7. Penitencia

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Cuando Eduardo abrió la puerta de golpe, nos sorprendió a los dos desnudos. Estábamos enlazados con aquel gesto enajenado que produce el goce de los cuerpos hambrientos que se encuentran después de vagar errantes durante años. Como si fueran cuerpos magnéticos que irremediablemente se atraen porque está en su naturaleza ser así y no de otra forma. La excitación que instantes previos había estado recorriendo todo mi ser se diluyó, transformándose en una especie de descarga eléctrica que me expulsó del más absoluto de los placeres. Me sentí huérfano y recordé a Eva y a Adán cuando Dios los expulsó del paraíso. Por fin comprendí que se refería al placer mundano, el único en el que creería de ahora en adelante. Deseé que la presencia de Eduardo fuera tan sólo un mal sueño y así cerré los ojos para expulsarlo del cobertizo desocupado que había detrás de la iglesia. Pero mi padre seguía allí, paralizado, hasta que reaccionó en una fracción de segundo. Saltó hacia mí y me agarró del cuello. Con sus manos trataba de asfixiarme mientras gritaba como si estuviera endemoniado.

—¡Eres un sodomita! ¡Mi hijo es un maldito sodomita! Has caído en la perversión, en el pecado mortal... ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡A mí!

Indefenso, trataba de desprenderme de las garras de Eduardo y de los puntapiés que empezó a propinarme sin importar dónde se estrellase su zapato lustrado de domingo.

—¡No permitiré que te desvíes del camino! Ninguno de mis hijos será un vicioso pervertido ni arderá en el infierno por cometer actos impuros con otros hombres... ¡Es asqueroso...!

Apenas podía respirar. Me soltó y caí al suelo. Tosía tan fuerte que se me saltaban las lágrimas. Me arrastré por la superficie llena de polvo del cobertizo y allí lo vi, arrinconado en la esquina entre nuestras ropas de domingo mientras miraba la escena a punto de echarse a llorar. Ingvar se había quedado paralizado.

—Padre...—alcancé a decir con voz débil—. Padre... ¿por qué...?

—¡No me llames padre...! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Es que no te he dado la mejor educación cristiana?

Se agachó y me agarró del pelo. Cerré los ojos ante el dolor, intentando respirar con calma. No iba a sollozar por mucho que Eduardo me lastimara delante de Ingvar o de quien fuese. Mi cuerpo percibía la frialdad de las baldosas, pero eso poco importaba cuando vi cómo se deshacía del cinturón de cuero.

—¡No serás capaz de azotar a tu hijo...! —dije cuando intenté levantarme.

—Ahora mismo no eres digno de ser llamado así.

Alzó el brazo y atizó tan fuerte como su ira, su vergüenza y su aversión se lo permitieron. Sentía cómo el cuero perforaba la piel y creí que iba a desfallecer de un momento a otro. Eduardo continuaba desollando mi espalda mientras pedía perdón a Cristo una y otra vez.

—Mi Señor, perdóname por no haber sido un buen padre. De lo contrario, no habrías permitido que fuese seducido por la impureza de los lujuriosos que profanan el cuerpo que les entregas. Cumpliré la penitencia necesaria para que expulses de su corazón el pecado mortal que le ha llevado a cometer fornicación con otro hombre.

—¡Detente, Eduardo! —chillé al cuarto latigazo.

—Te casarás con Sofie Clemensen y tendrás hijos. No permitiré que pongas en peligro todo lo que he conseguido. No lo permitiré, Séptimo. Se lo juré a Cristo.

—Mamá nunca te lo perdonará...

—Ella nunca lo sabrá. Nadie debe saber lo que eres. ¡Nadie! Es demasiado vergonzoso. Nos has deshonrado a toda la familia... ¡A toda! Voy a internarte en el Holger Mortensen si hace falta... ¿Me has oído...?

Los cuerpos magnéticos [Homoerótica]¡Lee esta historia GRATIS!