8. Nocturno Opus 9, número 1

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—Ya no hago ese tipo de cosas, Señor Adamsen —expuso Ladislav.

El joven se apoyó sobre la barandilla y extrajo un cigarrillo del abrigo. Miraba hacia el infinito mientras yo lo contemplaba sumido en una especie de fascinación y desacuerdo. Quería saber en qué estaría pensando al percatarse de que yo no me había movido de mi sitio. Me aproximé para imitar su posición, de tal manera que los dos mirábamos hacia un mar en calma que aparentemente tenía toda nuestra atención.

—Te daré más dinero si eso es lo que quieres. ¿Cuánto puedes ganar en este viaje...? ¿Veinte, treinta monedas grandes de plata...?

—Doce, Señor Adamsen —apuntó antes de dar una cala-da al cigarrillo.

—Puedo hacer que bajes del barco con veinte —ofrecí, seguro de que accedería.

Jamás había pagado tan cara la avidez de mi perversión. Sin embargo, Ladislav lo merecía. Había quedado prendado de aquella bestia salvaje que ahora iba disfrazada con piel de cordero. No podía quitarme de encima la enfermiza obsesión de besar sus labios obscenos y jugosos, los mismos que trataron de violentarme aquella tarde veraniega. Pero no soltó ni una palabra ante mi oferta más que generosa.

—¿No dices nada? ¿Te parece poco, tal vez?

—Discúlpeme, pero no quiero, Señor Adamsen. Me gusta cómo me gano la vida ahora...

—Te daré treinta... ¡Treinta monedas!

—Por favor, no insista. No es el dinero...

—Siempre es el dinero. ¡Siempre! —grité malhumorado.

Pero, ¿quién se creía que era? ¿Cómo podía rechazar semejante cantidad? ¿Acaso algún día alguien le volvería a ofrecer una suma como la mía?

—¡Sin dinero no eres ni serás nadie! ¿Me oyes?

Cuanto más me enfadaba, más me obsesionaba descubrir la desnudez de su piel curtida, castigada por la dureza de las calles. Había sido atrapado por sus ojos felinos como una vulgar presa.

—Piénsatelo, muchacho. No creas que volverás a tener esta oportunidad. Hay cosas que sólo pasan una vez en la vida y, ésta, es una de ellas. Treinta monedas serán para ti.

Ladislav se giró. Me miró detenidamente y se abotonó el abrigo hasta el cuello. Sus dedos poderosos recorrían los entresijos de mi imaginación, violando el acceso prohibido que había al final de mi espalda.

—Treinta monedas recibió Judas por traicionar a su maestro. Buenas noches, señor...

—¡Espera!

Le agarré del brazo. Me había derrotado.

—¿Por qué te acercaste a mí aquella tarde?

—Me acerqué como me hubiera acercado a otro que mostrara algún interés. Eso se nota enseguida. Todos los días hay algún reprimido que merodea por allí —sentenció indiferente.

Yo era un cobarde y un reprimido desde su perspectiva. ¿Podía ser más cruel?

—No fue nada personal.

Aquello terminó de sepultar las expectativas y la estúpida creencia de que Ladislav volvería a elegirme como a todas sus presas, con aquella insolencia que había sacudido por completo mi ser. Yo quería que me hiciera lo mismo que al resto de clientes que alguna vez pagó para tener un trozo de su cuerpo o para tenerlo todo, olvidar por un instante lo ordenado que era el mundo en su sobria superficie. No era un mero capricho la necesidad de probar el amargo sabor de su lengua como si fuesen esos pastelillos de cacao que mordía con ansiedad. Ladislav me rechazaba de la forma más cruel. Antes de marcharse, el joven finalizó con una especie de advertencia.

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!