude evitar acordarme de Eduardo y de su experiencia milagrosa en la travesía por el Atlántico. Él había sido un superviviente de la fatalidad del destino, se sentía agradecido ante Cristo y de ahí la fuerza de sus convicciones, de sus acciones. Sin embargo, yo no poseía aquella certeza. Había sucumbido a la indecencia, había pervertido mi condición de hombre para satisfacer las bajas pasiones. Ingvar me había apartado de su vida y se había marchado para siempre dejando aquel reguero de podredumbre dentro de mi alma. Hui creyendo que esta herida sólo sanaría en la distancia, pero la sentía como si fuese reciente, como si alguien la hubiera abierto en canal con un cuchillo oxidado.

—¡El capitán y sus hombres están haciendo todo lo posible para que el barco no encalle! ¡La costa está muy cerca y hay algunas rocas en esta zona! —vociferó uno de los mozos—. ¡Por favor, mantengan la calma!

—¡Probablemente atraquemos en otro puerto más próximo! —anunció otro que había a su lado.

Ladislav no aparecía por ninguna parte. No quería morir sin volver a notar una vez más cómo se empotraba detrás de mí mientras ardía entre sus piernas. Debía entregarle las monedas y convencerle de que trabajase para mí en Groenlandia.

—¡Mirad! La tormenta está amainando —señaló uno de los pasajeros hacia lo que parecía ser un pequeño claro a lo lejos.

—Pronto llegaremos a tierra. Lo peor ya ha pasado.

—¡En breve podrán regresar a sus camarotes!

Los mozos que nos custodiaban intentaban reestablecer la calma. Poco a poco dejé de oír los llantos de los más pequeños y los lamentos de algunos adultos. A pesar de todo, tenía miedo. Por un momento -y ante la incertidumbre de lo que guardaba para mí la dolorosa Dinamarca y la hostil Groenlandia- quise huir a Nueva Alejandría, al Adriático. Visitar la ciudad de Dubrovnik y reencontrarme con Ladislav aquella primera vez. Debí de haber aceptado su propuesta, arrastrarlo hasta mi habitación y permitir que me hubiese corrompido hasta el fin de nuestros días. Lo hubiese retenido con diez, quince, veinte monedas diarias. Le habría ofrecido las mismas que Ingvar me había entregado por mis ilustraciones. Hubiese hecho lo que fuese para que aceptara vivir en aquella casa, a mi lado, como amante. Sólo para mí. Lo desnudaría y lo amarraría a los pies de la cama como si fuese el guardián lascivo de mi cuerpo. Pero la realidad era que yo iba a Groenlandia, a aquel proyecto absurdo e incierto del que ya me sentía preso. Era consciente de que comenzaba a detestar aquella masa de tierra congelada y perdida junto al Polo Norte.

El amanecer estaba muy cerca. Entonces, miré hacia otro lado y lo vi. Ladislav hablaba con un pasajero, pero no podía oír nada de lo que decían. En algún momento me pareció que se conocían porque éste le puso una mano sobre el hombro para que se aproximara. Cuando finalizase, lo persuadiría hasta el camarote para hacerle saber de mis intenciones y recompensar el placer que me había brindado a lomos de su resbaladizo abdomen. Sin embargo, el pasajero se giró como si hubiera advertido mi presencia gracias a alguna señal invisible de Ladislav. Los dos me miraban como si pudiesen ver a través de mi ropa. Quedé paralizado. Era el hombre del traje marrón.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!